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Luciano Pavarotti, su secretario confiesa

Un apetito voraz, caprichoso, comprador compulsivo, generoso, supersticioso, infiel... Herbert Breslin, durante 36 años mánager de Luciano Pavarotti, retrata en «El rey y yo» las pasiones del divo. Éstas son algunas

Me consta que la palabra preocupación se queda corta para describir la pasión que devora a Luciano. Ni un solo momento deja de pensar en la comida. No es simplemente que le chifle comer: es que le encanta oler a comida, tocar la comida, preparar comida, pensar en la comida, hablar de la comida. Cuando entra en una habitación, empieza a husmear, como si fuera un perro, y lo primero que pregunta es ¿Qué es eso que huele tan bien? «Eso que huele tan bien soy yo, Luciano», solía decirle yo.


Los gustos culinarios de Luciano son muy concretos. Hay determinadas cosas que le gustan y determinadas formas de cocinarlas. Durante muchos años, siempre que alguien de la oficina, incluido yo mismo, íbamos a Italia a verle, teníamos que llevarle arroz arborio.(...) Su otra petición era, inevitablemente, ajos. «¿Luciano, es que no tenéis ajos en Italia?», le preguntábamos. Pues, por lo visto, no es el mismo tipo de ajos que hay en EEUU, y tampoco había que olvidarse el ajo en polvo. En cierta ocasión, se me abrió la lata en el maletín y se desparramó todo el contenido cuando iba camino de Módena. Cuando llegué, todo apestaba a ajo.Le dije a Luciano que iba a pasarle una cuenta de unos cuantos miles de dólares por un maletín nuevo de Hermès (y lo hice, claro que sí). Él no hacía más que reírse.


EL CABALLO...


El día señalado, llegó Luciano para su visita, le condujimos a las cuadras. Lo cierto es que se trataba de un animal enorme. El mozo que lo traía colocó la caballería en posición y Luciano echó la pierna por encima de la silla de montar. El animal lanzó una mirada por encima del hombro a lo que estaba a punto de venírsele encima y dio un paso a un lado. «¡Quieto, Lucy!», exclamó el mozo. Volvió a poner al animal en posición y Luciano procedió a intentarlo por segunda vez. Una vez más, el cuadrúpedo se quitó de en medio, con mayor presteza, si cabe.«¡Tranquilo, Lucy!», dijo el mozo.

No hubo manera. Se ve que los caballos calculan la dimensión del que los monta antes de que se les ponga encima y Lucy había decidido que no iba a cargar con el peso al que sus cuidadores se proponían someterlo. Al cabo de unos cuantos minutos, Luciano dijo: «Para mí que éste es un macho. ¿Por qué le llamas Lucy?».«¡Bueno!», dijo el mozo, «ése es el mote. Es una abreviatura de Lucifer». «¡Por todos los santos!», bramó Pavarotti , «¿pretendes que yo monte un caballo que lleva el nombre del diablo? ¿Es que quieres matarme, Herbert?». Ese fue el final de nuestra excursión hípica.


EL CAVIAR...


Luciano sospechaba de la autenticidad de mi generosidad.A él le encantaba hacerme bromas acerca de mi pretendida tacañería.Como es natural, él se consideraba a sí mismo como el paradigma de la generosidad y un anfitrión excelente. No dejaba de buscar formas de recordarme que en lo tocante a este punto yo era menos ingenioso que él.

Sucedió pues que, un año, coincidimos los dos en París. Yo había conseguido hacer realidad uno de los sueños de mi vida, comprarme un apartamento en esa ciudad. Yo no había hecho más que hablarle a Luciano de mi nueva casa con gran entusiasmo y un día le invité a verlo, aclarándole de antemano que, por supuesto, había una buena subida hasta llegar al piso.

Yo esperaba que se ofendería, picado por esa mención a las escaleras, pero, para mi sorpresa, Luciano respondió que estaría encantado de ir a verlo. Eso sí, tenía que ser con una condición. Él se encargaría de planificar el menú. «¡Ningún problema!», le dije, siempre deseoso de complacer a mi cliente.

Sus condiciones eran pocas y la lista de lo que había que comprar era sencilla y fácil de cumplimentar. Quería un kilo de caviar beluga, tres botellas de champán Roederer Cristal, el más caro de los salmones ahumados de Petrossian y vodka Stolichnaya.

Comprar todo aquello iba a costar, como es fácil suponer, varios miles de dólares. Luciano pensaba, evidentemente, que yo me echaría atrás ante semejante dispendio, lo que le daría ocasión de dar rienda suelta a sus pullas por mi falta de generosidad. No estaba dispuesto a darle esa satisfacción. Di por buena su lista sin siquiera un murmullo y le dije que esperaba verle en la fecha convenida.

El día en que habíamos quedado, Luciano subió escaleras arriba poco a poco, a paso de tortuga, y llegó por fin a mi apartamento, entre protestas y resoplidos y secándose el sudor de la frente.A pesar de algunas quejas por la subida, estaba de buen humor.Le encantaban estos jueguecitos. Su ánimo sólo mejoró cuando examinó la mesa en la que yo lo había dispuesto todo con la máxima elegancia, exactamente de acuerdo con sus especificaciones. Con una sonrisa, tomó asiento y pidió una cuchara para el caviar.Le ofrecí una, pero la rechazó con ademanes perentorios. Resulta que lo que quería Luciano no era una cucharita de té, ni siquiera una cuchara de postre. Tenía que ser una cuchara de sopa.

Provisto con este instrumento, lo hundió en el montón de caviar e ingirió una generosa porción, que ayudó a bajar con unos buenos tragos de champán Cristal. Mientras charlábamos, con la más amplia de sus sonrisas y con alguna mirada que de vez en cuando dirigía a su alrededor para admirar las vistas, siguió dando buena cuenta del condumio.

-Estás comiendo demasiado, me atreví a insinuar finalmente, mientras el caviar seguía desapareciendo a un ritmo regular.

-¿Qué es lo que te preocupa?, preguntó el tenor dulcemente.

-Te vas a poner malo, le dije.

-No digas tonterías, replicó Pavarotti. ¿Dónde está el problema? ¿No puedes pagarlo?.

Pasamos juntos una tarde muy agradable, hablando de lo divino y de lo humano, mientras Luciano se zampaba medio kilo de caviar.Me hizo guardarle el resto de las provisiones en una bolsa para llevársela.

Aquella noche fui el destinatario de otra de las llamadas de Luciano a altas horas de la madrugada. Le dolía el estómago desesperadamente.«No voy a volver a tomar caviar nunca más», juraba, entre gemidos e imprecaciones varias.


LOS REGALOS...


Es difícil ser generoso con alguien como Luciano.Resulta extraordinariamente difícil hacerle un regalo: ¿qué se le puede regalar a alguien cuyos gustos son tan extremadamente particulares y que, cuando ve algo que le gusta, se lo compra repetida e inmediatamente? La única vez que me consta que de verdad me anoté un gran tanto fue con un pañuelo de Hermès. Tanto le gustó que se compró toda una pila la primera vez que pasó por el aeropuerto después de aquello. Los pañuelos de Hermès se han consagrado como el accesorio preferido por Luciano. Rara vez aparece en algún sitio, en casa o en público, que no lleve colgados uno o dos. Son llamativos, decorativos y puede taparse con ellos. Además, cuestan unos 700 dólares [algo más de 560 euros al cambio actual] la pieza.

A medida que se ha ido haciendo más famoso y más rico, Luciano se ha hecho más y más ropa a medida. Siempre ha tenido confeccionados trajes completos de etiqueta, en unas cuantas tallas diferentes, para que se acomodaran a sus altibajos de tamaño. En el transcurso de su carrera, Luciano ha debido de ganar y perder más de 2.500 kilos. Resulta difícil cuantificarlos con exactitud, porque nadie sabe cuánto pesa el tenor. Cada vez que alguien comete la torpeza de preguntárselo, Luciano tiene preparada una respuesta. «¡Bueno!», dirá, «me puse a régimen ayer por la noche, así que hoy debo pesar cinco kilos menos que ayer por la noche». Nunca confiesa la cifra real. Algunas veces, no obstante, se compra las camisas de una o dos tallas más grandes de la suya para así poder meter el dedo alrededor del cuello y demostrarle a la gente todo el peso que ha perdido.


LAS MEDICINAS...


No hay que olvidar las medicinas. Había toda una maleta exclusivamente para medicinas. Máquinas de análisis de sangre, aparatos para medir la presión arterial, termómetros, vendas y toda la gama de pastillas que uno pueda imaginar. Las píldoras se echaban todas juntas en un cajón y luego se volvían a echar todas juntas en la maleta; a veces se tomaba unas cuantas.Luciano se toma lo que sea, una pastilla o 20 al día, dependiendo de qué humor esté. Por supuesto, las píldoras no son sólo para él. Si entre los que le rodean hay alguno que se siente mal, él siempre sabe cuál es la pastilla que tiene que tomar esa persona.

Otra importante cuestión a tener en cuenta cuando se viaja con Luciano es que hay que mover al propio Luciano. Ahora bien, no se trata sólo de un problema de movilidad, y eso que, como sus caderas y sus rodillas se han convertido en una fuente de molestias con el paso de los años, simplemente hacerle andar de un sitio a otro ha llegado a ser un problema cada vez más serio. Para Luciano, no hay práctica o costumbre tan arraigada que no pueda cambiarse si eso es lo que él pretende. En esa idea suya se incluyen las reservas de los aviones.

Nuestro pobrecito agente de viajes, Jay Lazarus, ha tenido que realizar hazañas prodigiosas con los ordenadores para mantener abiertas todas las posibilidades de viaje. Normalmente, cuando el ordenador reconoce que una misma persona tiene abiertas múltiples reservas, se borran automáticamente, por lo que no puedo afirmar con seguridad cómo se las arreglaba Jay.

Al final, con un par de días de antelación, Luciano tomaba la decisión. Viajaría el lunes. Era entonces cuando Jay se ponía a toda prisa a emitir los billetes (eso ocurría en los tiempos en que se emitían en papel) y los enviaba a la oficina por medio de un mensajero. Eso sí, no se podía dar la cosa por cerrada: al día siguiente, Luciano decidía que volaría el martes, más bien.

Por otra parte, hay determinadas cosas en el mundo de Luciano que no pueden cambiarse ocurra lo que ocurra. Cuando volaba en el Concorde, por ejemplo, tenía que sentarse en el primer asiento de la primera fila. Ese era el lugar de honor en el Concorde y estaba reservado a los más altos dignatarios, como el presidente de Francia, por lo que, por supuesto, era el asiento que Luciano tenía que tener. Algunas veces hubo algún problema para conseguir ese asiento. Algunas veces se daba la coincidencia de que el presidente de Francia tomaba el mismo vuelo que Luciano. Bien, ¡pues trata de explicárselo a Luciano!

-¡Ajá, ningún problema!, respondía Luciano todo afable, pedidle que se cambie.


SUPERSTICIONES...


La más célebre es un clavo torcido. En Italia, la gente los lleva en el bolsillo. Una de las labores de sus «secretarias» consistía en colocar un clavo torcido en el trayecto desde el camerino hasta el escenario para que Luciano lo encontrara.Al final le regalaron un clavo de oro macizo.


«COLEGAS»...


En plena representación de I Puritani, con Joan Sutherland, Luciano la agarró de la laringe, mientras cantaban a dúo para asegurarse de que era él a quien el público escuchaba.En una ocasión, Luciano le comentó a la soprano, tras haber realizado un gran esfuerzo sobre un escenario: «Joan, nosotros, los gordos sabemos lo duro que resulta esto». La diva le lanzó una mirada heladora y le espetó: «Luciano, no somos gordos. Tú eres un gordo, yo soy grande».

En otra ocasión, le mordió la oreja a la soprano Beverly Sills, en medio de un abrazo escénico, para obligarla a romper la interpretación y poder corresponder a los aplausos del público, cosa que la cantante no tenía intención de hacer.


SECRETARIAS...


Breslin le preguntó a Giovanna si alguna vez Pavarotti le había propuesto acostarse con ella: « No; siempre decía que yo era lo bastante mayor como para ser su madre. El caso es que yo soy 6 años más joven que él. Yo le trataba como a un niño y eso le encantaba».


LA EX...


Adua Veroni (la ex esposa de Luciano): «Luciano siempre ha sido un cobarde. Si alguien que le caía mal aparecía en nuestra casa, él diría: «Hola. ¿Qué tal estás? ¿Quieres una copa de vino?».Acto seguido y a espaldas del individuo en cuestión, le comentaría a alguien que nunca quería ver a esa persona de nuevo en su casa».


SU ACTUAL ESPOSA...


De ella dice Breslin: «Nicoletta era joven, sólo tenía 26 años cuando comenzó su relación con Pavarotti, pero era muy, muy astuta. Es indudable que ella tenía un ojo puesto en la mirada pública. La música clásica la resultaba muy aburrida y quería convertir a Luciano en una estrella Pop. Ella ansiaba ser productora de pop y así nacieron los conciertos «Pavarotti & Friends» (con Sting, Elton John, Bono o Anita Baker).


LOS TRES TENORES...


El impresionante éxito de Los Tres Tenores no se vio correspondido económicamente a pesar de que cada tenor recibió 300.000 dólares por una sola actuación. Nunca se negociaron los royalties del disco. La discográfica Decca-London vendió 11 millones de copias y Luciano quería un trozo de esa tarta, eso sí, a espaldas de Domingo y de Carreras. Al final, Breslin consiguió sacarle a la discográfica un acuerdo secreto de 1,5 millones de dólares, pagaderos en un plazo de ocho años a Luciano.Domingo siempre sospechó algo pero nunca lo pudo demostrar.
Un apetito voraz, caprichoso, comprador compulsivo, generoso, supersticioso, infiel... Herbert Breslin, durante 36 años mánager de Luciano Pavarotti, retrata en «El rey y yo» las pasiones del divo. Éstas son algunas
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