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Entrevista a Ana Maria Giunta -

Ana María Giunta es, ante todo, una actriz, y de las buenas. Pero la falta de trabajo, y el deseo de no abandonarse a la frustración de la gordura, la hizo fundar Todos en Yunta: talleres para discapacitados, donde ella revive dándose a los otros.

El salón es enorme y está vacío, pero Ana María lo llena con su voluminosa presencia y energía. Sentada en una silla pequeña, ahí atiende a diario a las personas que van a ella buscando "algo". Lleva un amplio vestido violeta oscuro, en el que resalta su piel blanca arrebatada con facilidad por los tonos rojos. Un anillo con una piedra verde esmeralda espera sobre la mesa que ella lo anude a su dedo.


- ¿Siempre fuiste obesa?
- Yo nací con tres kilos y medio. Fui una chica normal, en la adolescencia pesaba 56, 57 kg, que para los parámetros de hoy sería rellenita. Pero en ese momento era una hermosa muchacha, la típica chica Di Vito. A las flacas, en aquel entonces, le decían "bagallos".


- ¿Cuándo empezaste a engordar?
- A los 16, 17, pegué una estampida. Mi abuela materna y sus cuatro hermanas son hiper-obesas, y en la generación de mis primas somos tres o cuatro, y mi hija mayor también es obesa. Pero en general no pasan los 110, 115 kg, no como yo que llegué a más de 170 kg.


- ¿Hubo algún desencadenante para que que empezaras a comer?
- (Piensa) No... se medió por comer más y se me empezó a notar, porque antes comía también pero no se notaba. Y coincidió con que terminé el secundario y ya no hice deportes, tenía una vida sedentaria.


- ¿Cómo te afectó como adolescente?
- Ah, no, pero yo me las ingeniaba para ser una gran seductora aunque me dijeran "gorda". Al principio sí fue doloroso. Se usaban cinturetes elásticos con ballenitas, ¿te acordás?, y las ballenitas empezaron a torturarme. Lo mismo los corpiños armados o los zapatos con taco aguja y punta italiana. Hasta que un día me saqué las ligas, las fajas, y dije "voy a usar zoquetes, alpargatas y la ropa que yo quiero". Y salí a buscar mi espacio. Y entonces cuando avanzaba a los muchachos lo hacía sin problemas, porque de entrada iba como perdedora. Al principio no tenía romances, porque además los hombres se paralizaban cuando los encaraba, pero se abrían como amigos y me confiaban todo. Era como una muñeca plástica, sin nada entre las piernas. Y así me levantaba a todos los tipos que quería, con el chamullo. Es verdad lo que te digo, todo Mendoza lo sabe.


- ¿Cómo tomaron el tema en tu casa?
- Mi mamá me llevó a montones de médicos que me dieron anfetaminas y toda clase de medicación durante cinco años: estaba nerviosa, tenía insomnio. Con buena fé, pero me llevaban a esos médicos truchos que me decían que comía para suicidarme, y yo comía por placer, no le daba ansiosamente a cualquier cosa, sino a lo que me gustaba: me hacía unos revueltos con latitas de camarones, mejillones, mayonesa, salsa golf... Me encantaban los tallarines de mi mamá, los guisos. También me llevaron a médicos que me ponían inyecciones de gas y después me pasaban un rodillo, era dolorosísimo, o ventosas. Eso duró hasta los 23 años. Y mientras me aislé, escribía.


- Un obeso, ¿es un discapacitado?
- Sí, tenés la movilidad reducida, no podés hacer deportes, usar tacos altos, ni subir bien a un taxi puedo yo, no entro en las bañeras de los hoteles ni en los baños de los aviones. La gente conmigo es muy encantadora, pero no todos los obesos son como yo. Por eso, hay que entender que esto es una enfermedad. Yo daría cualquier cosa por tener otro cuerpo, pero por eso no dejo de hacer el amor. O hay ropa que me encataría usar y no puedo.


- ¿Cuál?
- Los jeans. O las transparencias, y las lolas por suerte todavía las puedo mostrar (se rié). Me gusta jugar al erotismo. La gente se sorprende de verme con un vestido amarillo con lunares naranjas y un tremendo escote. La sensualidad es saber atraer al otro.


- ¿Tenés dificultades para hacer el amor?
- ¿Quién sabe hacer el amor? Hacerlo bien no pasa por la acrobacia. Yo estoy casada hace 25 años con un hombre super buenmozo, cuando me casé pesaba 134 kg, yo tenía 31 años y él 21. Y está todo bárbaro. Además, vos sabés, las mujeres tenemos dos tetitas, nuestros cuerpito, y la posibilidad de abrir las piernas; y si tenés que estar arriba, el tema es saber apoyar las rodillas y cómo poner las manos (se rié entre la picardía y el tono pedagógico). El hombre obeso puede tener problemas de verdad, pero la mujer, si los tiene, es de la cabeza, o porque el marido la rechaza. Son marcas culturales, porque si te ponés a pensar, la gente también se pone vieja y se sigue amando. Me acuerdo que en mi luna de miel, salí desnuda del baño con una toalla en la cabeza y mi marido se ríe: "Te movés con una impunidad como si fueras la Lobato".


- ¿Desarrollaste otros sentidos que enriquecieron tu sensualidad?
- Sí, le dí más pelota a la lectura, la charla, he crecido mucho espiritualmente. También al tacto, soy muy hedonista: me gusta acariciar y que me toquen. Me encanta que mis nietitos me pongan cremas y talcos. Me gustan los perfumes, las sedas. Me dejo mensajes en el contestador diciéndome cosas lindas. Y la música me encanta, la murga, la percusión, el negro spiritual, el blues. También le dí mucha importancia a la voz, que es un elemento para calmar, seducir. Lo que no puedo lograr desplazándome, lo hago con la voz y el tacto. Si estoy con un psicótico en crisis, con la voz lo hago venir hasta mí, lo toco y le hablo al oído hasta que se calma.


- ¿Intentás adelgazar?
- Si, ahora mismo lo estoy haciendo. Pero para vivir mejor y más tiempo, no porque me importe ser gorda. Pero que diga que igual soy feliz, no quiere decir que haga apología de la gordura. Yo soy feliz a pesar de ser gorda.

Ana María Giunta es, ante todo, una actriz, y de las buenas. Pero la falta de trabajo, y el deseo de no abandonarse a la frustración de la gordura, la hizo fundar Todos en Yunta: talleres para discapacitados, donde ella revive dándose a los otros.
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