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Los otros Jokin

EL ACOSO que sufría el adolescente vasco que se ha suicidado es frecuente en los colegios. La máxima experta en «bullying» describe el problema con otros casos

Jokin, 14 años, comienza a ser objeto de burla de amigos y compañeros cuando, a principios del curso pasado, se hace sus necesidades encima en clase / De la mofa, pasan a los golpes, incluso le rompen el aparato dental en una paliza / «Le hacían comer tierra», dice una compañera / Durante el campamento de verano, Jokin y su cuadrilla son pillados por los monitores mientras fumaban un porro / Cuando el asunto llega a oídos de los padres de los adolescentes, todos señalan, injustamente, a Jokin como chivato y se ensañan más con él / El 13 de septiembre, primer día de clase, es recibido con el aula decorada con papel higiénico para celebrar el aniversario de la diarrea y con golpes / 14 de septiembre lo acribillan a balonazos en el gimnasio / El 15, otra paliza cruel / Jokin deja de ir a clase y su tutora alerta a los padres / Padres y profesora acuerdan que Jokin vuelva al aula el martes 21 con un móvil por si tuviera problemas / Esa madrugada, se suicida

Jokin, no te conocía pero yo también he pasado por lo mismo. Mi dolor sigue oculto, el tuyo ya no y servirá para hacer cambiar las cosas. Ahora descansa en paz. Un beso». El pasado miércoles alguien dejó esta frase, escrita en un folio blanco con tinta azul y en castellano, al lado de las velas que dibujan las iniciales de Jokin, J.C., junto a la muralla de Hondarribia (Guipúzcoa).

Es el lugar donde Xebe, como le llamaban sus compañeros, decidió poner fin a su vida tras ser víctima durante más de un año de lo que se conoce como bullying. Un anglicismo con el que se designa el proceso de intimidación en los centros de estudio, sistemático y creciente, por parte de ciertos compañeros hacia otro, con el beneplácito del grupo.

La carta, sorprendentemente, al día siguiente, jueves, había desaparecido. ¿Porque delataba que hay más Jokins, o porque rompía con el pacto obligado de silencio impuesto por el centro escolar? Sea como fuere, lo cierto es que no sabemos si los alumnos del centro reciben atención psicológica tras lo ocurrido, tampoco si alguien se ha tomado el trabajo de explicarles que el bullying lastima y mata de muchas maneras.

Comencé a estudiar el fenómeno en España al final de la década de los 90. En realidad, lo que me interesaba era el mobbing.Pero, para mi sorpresa, cuando comencé a entrevistar a personas que sufrían hostigamiento en el trabajo descubrí que gran parte de ellos había sido a su vez objeto de burlas y abusos en el colegio, es decir, víctimas de bullying. Luego topé con las cifras: un 48% de los escolares españoles entre los nueve y los 14 años ha padecido o padece violencia por parte de un compañero. Para más de la mitad, el acoso es psicológico y un 18% lo sufre también físico, heridas de arma blanca (2%) y agresiones sexuales (2,5%) incluidas. A partir de entonces comencé a entrevistar a niños (tanto agredidos como agresores) en toda España y la realidad del problema me resultó aún más cruda que la estadística. Un padecimiento que casi todos llevaban en silencio y del que algunos escapaban recurriendo también a la violencia. Son los otros Jokin, y son legión.

Como Erika, de 16 años, sevillana, que cogió un cuchillo de su casa y lo llevó a clase para clavárselo en el brazo a una de sus acosadoras después de dos años soportando que se burlaran de ella por su aspecto. No pudo más y reaccionó de la peor forma que supo, convirtiéndose ella también en una agresora.

Sandra (17 años) es una excelente estudiante de un colegio de Barcelona que aún tiene problemas con la comida. En segundo año de ESO, sus tres mejores amigas empezaron a mofarse de ella a y ridiculizarla delante de toda la clase y de los profesores, quienes, por cierto, también se reían de las bromas. Como en el caso de Jokin, alguien le colocó a Sandra el cartel de chivata, la señaló como la persona que había delatado a sus tres amigas cuando el coche del director apareció lleno de pintadas insultantes.Cuatro años después, su diagnóstico sigue siendo anorexia nerviosa.La semana pasada en Argentina, en un pueblo tranquilo de la Patagonia, un joven mataba tres compañeros de clase porque estaba cansado de las burlas.

«Alvaro me pega, pero también me cuida de que los más grandes me hagan daño». Marcos, un niño inmigrante de ocho años, lleva casi uno recibiendo palizas de sus compañeros, pero sobre todo de su amigo, un bully de su misma edad que de un puñetazo a final de curso del año pasado le destrozó las gafas. A Xebe, los aparatos de los dientes. Otros llegan a casa con moratones y heridas, la ropa rota, o sus pertenencias destrozadas.

Mónica cursa 3º de ESO y desde el año pasado es víctima de una chica y un chico de su grupo. Apenas empezar las clases llegó a casa con más de 20 chicles pegados en la cabeza. Sigue siendo una excelente alumna pero desde hace dos días no quiere salir de casa. Jokin también era listo y sacaba buena notas.

¿Cómo llega un estudiante a convertirse en marioneta de su acosador? Primero se trata de burlas con apariencia de juego. Lucas es obeso, tiene 11 años, y lleva cinco soportando intimidaciones.En primer grado, cuando empezaron las bromas pesadas que le hacía un niño en particular -hijo de la secretaria de la escuela-, pesaba 42 kilos. Ese año nunca escuchó su nombre y sí «bola de grasa», «el gordo», «el pelota». Lucas, un chico muy tímido, reaccionaba al principio llorando. Ahora se le puede ver solo por el patio de la escuela. Lo han derrotado.


DESNUDO EN EL LAVABO


El año pasado lo desnudaron en el lavabo y le escondieron la ropa. Asiste al colegio porque no se atreve a decirle a su padre lo que le pasa. Si alguien hubiera hablado con él cuando se sintió humillado en la clase de gimnasia -el día que el profesor le gritó «corre gordo, baja la tripa» porque iba más lento que los demás- tal vez sabría defenderse. En ese momento todos rieron y Lucas se sintió doblemente humillado. ¿Cómo se sentiría Jokin el día que una profesora le ordenó que recogiera los rollos de papel higiénico que sembraban los pupitres cuando sus amigos festejaban el aniversario de su diarrea en clase?

Lucas se culpa de lo que le sucede. Hay una profesora que sabe de su calvario, pero el colegio no toma medidas. Él se esfuerza por agradar pero su actitud causa el efecto contrario: exaspera al bully, y cada día soporta más golpes, codazos y empujones.¿La última vejación que ha sufrido? Le orinaron la mochila en uno de los recreos.

La niña de cinco años de un colegio público cerca de Málaga también pensó que si cada día le daba su almuerzo a una de sus cuatro acosadoras de seis años dejarían de encerrarla en los lavabos.No fue así. Se quedaban con su bocadillo, la metían en los baños y la amenazaban por si abría la boca. Su madre notó que algo ocurría porque la veía agitada, insegura y sufría pesadillas.Finalmente, la niña lo contó todo y la escuela tomó medidas.Sus maltratadoras fueron sancionadas y una monitora se encargó de vigilar los lavabos y el patio.

No todas las víctimas lo cuentan. Generalmente se apartan, se aíslan, porque no quiere volver a sufrir. Jokin no fue este septiembre a las fiestas del pueblo con sus amigos. Ya no quería divertirse ni estar con sus maltratadores. Ni siquiera tenía ilusión por su 15 cumpleaños, que hubiera sido cuatro días después del fatídico martes 21.

Pau tiene 14 años y por un problema en los huesos lleva botas ortopédicas. Dos de sus compañeros le empujan y se ríen. Se ha caído varias veces y ha llegado lastimado a casa. Los bullies, o alumnos acosadores, argumentan que sólo lo hacen para divertirse, que no le quieren hacer daño Nada de ello es verdad. Buscan sentirse protagonistas. Necesitan percibirse fuertes y poderosos.Se sienten superiores cuando machacan al otro. Tras el enfurecimiento de la víctima esconden sus propias heridas. Bajo la apariencia de una novatada, los bullies camuflan su inseguridad, y llenan su vacío emocional. Persiguen sin descanso vivencias diferentes, y necesitan impresionar.

A Mario, con 15 años, su perseguidor desde hacía más de dos años le escupía su comida en el comedor del colegio y se la hacía engullir ante la risa de sus compañeros. Todos los días. Era el modo en que creaba espectáculo. Una experiencia que el bully definía como «excitante», pero sólo mientras estaba frente al grupo. Luego, cuando Mario tímidamente vomitaba después de comer y algún monitor averiguaba qué ocurría, mostraba razonamientos autoexculpatorios: «Él me pidió una broma y a mí se me ocurrió ésta ». O apelaba a sus derechos: «Me estaba provocando y yo sólo lo hice para defenderme». O se hacía pasar por víctima: «Es que a mí también me lo han hecho».

Si nadie desea que estudiantes de 11,12, 14 ó 16 años acaben como los escolares de la novela de Golding, El señor de las Moscas -quienes tras pintarse la cara como guerreros y siguiendo a un líder se convirtieron en asesinos de un compañero mientras gritaban: «¡Dadle muerte al cerdo!» «Dadle muerte al cerdo!»- ¿por qué razón profesores y padres siguen mirando para otro lado? ¿Por qué nadie les enseña a los niños desde pequeños que permanecer callados frente a la violencia los vuelve inmunes, impotentes y vulnerables, e incluso puede llevarlos a ser la próxima víctima? ¿A quién protegen realmente siguiendo la ley del silencio?

Carolina, a sus 20 años, recuerda con espanto lo que le hacían a uno de sus compañeros de clase, el «genio de las matemáticas», como aún le llama. «Le tiraban botellas de plástico, le pegaban, le rompían las carpetas, le tiraban las gafas al suelo, le ponían tierra en su comida A veces, cuando Joaquín estaba tendido en el suelo, doblado en dos y con una mano en la barriga y otra en la cabeza, un grupo de amigas y yo gritábamos ¡parad! Pero ellos no paraban. A veces sueño con Joaquín al que no vi más.Sueño que nos golpean a los dos». Tanto los bullies como los testigos mudos forman parte de un mismo circuito de miedo y necesidad.

¿Y los padres? ¿Qué hacen cuando descubren que su hijo ha abusado de un compañero? En la mayoría de los casos no quieren verlo.Esta semana el diario vasco El Correo publicaba las declaraciones anónimas de uno de los padres de los chicos implicados en el caso de Jokin. Intentaba excusar a su hijo haciendo ver su lado bueno -«su cuadrilla (los bullies) fue su refugio y muchas veces su defensa», o eran « sus amigos, solían defenderle»- o minimizan su brutalidad -sólo le pegaron «el primer día», después participaron muchos alumnos...-.

«Goliat», como lo llaman sus amigos -un chico que había sido víctima de malos tratos por parte de su padre, y que con sus 13 años repetía un guión conocido- pegaba y se burlaba frecuentemente de uno de sus compañeros. Su madre lo descubrió porque le escuchó contárselo a un amigo por teléfono. En lugar de mirar para otro lado, optó por llevar a su hijo a un psicólogo y habló con los profesores y con los padres del chico agredido. Entre todos consiguieron que el colegio instaurara la figura de un mediador que le enseñara a los alumnos cómo resolver estos episodios. Padres y escuela, pusieron de su parte para que no volviera a ocurrir. En el instituto de Jokin y en todos deberían hacer lo mismo.


Nora Rodríguez, pedagoga experta en bullying, ha escrito «Guerra en las aulas»

 

De ElMundo


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