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Mercaderes de la obesidad: Tratamientos del fracaso

Los gordos crecen y se multiplican y con ellos el marketing para captarlos como clientes. El mercado les vende dietas de todo tipo, pastillas y cirugías que, en la mayoría de los casos, no sólo causan más daño que beneficios, sino que perpetúan el estado de “volver a empezar” y nunca “terminar de empezar”.

El entorno enfermante que nos deja la década "in-fame” produce además de gordos cada vez más gordos, una batería interminable de tratamientos y productos para adelgazar. Con el mismo frenesí con que trabajan los ideólogos del marketing para la industria de la alimentación, otro ejército trabaja y vive para y de la obesidad. Están los profesionales que trabajan seriamente, pero también los inescrupulosos que ofrecen soluciones mágicas: plantillas, imanes, cremas, fajas, espejitos de colores inocuos en la mayoría de los casos, cuyo mayor daño se produce a nivel de la frustración.

La sobreinformación sobre tratamientos para adelgazar, desde los más serios a los más chantas, sumerge al gordo que decide afrontar su problema en una encrucijada: ¿cómo darse cuenta cuál es bueno y cuál no?. ¿Cuáles son inútiles pero inocuos y cuáles inútiles pero perjudiciales?. La gran industria desarrollada alrededor del paciente del siglo, el obeso, lo lleva a que siga consumiendo, en este caso, medicamentos, dietas revolucionarias y cuanta solución le pongan al alcance.

Las pastillas: la felicidad en cápsulas

Durante los años 60 y 70, aparecieron las primeras pastillas para adelgazar: las anfetaminas que, aunque lograban resultados, no podían impedir el efecto rebote ni las consecuencias indeseadas como alteraciones emocionales, mal funcionamiento de la tiroides, de los intestinos y de los riñones.

Hoy las pastillas siguen siendo un tratamiento muy utilizado para adelgazar, pero ninguna sirve para otra cosa que no sea lastimar el organismo. Los diuréticos y laxantes “prometen” la eliminación de grasas –como si la obesidad fuera un problema de constipación–y terminan afectando los riñones y los intestinos.

Las anfetaminas o anorexígenos que aún hoy se recetan deberían ser descartadas de plano porque está probado que dañan definitivamente el cerebro, reducen la capacidad cognitiva en el largo plazo y producen desequilibrios psicológicos y hasta suicidios.

Algunos médicos que recurren a estas pastillas no ignoran los daños que causan, pero están convencidos de que es mayor el daño ocasionado por la obesidad. Existen, además, falsos homeópatas – que perjudican a la homeopatía, una ciencia equilibradora del cuerpo y de la mente– que están muchas veces en connivencia con las farmacias a las que les dejan en un código donde la fórmula supuestamente homeopática es reemplazada por anorexígenos.

Los antidepresivos como la fluoxetina, actúan al principio pero después de dos meses ya no actúan más. La cafeína y la efedrina, presentes en muchas pastillas, tienen un discreto efecto porque son aceleradores del metabolismo, pero se sabe que ese efecto es menor que el avance que tendrá la gordura en el próximo tropiezo. Además la efedrina es hipertensiva y por ende riesgosa para los obesos que, en un 40% son hipertensos.

En cuanto al orlistat, que absorbe las grasas antes de que lo haga el intestino, es perjudicial porque junto con las grasas también absorbe las vitaminas liposolubles. Por otro lado funciona como un “piedra libre para comer de todo” porque la pastilla promete eliminar las grasas, cuando sabemos que, quien come de más, ya sea grasa o lechuga y se mueve menos, siempre engorda. Con el orlistat se le agregan trastornos intestinales y bloqueo dwe la lipasa pancreática. Su único beneficio es que baja el azúcar y el colesterol, pero eso también ocurre con las dietas bien hechas u otras medicaciones.

Las dietas: un estilo de vida

Aunque las revistas femeninas y de la salud aununcien la dieta revolucionaria, los regímenes para adelgazar son más o menos los mismos desde hace décadas. En realidad ninguna dieta es necesaria, salvo que se considere dieta al comer equilibrado, con los componentes nutricionales en su justa medida. El que vive atado a una dieta pautada, genera un rechazo hacia las dietas, al hecho de cumplir con una prescripción rígida. Y este fastidio termina generando trasgresión y ruptura. El compromiso de un paciente con su tratamiento no pasa por atarse a una dieta de un modo marcial.

Hace treinta años se creía que si se come cada dos o tres horas nunca hay hambre: el trabajo digestivo incide en el gasto calórico y se mantiene así en sangre una cantidad permanente de insulina. Pero hace poco se descubrió que la insulina inhibe la serotonina, un neurotransmisor que produce saciedad y es muy útil para calmar el hambre.

El problema de comer fraccionado es que, además de que siempre se indicó mucha comida, el paciente está permanentemente pendiente del momento en que puede comer y no puede cortar el vínculo enfermante con ella.

Entre las dietas, la Scarsdale, Pritiking y Atkins fueron las más populares. Todas, en su momento -y según las circunstancias-, han sido muy útiles. La Pritiking es una dieta hiperhidrocarbonada e insuficiente en elementos nutrientes. Se trata de una dieta disociada donde se separa el consumo de nutrientes y esto es potencialmente peligroso.

La Atkins, en cambio, es una dieta hiperproteica e hipergrasa bastante difícil de realizar y que deja aparentemente algún tipo de daño en el metabolismo de las grasas y no cubre todos los nutrientes que necesita el organismo. Como prohíbe los hidratos de carbono, ante la menor trasgresión -y estas dietas rígidas invitan a la ruptura por hartazgo- y consumo de un hidrato de carbono, se produce una explosión de engorde.

Las dietas deben ser fáciles y permitir comer en cualquier parte: en la casa, en la calle, en una fiesta. Nosotros no trabajamos con tipos de comidas. Lo que hacemos es darle poco valor a la comida, salvo el nutricional: cuanto menos calorías y cuanto menos variada sea la alimentación, menos deseo de repetir se tiene. Si uno no puede con la comida porque es fuertemente adictiva o por lo que sea, entonces lo mejor es transformarlo en rutina; cuanto más trámite, más fácil es de organizar. Y si al paciente le cuesta hay que recordarle su propio deseo saludable y adulto para comprometerlo con el tratamiento, un compromiso que es mucho más verdadero que cumplir una dieta estricta "para el médico o para la nutricionista".

Las cirugías: el cuerpo del cirujano

La cirugía es un recurso que aunque parezca novedoso tiene ya varias décadas. Existen distintos tipos de cirugías: el anillo gástrico, el cinturón, el balón gástrico y su finalidad es achicar la capacidad estomacal. También existen los by pass, donde se acorta quirúrgicamente el camino digestivo y se pasa, por ejemplo, de la primera porción del estómago o del esófago al intestino y se acelera así el tránsito digestivo. Pero debe suplementarse con vitaminas y minerales.

Además del sometimiento a una cirugía con todos el riesgo que conlleva y un posoperatorio complicado en el que, entre otras cosas, el paciente sólo deberá alimentarse a papillas, estas cirugías suelen causar estragos en la autoestima, ya caída por la gordura, porque la operación es el resultado de un fracaso y porque en definitiva, el éxito es del cirujano. En Estados Unidos las cirugías se usan sólo en casos de obesidad mórbida y solamente después de agotar otras instancias.

No podemos afirmar, de cualquier modo, que todas las cirugías son contraindicadas, pero sí hemos demostrado -con más de xx casos de hiperobesidad que han alcanzado un peso saludable- y con más de xx pacientes que vinieron con distintos grados de sobrepeso que, con el mismo método saludable y contenedor, sin pastillas ni otro tipo de agresiones, se obtienen resultados duraderos en tiempos acotados.
Los gordos crecen y se multiplican y con ellos el marketing para captarlos como clientes. El mercado les vende dietas de todo tipo, pastillas y cirugías que, en la mayoría de los casos, no sólo causan más daño que beneficios, sino que perpetúan el estado de “volver a empezar” y nunca “terminar de empezar”.
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