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Comer sin engordar no es un sueño, es una mutación genética

El organismo se adapta a lo que come para optimizarlo

«Nunca se es lo bastante rica ni delgada», aseguraba Jackie Kennedy Onassis, cuya esbeltez jamás fue sospechosa de anorexia y sí, en cambio, de un refinado metabolismo. Algo que fascina y ofende a millones de gordos (y en Estados Unidos hay muchos): ¿por qué algunos están siempre hechos unos figurines, así coman como limas, y otros engordan sólo con mirar fijamente una tarta?
La respuesta puede estar en la genética, que siempre se adapta, dicen los expertos, a las variaciones de la dieta. Tardará más o menos, pero a la larga, todos seremos como Jackie Kennedy.
Nature Genetics y The New York Times se han hecho eco de un estudio de las Universidades de Arizona y California, constatando que el genoma humano ha reaccionado a todas las variaciones dietéticas de la especie a lo largo de la historia.
Algunas fueron tan solemnes como el paso de comer sólo fruta a comer también carne, cuando el hombre se escindió de los chimpancés y pasó a necesitar muchísima más energía para alimentar un tejido cerebral tres veces superior. Hablamos de hace dos millones y medio de años.
El organismo se adapta a lo que come para optimizarlo. Los investigadores han comprobado que las comunidades humanas con dietas más ricas en almidón (como los japoneses) producen cantidades mayores de amilasa, una enzima que descompone el almidón en glucosa para su absorción.
Las personas como Jackie Kennedy serían, entonces, una especie de mutantes: en ellas el grado de adaptación genética a la dieta ha progresado a una velocidad superior a la media de la especie.

El organismo se adapta a lo que come para optimizarlo
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