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Los gordos soportan prejuicios que no atosigan a diabéticos o asmáticos

Resulta curioso que otras enfermedades, como el asma o la diabetes, no se acompañen con bajos ingresos o fracaso escolar

La preocupación por la alimentación, en el centro de los discursos sobre salud pública, no se encuentra libre de connotaciones morales, además de tener importantes efectos sociales.

Cuando se lucha contra las discriminaciones de los gordos, muchos recurren a argumentos genéticos, insistiendo en que adelgazar no es algo que pueda hacerse a voluntad.

La gordura, se sostiene, procede en buena medida de nuestro equipamiento genético. Pues parece comúnmente aceptado que por mórbida que sea la gordura, las subidas y bajadas de peso son aun peores. Por sensato que sea el argumento, tampoco conviene aferrarse a él de manera irreflexiva. La genética seria sabe que los genes cooperan con el entorno en la producción de un comportamiento, no son dictadores insensibles, solitarios y absolutamente inapelables. 

Por tanto, y aunque simpatice uno con quienes no creen que el cuerpo sea un instrumento dócil de nuestros manejos, no vale cubrirse tras la genética para obviar si la gordura o la obesidad son un problema de salud. Sin comprender éste, sin situar sus límites, no puede concebirse por qué razón las personas, sobre todo, aunque no sólo, fracciones importante de mujeres, persiguen con inusitada fe el capital estético.

Al fin y al cabo, la guerra contra la obesidad, iniciada por la administración norteamericana en 1995 y copiada, quizá con menos virulencia, por otros países, y la estigmatización sanitaria de la gordura incitan poderosamente a su denigración estética. Sin la primera, la segunda aparecería infinitamente más caprichosa y arbitraria y, por ende, susceptible de ser impugnada. ¿Quién osa resistir contra dictados que aseguran perseguir nuestro bienestar y nuestra longevidad? Puede hacerse, invocando los prestigios estéticos de las resistencias demoniacas, pero las condiciones de tal ejercicio  requiere psicologías arriscadas que puedan habitar los exclusivos y excluyentes territorios del malditismo cultural. 

Primero conviene aclarar algo acerca de cómo medimos la gordura, esto es, sobre el famoso Índice de masa corporal (IMC). La Organización Mundial de la Salud comenzó la lucha contra la obesidad en 1990 y en 1997 redujo los umbrales para considerar a alguien con sobrepeso. El cambio fue de entidad. Desde 1980 se consideraba con sobrepeso a los hombres que alcanzaban índices del 27,8 y a las mujeres que llegaban al 27,3. Al poner el sobrepeso en un índice de 25, la OMS obvió la separación de género (justificada por la mayor propensión masculina a la corpulencia) y siguió sin tener en cuenta la edad (entre los adultos el IMC aumenta, hasta los 50 años, casi un kilo por decenio) ni los efectos de generación (el aumento de la altura produce, obviamente, un aumento medio del IMC).

La opción condenó a salir de la normalidad a un número enorme de personas. En Estados Unidos los 61.700.000 adultos con sobrepeso se convirtieron en 97.000.000: un 59,4% de los hombres y un 50,7% de las mujeres, la mayoría, salieron del reino de la normalidad para estacionarse en amenazante vecindad con la patología. Más organismos fueron considerados gruesos, fuera de norma, más personas se convirtieron en objetivo de la prevención médica de la gordura.

Ahora bien, ¿qué decir de la mala salud de los gordos? la gordura causa problemas de salud en ciertos grupos sociales: fundamentalmente, entre las clases más altas ya que, por lo que respecta a las clases sociales más modestas, los resultados distan de ser concluyentes. El alto IMC entre los privilegiados se vincula con la morbidez, pero no en otros grupos sociales ni en marcos culturales menos enemigos de la grasa que el nuestro: en las islas del Pacífico las personas acompañan un rotundo índice de masa corporal con ausencia de problemas de salud. ¿Cuál sería la variable inadvertida que abrocha adiposidad y morbilidad exclusiva entre un grupo social? El estrés producido por la depreciación de la gordura en una cultura y, dentro de esta, en ciertos contextos sociales: aquellos donde existe mayor penalización de la corpulencia, poblados fundamentalmente por mujeres de clases medias y altas. Por tanto, la gordura de los pobres y la de los ricos correlaciona con la morbilidad por razones diferentes. En el primer caso se trata, lisa y llanamente, de la escasez de recursos y de la penuria sanitaria, sin influencia de la gordura: que la pobreza machaca la salud, insistimos, se encuentra bien documentado -lo que como se comprueba resulta difícil de saber respecto de la gordura-. En el segundo caso,  prejuicios contra los gordos dentro de marcos sociales consagrados a la religión de la delgadez.

Resulta curioso que otras enfermedades, como el asma o la diabetes, no se acompañen con bajos ingresos o fracaso escolar
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