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Historias de la anorexia

Se estima que uno de cada 25 adolescentes tiene trastornos alimenticios de distinto tipo: anorexia, bulimia, obesidad y, ahora, vigorexia, entre otros. Con la muerte de la modelo Eliana Ramos se volvió a hablar de esta enfermedad, especialmente presente en las pasarelas. Es la vidriera de un problema que se repite en los dormitorios y baños de cientos casas. Chicas y chicos que no toleran lo que comen, esconden la comida o, en los extremos, se ven gordos aunque pesen 28 kilos y estén al borde de la muerte

Informe de Mauricio Erramuspe

“Tenía sobrepeso y entonces empecé con actividad física, con gimnasios y todo, hasta que me descontrolé con el peso. Estaba en el peso ideal y me seguía viendo igual que antes: mi figura era igual e incluso el doble. Entonces mi mamá se empezó a preocupar porque decían que tenía síntomas de anorexia. Pasé por psicólogos, neurólogos, psiquiatras, todo. Y me decían que tenía anorexia pero no tenía resultado, me miraba al espejo y era el doble, cada vez más gorda, gorda”.

La que habla es Andrea, de Punta Arenas, una ciudad en el extremo sur del largo Chile. Tiene 17 años y hace unos meses, en agosto de 2006, pesaba 28 kilos. Debió ser internada porque ya no era capaz de caminar, subir un escalón o respirar. Todo le pesaba y no tenía energía para nada. Estaba débil pero se veía gorda. Tenía anorexia.

Estas enfermedades son un tipo de adicción y, como tal, son difíciles de tratar y descubrir antes de que alcancen ese grado tan visible, donde la piel se pega a los huesos y las mujeres no pueden ni mantenerse en pie.

Sin llegar a esos extremos, se estima que una de cada 25 adolescentes padece algún trastorno alimenticio. Y el 1% de los casos se convertirá en anorexia.

La psicólogo Leticia Silveira y la médica Ana Baridón, de la Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia (Aluba) definieron el perfil que presentan estas pacientes con anorexia. “Son personas que son intelectualmente saludables, que tienen un coeficiente normal, son muy productivas cuando quieren”, dijo Silveira. “Nosotros siempre decimos que las anorexias son las abanderadas de la clase, son las mejores de la clase. Tienen la autoestima re baja pero son las mejores de la clase, son las que hacen ejercicio, son las deportistas maravillosas. En general, el perfil de la anorexia es ese”, completó Baridón.

La anorexia, entonces, es una restricción en todos los órdenes por el miedo a engordar y el rechazo al mantenimiento del peso. Hay una distorsión de la percepción del propio cuerpo. Otro de los síntomas es la amenorrea, o sea la interrupción de la menstruación por al menos tres ciclos.

En la bulimia, en cambio, no hay signos visibles en el cuerpo. El peso es normal y quienes la padecen no llaman la atención a no ser por grandes atracones de comida, que terminan en vómitos provocados en privado.

Hace muchos años que se habla de estas enfermedades y los modelos de belleza que se promueven aparecen como los grandes responsables. Hay una contradicción entre la cultura del exceso en que vivimos y, por ejemplo, la delgadez extrema como sinónimo de belleza.

La psicóloga Joana de Vilhena Novaes trabaja como coordinadora en una Clínica de Enfermedades de la Belleza, en el Laboratorio de Investigaciones e Intervención Social de la Pontificia Universidade Católica de Rio de Janeiro. Hace un par de meses, esta profesional editó un libro con el título “El intolerable peso de la fealdad”. En ese trabajo, ella afirma que la novedad en estos tiempos es la moralización de la belleza. Es decir que, de ser una concesión divina o natural, la belleza pasó a ser una muestra de carácter: sólo es feo el que quiere.

“La novedad de los tiempos actuales es moralizar la belleza. ¿Qué tiene que ver con la dictadura estética de la delgadez? Cuando se moraliza la belleza, se responsabiliza al sujeto por su condición. No se puede olvidar que estamos en una sociedad espectáculo, en una sociedad de consumo que dispone para el sujeto ‘ene’ prácticas corporales que están a su servicio, para su consumo. Son prácticas de embellecimiento para huir de las fealdades. (...) Delgadez y juventud son sinónimo de belleza, entonces la novedad es que se moraliza la belleza. De ahí el horror a la gordura, la adipofobia, la fobia social a la gordura que es el gran síntoma social. Eso se lleva al paroxismo en la anorexia”, explicó la psicóloga desde Rio de Janeiro.

Joana de Vilhena Novaes describe a la anorexia y la obesidad como dos extremos del mismo problema. Una se identifica con la víctima y la otra con el villano, pero son parte del mismo fenómeno derivado de esa “Pastoral del sudor”, como definió esta psicóloga a la sociedad actual al ser entrevistada por Folha de Sao Paulo.

“La anoréxica es la gran víctima y el obeso es el gran villano. Es el trasgresor, el que no sigue la reglas del juego. Las reglas del juego son muy claras: el sujeto tiene que gastar tiempo y dinero y tener disciplina para modelar su apariencia. Tenemos esas dos polarizaciones, antagonismos, esos dos grandes cuadros psiquiátricos, uno personifica la gran víctima, que lleva los dictámenes actuales al paroxismo y el obeso que es el gran trasgresor, visto con gran antipatía”, ejemplificó.

Además de estos trastornos alimenticios más conocidos, ahora los especialistas comienzan a trabajar en uno nuevo: la vigorexia. Se trata de hombres deportistas, en muy buen estado físico que, sin embargo, se perciben flácidos, sin músculos. Hacen mucha gimnasia, muchos aparatos y toda su dieta está asociada a ganar masa muscular en un proceso que nunca los satisface.

“Lo que observo en mi clínica específicamente es un índice cada vez mayor es 'la anorexia inversa', llamada vigorexia. Es el hombre que siempre se encuentra flaco por más fornido que sea... Es la novedad o lo que ha crecido. Hace gimnasia y tiene una dieta muy rigurosa pero no de privación, como en el caso de la anorexia, sino que tiene una alimentación pautada por ganar masa muscular”, explicó Novaes.

Una de las dificultades que tienen estas enfermedades es que, según comentaron en Aluba, no es sencillo trabajar en prevención ya que es muy difuso el límite que se marca cuando uno pasa de un cuidado normal del cuerpo y la salud, a un comportamiento compulsivo.

En tal sentido, la doctora Ana Baridón, que encabeza el trabajo de esta Asociación, recordó que el aumento de las consultas se da en primavera, cuando las mujeres, principalmente, comienzan a prepararse para el traje de baño. En esa época las madres perciben comportamientos extraños en sus hijas y por eso aumentan las consultas. Un dato al margen es que Baridón aseguró que no perciben ningún cambio en el régimen de consultas cuando aparecen en los medios noticias como la muerte de la modelo Eliana Ramos. Irónica dijo que lo único que aumentan son las consultas de los periodistas.

La prevención, entonces, no es sencilla. Baridón explicó por qué. “Es muy difícil también hacer prevención en patología alimentaria porque que alguien comience a hacer una dieta no quiere decir que tenga patología. Que comas productos light no quiere decir que tengas patología alimentaria, que vos te quieras cuidar un poco tampoco máxime con esta epidemia de obesidad que hay en el mundo y hace muy difícil hacer prevención en patologías alimentarias. (...) Siempre apuntamos a los padres, a los mayores, que tomen conciencia los mayores cuando vean conductas raras en sus hijas adolescentes. Hijas e hijos, lo que pasa es que es mucho más frecuente en las mujeres”, afirmó.

Hace 17 años que Aluba trabaja en Uruguay. Surgió en Argentina en 1985 y ahora está presente en varios países. Actualmente, las dos casas que tiene en Montevideo –Pocitos y Ciudad Vieja- tienen unas 60 pacientes. En estos años que lleva trabajando con esta enfermedad, Baridón cuenta que la principal diferencia es que las pacientes llegan cada vez más jóvenes. “Antes era de 16 en adelante, con 17. Ahora de repente consultan con 12 años, 13, 14. Entran en tratamiento con 14. Cada tanto aparecen niños que en general son madres que tienen el problema y entonces se lo transmiten a sus hijos”, dijo Baridón.

Gimena tiene 22 años y hace dos que tiene el alta tras haber tratado su bulimia en Aluba. de visita en la sede de esa institución, como hace frecuentemente, contó cómo fue que llegó a Aluba por primera vez, cuando tenía 14 años. “Nos fuimos de campamento y había milanesa con puré. Me provocó tanto rechazo que me hicieran comer una milanesa con puré... Era como... ‘¡pah, todo lo que voy a engordar!’ Y entonces no aguanté y fui a vomitar. Entonces, fui y probé las cisternas, porque las bulimias somos muy calculadoras y hacemos todo como para que nadie se entere, manejamos todo muy bien. Fui, tiré la cisterna y andaba. Vomité y después no anduvo más. Ahí fue que me descubrieron. Yo tenía la necesidad de hacerlo, no aguantaba la comida arriba”, recordó.

Gimena estaba en segundo año de liceo y una amiga le había enseñado a provocarse los vómitos. Hacía más de un año que vivía obsesionada con la comida. Su vida, según recuerda, era una dieta. “Todo era una dieta, todo era una dieta. Mi vida iba en función de la dieta que iba a hacer, los kilos que iba a bajar, lo que comía en el día, lo que no. Como que todo el tiempo era pensando en eso. Yo tenía una bulimia entonces era muy difícil mantener las dietas, la bulimia básicamente es una restricción y después atracón. De repente no comía en todo el día, comía una manzana y después llegaba la noche y me moría de ansiedad y me comía dos alfajores. Me acuerdo que algo muy marcado era que toda la plata que tenía era calculada en golosinas. Ir y comprar un alfajor... Hasta que una amiga del colegio me enseñó a vomitar y empecé un día porque me sentía mal, pesada por haber comido y así se empezó a hacer un hábito”, dijo Gimena.

Eso de compartir experiencias entre pares, pasarse información sobre qué dieta hacer o cómo vomitar, por ejemplo, tiene un lugar destacado en varios sitios de Internet. Una búsqueda en google con las palabras Ana y Mia arroja páginas sorprendentes donde las chicas comparten experiencias. En la jerga, “Ana” es anorexia y “Mia” es bulimia. Hay blogs de chicas que se declaran anoréxicas o bulímicas y reciben comentarios de otras que lo son o dejaron de serlo y les advierten sobre los riesgos. Por ejemplo se encuentran consejos sobre dietas, sobre cómo vomitar, sobre cómo evitar que los padres perciban lo que están haciendo.

En el comienzo del informe escuchamos a Andrea, una chilena que está en tratamiento en Aluba desde agosto de 2006. Ya escuchamos cómo comenzó la enfermedad en Andrea. En el liceo sus compañeros la molestaban con el peso, ella se veía con mucha cadera, gorda, y comenzó a hacer deportes. Pero de la práctica normal de ejercicio pasó a hacerlo compulsivamente.

La primera vez que pidió ayuda en ALUBA de Montevideo fue en marzo de 2006. Estuvo un mes en tratamiento y volvió para Chile. Pero se portó muy mal, según ella misma recuerda. “Obviamente entré con anorexia y no me porté muy bien. Mentía, realmente no hacía las comidas que tenía que hacer que eran seis, escondía la comida, le mentía a mamá, le decía que estaba haciendo todo bien y no era así, me seguía viendo gorda, pensaba que a los pantalones los hacían grandes. Era que como una parte mía me decía que si comía eso iba a engordar más y no quería. Obviamente sentía ganas de comerme todo lo que tenía ahí para hacer de una vez por todas las cosas bien y salir porque estaba cansada ya... y no podía. Era como que la parte negativa me ganaba y me hacía tirar la comida, dársela a mi perro, cuando mi perro ya no quería más comer, agarraba la comida y la escondía en una caja”, recordó.

En esa rutina, Andrea llegó a estar hasta cuatro días sin comer. Cuando ya no daba más y, literalmente, se desmayaba de hambre, con un pedazo de manzana se terminaban los problemas. Al menos eso pensaba. No duró mucho. En julio, tuvo que ser internada de urgencia y estuvo un mes en el centro asistencial. Entonces, su madre decidió traerla a Montevideo porque sentía que en Chile se moría. Y no estaba lejos de la realidad. “Cuando entré al hospital me di cuenta de que estaba como un esqueleto, un cadáver. No quería decirle a mamá pero ya no podía caminar, la última vez que salí a la calle me caí porque no podía subir una vereda. Yo en realidad ahora veo si pasaba un día más me moría. Ya era un extremo en el que no podía dormir a la noche porque los pulmones me empezaban a funcionar mal, una sábana me pesaba, no podía tener nada ni siquiera un pijama, nada, todo me pesaba. Obviamente no quiero volver a estar así. No quiero volver nunca más a sentir que no puedo subir a una vereda, que no puedo caminar. Fueron 24 días horribles”, se lamentó.

Hoy Andrea mira con mucha rabia esos momentos. No entiende cómo pudo llegar a tal extremo. “No entiendo como tenía esa energía para hacer de todo si no comía nada. Ahora que hago las cosas bien no entiendo cómo lo hacía. Y me da rabia ver a las chicas que hablan de comidas, de que se restringen, o las que no pueden salir de la enfermedad, me molesta. No soporto la enfermedad. No soporto ver a nadie que esté haciendo dieta, que se restrinja, no lo soporto”, afirmó.

Andrea proyecta volver a Punta Arenas, terminar el liceo y retornar a Montevideo para finalizar el tratamiento mientras estudia Bellas Artes. Se alegra de haber pedido ayuda a tiempo y recuerda que su madre le tenía demasiada confianza pese a verla, como ella misma dice, convertida en un cadáver. “Mamá confiaba mucho en mí. A pesar de que yo estaba en un extremo de lo último seguía confiando en que yo podía salir. Pero llega un momento en que uno dice ‘no pudo más, no puedo sola... necesito que me ayuden’. Y se lo pedí tarde, pero valió la pena porque si no, no estaría acá”.

Sobre esa confianza es que pone el alerta Gimena, la otra paciente que ya escuchamos. Y le hace una advertencia a las madres que tengan sospechas de que sus hijas o hijos pueden estar pasando por este problema. “Que no la escuche a ella porque lo que habla prácticamente es el problema, la patología y no la chica en sí. Yo como que me daba cuenta que tenía un problema pero no lo quería asumir. Hasta el momento en que vine yo dije que no tenía nada. Es como que uno no reconoce la enfermedad y cree que va a poder salir solo, siempre es eso: la persona que está enferma no lo reconoce y piensa que se va a poder curar solo o que lo va a poder hacer solo. Y no es así. Solo no se sale. Me parece que lo fundamental es la familia y el apoyo que tiene que tener mucha seguridad y fortaleza para aguantar lo que es la enfermedad y la resistencia. La persona no va a querer venir y va hacer pataletas. Mis padres lloraban después de dejarme acá”.

Pero esos llantos iniciales, valieron la pena en el caso de Gimena. Hoy dice que se ríe cuando recuerda la enfermedad. Igual, en sus palabras se nota que le tiene mucho respeto. “Ahora me río. Ahora me río porque es como que ya pasó, es como que tengo otra óptica de lo que pasó y está lejos”. Y explicó por qué vuelve periódicamente a Aluba. “Es como que también maduré acá, es como que fueran una parte de la familia. Es como muchas cosas. Vengo por agradecimiento, por cariño, cuando yo entraba odiaba todo pero después también podés ayudar a las otras chiquilinas que están acá. Ven a una persona que salió cuando vas a una reunión, cuando ellas cuentan y me preguntan: ‘¿a vos te pasa eso?’ ‘No, no me pasa más. Y no te va a pasar”.

Se estima que uno de cada 25 adolescentes tiene trastornos alimenticios de distinto tipo: anorexia, bulimia, obesidad y, ahora, vigorexia, entre otros. Con la muerte de la modelo Eliana Ramos se volvió a hablar de esta enfermedad, especialmente presente en las pasarelas. Es la vidriera de un problema que se repite en los dormitorios y baños de cientos casas. Chicas y chicos que no toleran lo que comen, esconden la comida o, en los extremos, se ven gordos aunque pesen 28 kilos y estén al borde de la muerte
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