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Gordito no es saludable

Un libro analiza la falsa creencia de que los niños rollizos están más sanos -aún vigente en España- y ofrece consejos prácticos para inculcar buenos hábitos de alimentación

INÉS GALLASTEGUI

HUY, qué mono! ¿Con esos mofletes...! ¿Y esas mollas...! ¿Tan rellenito...!». Seguro que todo el mundo ha oído alguna vez comentarios como estos referidos, en tono aprobador, a un bebé orondo. Aunque parezca mentira en plena epidemia de obesidad infantil, mucha gente sigue pensando que, en cuestión de niños, rollizo es sinónimo de hermoso. Todavía muchos abuelos, quizá porque vivieron el hambre de la guerra y la posguerra, tienen interiorizado que los chavales lustrosos son fuertes y sobreviven, y los delgados están enfermos y mueren. Lo peor es que esa percepción ha atravesado generaciones y también hay padres y madres de nuestros días que, pese a las advertencias del pediatra, no ven especialmente problemático que su hijo de corta edad esté orondo. Quizá no sepan que un bebé gordito tiene más probabilidades de convertirse en un niño obeso. Tal vez ignoren que un niño gordito -además de ser más propenso a sufrir el rechazo de sus compañeros y a padecer ya enfermedades relacionadas con el exceso de peso, como el colesterol o la diabetes- tiene más papeletas para ser un adulto de peso. En la era en que las hamburguesas gigantes, la bollería industrial y los refrescos y zumos superazucarados se alían con la 'tele', el ordenador y los videojuegos en pro del michelín, confiar en que un oportuno estirón acabe con las chichas del crío es poco realista. Las claves son garantizar a los niños una dieta saludable incluso antes de que nazcan -desde el embarazo- y educarles en el amor por la comida sana y el ejercicio físico.

En resumen, esta es la tesis del libro que la dietista Claudia González y la periodista Lourdes Alcañiz acaban de publicar en Grijalbo con el elocuente título de 'Gordito no significa saludable. Cómo prevenir y atacar la obesidad infantil para que los niños crezcan sanos y felices'.

Causas

Las cifras de sobrepeso y obesidad infantil en España siguen aumentando: alrededor de un 14% de los niños pesa demasiado para su talla. Las autoras del libro citan causas muy diversas: la predisposición genética heredada de los padres; la diabetes gestacional sufrida por la madre durante el embarazo; la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo y el abandono de la dieta tradicional; y el ocio sedentario.

Las cifras alarman a las autoridades sanitarias. No sólo por las malas perspectivas de futuro -«Un niño gordito tiene un 70% de probabilidades de ser un adulto obeso y un 80% o más si su padre, su madre o los dos son obesos también», señala el libro- sino porque el presente tampoco pinta nada bien. González y Alcañiz recuerdan que percibir la obesidad de un niño como una amenaza para su salud futura es temerario: en realidad, las enfermedades ya acechan a estos pequeños. Así lo anuncian las cifras registradas en los países que nos adelantan en tasas de obesidad infantil, como Estados Unidos, donde hay dos millones de niños con síndrome metabólico, «una serie de anomalías que indican un alto riesgo de desarrollar enfermedades del corazón y diabetes tipo II». Resistencia a la insulina, hígado graso, apnea, cálculos en la vesícula, desarrollo sexual y menstruación precoz y problemas ortopédicos debidos al exceso de peso son algunos de esos riesgos.

Además, muchos niños con sobrepeso sufren consecuencias más difíciles de medir y tratar, como baja autoestima, imagen negativa de su cuerpo, depresión y rechazo por parte de otros niños.

Creencia errónea

Entonces, ¿cómo es posible que aún persista el tópico de que el niño rollizo es más sano? Las autoras recuerdan que, en otras épocas, la relación entre volumen corporal y supervivencia era cierta: los niños lustrosos eran los mejor nutridos y afrontaban mejor las enfermedades que los pequeños esmirriados. Hoy, dada la disponibilidad de alimentos, la vacunación universal y la erradicación de numerosas enfermedades infecciosas, la asociación gordura-salud ya no se sostiene.

González y Alcañiz apuntan que «la obesidad históricamente se ha asociado con riqueza y poder»; sólo hay que ver cuadros antiguos para comprobar que, no hace tanto, la molla era bella.

Las autoras agregan que a veces, por falta de tiempo, los pediatras no logran transmitir a los padres su preocupación ante las curvas de crecimiento del bebé. Estar en un percentil 90 de peso -si el niño no alcanza el mismo en la talla-, no significa que nuestro hijo sea un ganador nato en la 'competición' de los bebés, sino que su peso es demasiado alto.

Al contrario, subrayan las autoras: mientras las cifras de sobrepeso van en aumento, muchos padres siguen quejándose al pediatra de que el crío «no come nada». «Pero 'no come nada' para los padres no significa literalmente que su hijo no come, sino que no come todo lo que a ellos les gustaría o bien que no lo hace con el mismo apetito que antes, cuando el niño probablemente estaba en una etapa de crecimiento rápido».
Un libro analiza la falsa creencia de que los niños rollizos están más sanos -aún vigente en España- y ofrece consejos prácticos para inculcar buenos hábitos de alimentación
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