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La obesidad no es tan mala como nos hacen pensar

Lo dice el profesor de la Universidad de Colorado Paul Campos, autor de un polémico libro que pone en cuarentena estudios y creencias

El sistema americano, dice, está controlado por las empresas farmacéuticas -quienes financian la investigación sobre la obesidad-, empeñadas en mantener una suculenta industria. En este fragmento de "The Obesity Myth", desmitifica que sea un mal responsable de muchas muertes en EEUU, donde basa su informe, aunque sus conclusiones podrían ser aplicables a España.

En enero del año 2003, mientras Estados Unidos se estaba preparando para ir a la guerra contra Irak, el jefe del Servicio Nacional de la Salud de este país, Richard Carmona, alertaba de que la nación se enfrentaba a una amenaza mucho más peligrosa que la de las supuestas armas de destrucción masiva de Sadam Husein. "Un peligro que es muy real y que ya está entre nosotros: la amenaza de la obesidad".

Carmona era el último de toda una serie de responsables públicos que han venido tratando la cada vez más ampulosa cintura de Norteamérica como el principal problema de salud pública. Sus palabras reflejaban gran parte del discurso de la clase médica que, durante varias décadas, ha venido considerando que tanto el sobrepeso como la obesidad constituyen dos graves riesgos para la salud.

La gordura está siendo sometida actualmente a juicio. Las acusaciones se basan en que cuanto más delgada sea una persona, más tiempo vivirá. "La obesidad mata" y, en consecuencia, el tratamiento a seguir es sencillo: "Adelgace usted". Tanto los médicos como los funcionarios de los servicios públicos de salud dedicados a la lucha contra la obesidad intentan hacernos creer que ser gordo o no serlo es una cuestión científica que se puede contrarrestar consultando algo tan crudo y frío como es una gráfica del Índice de Masa Corporal (IMC).

Éste es una simple fórmula matemática: peso dividido por la altura al cuadrado [si usted pesa 80 kilos y mide 1,70 metros haga la siguiente operación: 80÷1,70x1,70= 27,68  que encuadra a personas de alturas y pesos diferentes en una misma escala integrada. Todo esto, al igual que tantas otras manifestaciones que se hacen en contra de la obesidad, es absolutamente falso. La "obesidad" no es sino una mera construcción cultural. Según las actuales especificaciones que las autoridades de la sanidad pública indican en relación con el IMC, individuos como Brad Pitt, Michael Jordan y Mel Gibson padecen, los tres, "sobrepeso", mientras que Russell Crowe y George Clooney son ya personas obesas. De acuerdo con los parámetros previstos por la política de salud pública de EEUU, si el IMC de una persona está por encima de 25, padece sobrepeso. Y punto.

Según los últimos datos relacionados con este índice, el 64,5 % de los adultos estadounidenses padece sobrepeso (lo que quiere decir que su IMC se encuentra entre 25 y 29,9 puntos) o son obesos (es decir, que su IMC alcanza 30 puntos o más). En este campo se han realizado diversos estudios que han logrado asociar, incluso, niveles muy leves de sobrepeso con un significativo incremento del riesgo de una muerte prematura. Por ejemplo, en un trabajo muy conocido publicado en 1995 por el New England Journal of Medicine se llegaba a la conclusión de que las mujeres de estatura media que tuvieran un sobrepeso tan escasamente importante como son cinco kilos, incrementaban su riesgo de mortalidad prematura en un 60 %. En 1999, otro análisis difundido en el Journal of the American Medical Association (Jama) estimaba que, sólo en Estados Unidos, el sobrepeso daba origen a unas 300.000 muertes prematuras al año.

Mientras, el porcentaje de población que mantiene un peso peligrosamente alto continúa su escalada ascendente: la obesidad en Norteamérica se ha incrementado en más del 50 % en relación con las tendencias observadas en la última década. Si los autores de estos estudios tienen, efectivamente, razón, este país se enfrenta a una crisis de salud pública de tal naturaleza que, en palabras de uno de los más notables luchadores contra la gordura, hará que el propio sida parezca "un caso algo complicado de gripe".

Por su parte, los centros para el Control de Enfermedades advierten de que el sobrepeso y la obesidad conllevan un riesgo cada vez más acusado de sufrir serios problemas de salud. Por ejemplo, fallos cardiacos congestivos, enfermedades coronarias, diabetes, hipertensión, apnea nocturna obstructiva y toda una serie de problemas respiratorios, además de determinadas manifestaciones cancerígenas.

Así pues, el juicio contra la obesidad parece haber llegado a una conclusión final muy clara: si una persona tiene un IMC de 25 puntos o superior implica, según ha podido comprobar la ciencia médica, la aparición de miles de condicionantes de carácter letal para dicha persona. Entonces, ¿qué podemos hacer ante esta epidemia?

Un reciente artículo, publicado por unos investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, apuntaba la solución: "Los adultos deberían intentar mantener siempre un Índice de Masa Corporal que esté entre 18,5 y 21,9 puntos para, así, poder minimizar el riesgo de padecer cualquier clase de enfermedad". Para una mujer de estatura media, esto significaría mantenerse en un peso de entre 47,5 y 57 kilos.

Las autoridades competentes han asegurado que la mejor forma de perder peso de una manera saludable consiste en saber combinar bien una amplia restricción en la ingesta de calorías -hacer dieta, por decirlo en otras palabras- con el ejercicio físico. Lamentablemente, esta prescripción tan clásica presenta una alta tasa de decepciones: una gran mayoría de quienes se someten a una dieta acaba recuperando el peso que habían perdido y muchas terminan pesando más. Dado este tremendo récord de fracasos, no resulta sorprendente que la industria farmacéutica se haya gastado hasta ahora miles de millones de dólares en sus intentos por desarrollar algún medicamento seguro y eficaz que permita una verdadera pérdida de peso. Y para aquellas personas con las que no parecen servir ni la dieta ni dicha clase de medicamentos, la cirugía se está convirtiendo en una opción cada día más popular, si bien bastante peligrosa.

La convicción principal de los expertos inmersos en este juicio contra la obesidad es que existe una fuerte y predecible relación entre el incremento de peso y el aumento de la mortalidad. Y eso, después de todo, es lo que la mayoría de la gente tiene que suponer cuando lee que tanto las autoridades médicas como las de la salud pública han determinado que un IMC de 25 puntos o más es peligroso para la salud. Esta creencia, sin embargo, no está basada en pruebas fehacientes.

Un proyecto de 1996, encargado a un grupo de científicos del National Centre for Health Statistics (Centro Nacional de Estadísticas de la Salud) y de la Universidad de Cornell, analizaba en profundidad los datos de docenas de estudios previos e incluía más de 600.000 aspectos diferentes y con un seguimiento que se retrotraía hasta 30 años atrás. Así, entre los hombres de raza blanca no fumadores, la tasa de mortalidad más baja se encontró entre aquéllos que presentaban un IMC de entre 23 y 29, lo que significa que una gran mayoría de los hombres que habían tenido una vida muy larga padecían sobrepeso, según los parámetros gubernamentales.

La tasa de mortalidad de hombres de raza blanca con un IMC supuestamente "ideal" (entre 19 y 21 puntos) era la misma que aquellos cuyo Índice de Masa Corporal oscilaba entre 29 y 31 (a la mayoría de los cuales se les podría definir como obesos). Respecto a las mujeres no fumadoras y también de raza blanca, las conclusiones de este trabajo eran, incluso, más concluyentes: una mujer de estatura media podía tener cualquier peso -y con una diferencia que llegaba hasta 35 kilos- sin que se pudiera percibir ningún cambio estadísticamente significativo respecto al riesgo de una muerte prematura.

En casi todos los estudios epidemiológicos a gran escala, las correlaciones que se pueden establecer entre peso y salud para la gran mayoría de la población son muy escasas o no existe ninguna. Además, cuando dicha correlación se produce lo que sugiere es que resulta mucho más peligroso para la salud padecer un infrapeso de varios kilos que lo contrario, es decir, tener varios kilos de más.

En consecuencia, centremos nuestra atención en los informes más conocidos en relación con la afirmación de que el sobrepeso es, hoy día, una epidemia que afecta a todo Estados Unidos. Cualquier persona que se preocupe por examinar, desde una postura crítica, las pruebas se verá realmente sorprendido por la radical desconexión existente entre los datos que aparecen en dichos estudios y las conclusiones a que llegan sus autores.

Muertes anuales en Estados Unidos atribuibles a la obesidad, estudio publicado en 1999 en el Journal of the American Medical Association, ha sido la fuente original de un sinfín de estadísticas inexorablemente repetidas que afirman que el sobrepeso es la causa de 300.000 muertes indebidas cada año.

También otro análisis, Sobrepeso, obesidad y mortalidad a causa del cáncer, aparecido en 2003 en el New England Journal of Medicine, ha sido objeto de diversos comentarios en prensa. Por ejemplo, en Los Angeles Times se afirmaba que el citado estudio era "la primera y más definitiva exposición de la relación existente entre la obesidad y el cáncer". El artículo en cuestión continuaba diciendo que los autores del mismo creían que más de 90.000 muertes que se producían al año por cáncer se podrían evitar si los ciudadanos mantuvieran, durante toda su vida, su peso por debajo de un IMC de 25 puntos. A este respecto, es especialmente notable la disfunción existente entre los datos reales del estudio y los alarmistas titulares de prensa a los que los propios autores del estudio ayudaron a ver la luz.

Así, entre los individuos que tenían un peso supuestamente ideal (entre 18,5 y 24,9), el estudio observaba una tasa de mortalidad a causa del cáncer de 4,5 muertes por cada 1.000 personas. Por su parte, en aquéllos que presentaban sobrepeso (entre 25 y 29,9 puntos), la tasa era de 4,4 fallecimientos por cada ?.000 individuos. En otras palabras, que las personas con sobrepeso presentaban, de hecho, una tasa de mortalidad por cáncer más baja que aquéllas que tenían un peso "ideal".

La mayoría de los estadounidenses y, sin duda, la mayoría de los médicos también, entienden simplemente que, cuanto más pese una persona, mayor es la probabilidad de sufrir alguna enfermedad coronaria. De aquí que estén surgiendo determinados tópicos sobre la posible relación entre alimentos rápidos y otras comidas similares con el riesgo de sufrir una obstrucción coronaria. En tal sentido, han sido varios los estudios que se han dedicado a investigar si un alto porcentaje de grasa corporal presenta alguna correlación con la incidencia de problemas coronarios. Y la respuesta ha sido siempre la misma: no, no existe ningún tipo de relación. Incluso hombres y mujeres que padecen obesidades masivas no parecen ser más proclives que la media a padecer enfermedades cardiovasculares.

Es cierto que un aumento de peso está asociado a una tensión arterial más alta y a ciertas enfermedades cardiacas. Pero incluso para estos casos existe una considerable cantidad de pruebas que demuestran que esta correlación no es, necesariamente, producto de ser o no obeso, sino que tiene más que ver con el proceso de perder peso y luego volver a recuperarlo. Los pacientes obesos que se someten a dietas hipocalóricas muy severas presentan, posteriormente, tasas mucho más altas de fracasos cardiacos congestivos que otros individuos, también obesos, pero que no se han sometido a dichos intentos de perder peso.

Existen enfermedades y síndromes menos comunes entre la gente de peso elevado, como enfisemas, enfermedades pulmonares obstructivas crónicas, fracturas de cadera y vertebrales, tuberculosis, anemias, úlceras pépticas y bronquitis crónicas, entre otras, según diferentes estudios médicos. Y lo que es más, ¿cuánta gente sabe que las mujeres con mayor peso presentan tasas muy inferiores de osteoporosis, afección muy común entre las de mayor edad? ¿Y que las posibilidades de que se produzca una fractura de cadera son dos veces y media inferiores entre las mujeres de un peso superior? Esta rotura es una de las principales causas tanto de muerte como de incapacidad permanente entre mujeres de más edad (en Gran Bretaña, anualmente mueren más féminas por fracturas de cadera relacionadas con la osteoporosis que por cáncer de mama, de útero y cervical, todos ellos juntos).

Existen grupos de individuos con un gran peso -con un IMC de 30 puntos o más- que tienen una salud peor que aquéllos que se encuentran dentro del peso ideal. Pero esto no prueba que los problemas de dichas personas estén causados por su exceso de peso. Hay otros factores que afectan a las personas obesas y que tienen una correlación importante con la mala salud: una vida sedentaria, una dieta muy pobre o que induzcan a fluctuaciones del peso, medicamentos específicos para dietas, vivir bajo unas condiciones que implican pobreza, dificultad de acceso o discriminación a la hora de recibir atención de los servicios de salud pública y verse sometido a una discriminación social. Ninguno de estos factores había sido tenido en cuenta en el anteriormente citado estudio Muertes anuales en Estados Unidos atribuibles a la obesidad. El juicio contra la obesidad procede de la presunción de que si un obeso adelgaza, adquirirá las características de salud de un individuo delgado. Aunque dicha presunción podría parecer de sentido común, es, sin embargo, bastante dudosa. Si una persona psicológicamente inclinada a ser obesa pierde peso, adelgazar no la transforma hasta convertirla en un individuo psicológicamente inclinado a ser delgado.

Para poder entender las implicaciones que comporta esta distinción hay que tener en cuenta que los hombres calvos mueren, como promedio, antes que los hirsutos, quizá porque tienen niveles de testosterona más elevados, lo que implica una menor esperanza de vida. En base a lo anterior, seguramente no habría nadie capaz de llegar a la peregrina conclusión de que la implantación de pelo a un hombre calvo mejoraría sus perspectivas de disfrutar de una vida más larga.

Nadie, hasta la fecha, ha sido capaz de llevar a cabo, con éxito, ningún estudio relativo a los efectos a largo plazo de la pérdida de peso, y ello se debe a una simple razón: nadie sabe cómo una persona obesa se transforma en una persona delgada. En la actualidad, están a dieta muchos más estadounidenses que nunca, tantos que el porcentaje de los mismos triplica los de toda la generación pasada. ¿Y cuál es el resultado? Que pesan un promedio de unos siete kilos más que hace 20 años. Decenas de millones de estadounidenses están intentando -con una mayor o menor constancia- perder entre 10 y 15 kilos (2,5 kilos es la cifra promedio que se cita en los informes que existen sobre las personas a dieta).

Y si alguien les preguntara por qué lo hacen, la mayoría de ellos contestaría que por razones de salud y, muy a menudo, aconsejados por su médico. Sin embargo, Glenn Gaesser, profesor de la Universidad de Virginia, señala que más de dos docenas de estos estudios han llegado a la conclusión de que la pérdida de peso de una magnitud semejante (y, por supuesto, otras tan escasamente importantes como cinco kilos) conducen a un incremento del riesgo de muerte prematura.

Durante los últimos 20 años, los científicos han logrado recopilar gran cantidad de datos que indican que, a la hora de predecir un buen estado o el riesgo de mortalidad, la buena forma metabólica y cardiovascular y los niveles que la propician son indicadores mucho más importantes que el peso.

Y, sin embargo, ninguno de los estudios más citados que señalan que la obesidad mata hace un intento serio de tener en cuenta y controlar dichas variables.

El trabajo más extenso de esta naturaleza lo realizaron Steven Blair y otros colegas suyos pertenecientes al Dallas"s Cooper Institute, un estudio que incluía datos de más de 70.000 personas. Descubrieron que cuando los investigadores tienen en cuenta los niveles de actividad y la buena forma física, la masa corporal parece carecer de relevancia en relación con la salud en su conjunto.

Según los estudios de Blair, las personas obesas que practican una moderada actividad física presentan una tasa de mortalidad menor -casi la mitad- que las que, aunque manteniendo un peso supuestamente "ideal", llevan una vida sedentaria.

De manera similar, otro trabajo, también del Cooper Institute, de ?999, que incluía datos relativos a 20.000 hombres, demostraba que el nivel de mortalidad más alto se daba entre individuos de vida sedentaria, cuyas medidas de cintura se encontraban por debajo de los 6? centímetros, mientras que la tasa de mortalidad más baja aparecía entre individuos en buena forma física, pero cuyas medidas de cintura eran de 102 centímetros o más.

Otro trabajo, realizado en 1995, del propio Blair llegaba a la conclusión de que la mejora de la forma física -realizando un ejercicio equivalente a unos vigorosos paseos de media hora de duración cuatro o cinco días a la semana- reducían la mortalidad hasta en un 50%. Tal como el propio Steve Blair comentaba, los norteamericanos tienen "una obsesión, muy mal enfocada, respecto al peso y a la pérdida de peso". La visión que dan a todo este tema es completamente errónea. La clave se encuentra en la buena forma física".

¿Y entonces por qué tienen tanto miedo a los pequeños riesgos que van asociados al peso, mientras que permanecen relativamente indiferentes ante los riesgos, mucho mayores, que se pueden relacionar a aspectos tales como ser hombre, ser pobre, ser de raza negra o ser insólitamente delgado?

Consideremos lo siguiente: desde la perspectiva de una maximización de beneficios de la industria médica y farmacéutica, la enfermedad ideal sería aquélla que nunca acabase con la vida del paciente, que no pudiera ser tratada eficazmente y que tanto los médicos como sus pacientes insistieran, a pesar de ello, en seguir tratándola con medicamentos. Afortunadamente para todos, la industria norteamericana especializada en el cuidado de la salud ha logrado descubrir (o, más bien, inventar) una enfermedad de semejante naturaleza a la que le han puesto el nombre de obesidad.

En Estados Unidos la investigación sobre ésta es financiada, básicamente, por la industria especializada en dietética y en la fabricación de medicamentos para dietas. Es decir, los actores económicos que más tienen que ganar si se llega a la conclusión de que estar gordo es una grave enfermedad que exige un tratamiento médico muy agresivo. Además, muchos de los científicos que se dedican a elaborar esta clase de estudios mantienen relaciones financieras muy estrechas con las compañías cuyos productos evalúan ellos mismos.

En la actualidad, en Estados Unidos nos encontramos inmersos en una cultura cuya necesidad de control del mundo y de la gente que lo habita es tan intensa que se ha llegado a la ridícula conclusión de que millones de individuos deben tener -todos ellos sin excepción-, un peso que no sobrepase en más de cinco kilos el peso imaginariamente considerado como ideal. De manera, que como ya hemos visto, no existe ninguna razón de naturaleza médica que sea válida para explicar por qué dos mujeres de la misma estatura no pueden tener unos pesos diferentes, de 45 y 80 kilos respectivamente, y que ambas disfruten sin problemas de una óptima salud cardiovascular y metabólica óptima, además de disfrutar de un estado general excelente.

Y, sin embargo, existe toda una serie de fuerzas de orden, tanto cultural como político y económico, tremendamente poderosas y que pretenden que todos nosotros hagamos cuanto esté en nuestras manos para estar seguros de que una de esas mujeres se siente desgraciada a causa de la enfermedad que padece.

En efecto, y tal como se señala en el Manual de estudios sobre la obesidad, "en sociedades como las de Estados Unidos existe una fuerte correlación inversa entre clase social y obesidad y, muy particularmente, por cuanto se refiere a las mujeres". En otras palabras, los pobres en Norteamérica son gordos y los ricos, delgados. Así pues, el cierto rechazo que las delgadas clases altas sienten hacia las obesas clases bajas nada tiene que ver con las estadísticas sobre mortalidad y sí con sentimientos relativos a la superioridad moral. Precisamente, porque los estadounidenses están tan reprimidos respecto a temas sociales, es por lo que el rechazo que los (relativamente) pobres engendran en los (relativamente) ricos debe proyectarse sobre alguna otra característica distintiva.

Pero la línea argumental más nociva de las que se pueden encontrar en la literatura sobre la obesidad es aquella que afirma que las chicas y las mujeres negras e hispanas necesitan ser sensibilizadas sobre los sentimientos inadecuadamente positivos que manifiestan sobre sus cuerpos. Al leer esto, los lectores podrían pensar que se trata de un chiste malo. Y ya me gustaría que lo fuera. Un estudio de la Universidad de Arizona descubrió que, mientras que sólo un 10% de las adolescentes de raza blanca estudiadas se sentía feliz con su cuerpo, el 70% de las adolescentes negras estaban contentas con el suyo (como media, éstas pesaban más); además, presentaban tasas menos altas de desórdenes provenientes de una alimentación incorrecta.

Cuando se les solicitaba que definieran el término belleza, las chicas blancas describían su ideal femenino como el de una mujer de 1,70 metros y de entre 45 y 50 kilos. Como contraste, las adolescentes de raza negra describían a una mujer en cuyo cuerpo se incluían, de forma destacada, elementos tales como unas caderas bien marcadas y unos muslos muy potentes y funcionales. En los últimos años, las compañías dietéticas se propusieron objetivos publicitarios específicamente encaminados a llegar a las mujeres de raza negra e hispanas.

El mito de la obesidad prospera en los Estados Unidos contemporáneos debido a que toda Norteamérica se basa en una cultura alimentaria absolutamente desordenada. A mayor abundamiento, los síntomas primigenios de esta situación -las tasas nacionales de sobrepeso, anorexia y bulimia- son, también, claros síntomas de -y hay que acudir a la metáfora para explicarlo- la existencia de un conjunto mucho más extenso de ansiedades culturales.

Extracto de "The Obesity Myth", de Paul Campos, publicado por Gotham Books, una división de Penguin Group (USA) Inc.Copyright (c) 2004 by Paul Campos. www.obesitymyth.com; tablas de IMC en www.seedo.es

Cánones de belleza

Prehistoria. La preocupación por la belleza ya existía en este periodo. Los prehistóricos representaban a la mujer como un símbolo de fertilidad: gruesas, con su centro geométrico en el vientre y unas amplias caderas. Omitían los rasgos faciales.

Antiguo Egipto. Los egipcios idealizaron a la mujer de senos pequeños y firmes, ojos grandes y peinado minucioso. Existía un gran culto a la belleza y a los cosméticos. Utilizaban pelucas, baños de leche y peines de marfil. Buscaban un cuerpo estilizado. También se perfilaban los ojos de negro y en los labios se ponían carmín. Usaban además antimonio para cambiar el color de los párpados (azul o verde).

Grecia clásica. Existía un gran culto al cuerpo. Se buscaba la belleza en todos los estamentos sociales. Su ideal era una figura atlética, sin un gramo de grasa y con la piel tersa. El canon de belleza se basaba en el equilibrio de las formas, buscando la proporción entre la cabeza y las diferentes partes del cuerpo. Difundieron por Europa fórmulas de cosmética y su afición a los ejercicios físicos y el baño. Utilizaban aceites perfumados, y sus mujeres, que despreciaban los senos voluminosos, palidecían su rostro con maquillaje para resaltar unos ojos pintados de negro o azul. Se ponían carmín en las mejillas y dejaban de un solo color los labios y las uñas.

Roma. Tanto los hombres como las mujeres se maquillaban, perfumaban y depilaban. Sus cánones de belleza variaron a lo largo del imperio y de los pueblos que iban dominando. Heredaron de los egipcios los bálsamos de aceite y de los griegos su afición por darse baños y masajes. Cuando Julio César conquistó los territorios germánicos se puso de moda entre las romanas teñirse de rubio y palidecer la piel morena.

Edad Media. Se caracterizó por la austeridad, las guerras, las epidemias y un cierto abandono del ideal de belleza, que se recuperó durante el Renacimiento. En los últimos años de este periodo se admiraron las figuras delgadas y frágiles, cuya esbeltez se acentuaba con ayuda de elevados sombreros y frentes muy depiladas. Renacimiento. La estética llegó a cotas refinadísimas de belleza. El ideal femenino consistía en tener el pelo rubio, la tez muy blanca pero de sonrojadas mejillas, los ojos radiantes, la frente tersa y unos labios cuyo color contrastara con la blancura de los dientes. Buscaban un cuello alto y erguido y reducían sus cejas a la mínima expresión. Los accesorios proliferaron y aparecieron los postizos, especialmente en forma de trenzas y moños muy elaborados. Se extendió la moda de teñir el cabello en tonos rojos. El ideal de belleza femenino se encaminó hacia mujeres más rellenitas.

Siglo XVIII. París se convirtió en el centro europeo de la estética. Las parisinas se pintaban los labios en forma de pequeño corazón, utilizaban extravagantes pelucas y se esparcían polvos en hombros y cuello. También enrojecían sus mejillas y se dibujaban lunares repartidos por la cara y la espalda. La época dorada de la cosmética se inició en este siglo con las más sofisticadas cremas, esencias y aguas. La revolución francesa barrió los excesos estéticos de la nobleza para perseguir la sencillez.

Siglo XIX. Con el Romanticismo llegaron los cuerpos lánguidos y las pelucas se abandonaron. Las mujeres querían estar pálidas y se vestían con faldas de gran tamaño. Las más pobres empezaban a trabajar, por lo que utilizan peinados prácticos, sobre todo moños. Mientras tanto, la emperatriz Sissí (1837-1898) incluía entre sus recetas de belleza una máscara facial con carne cruda de ternera, sales de baños y pastas dentífricas. Sissí mantuvo su peso entre 45 y 47 kilos pese a medir 1,75 metros.

Siglo XX. El ideal de belleza era determinado, en gran parte, por las pautas que marcaba el cine y la búsqueda de libertades femeninas que abanderaron nombres como Coco Chanel. Los ojos oscuros y la mirada intensa de Rodolfo Valentino sedujeron a cientos de mujeres durante los años 20. Greta Garbo, Mae West o Rita Hayworth marcaron las sucesivas tendencias entre las mujeres. En los 50, las curvas de Marilyn Monroe o Sofía Loren fueron el modelo a seguir. De la palidez de piel se pasó al eterno bronceado. En los 70, la modelo Twiggy puso de moda las mujeres sin caderas. En los 80, fueron "top models" como Claudia Schiffer, Naomi Campbell o Elle MacPherson quienes marcaron las pautas de belleza. Ya en las década de los 90, la delgadez extrema llegó de la mano de Kate Moss.

Siglo XXI. ¿Qué parámetros definen la belleza en este periodo? Se habla de los "metrosexuales", hombres que se cuidan la piel, usan cremas y se tiñen el pelo. David Beckham, George Clooney o Brad Pitt son algunos de los prototipos de guapos oficiales. En cuanto a ellas, mujeres estilizadas como Uma Thurman o "lolitas" como las rusas María Sharapova o Anna Kournikova encarnan algunos de los ideales de mujeres más bellas.
Lo dice el profesor de la Universidad de Colorado Paul Campos, autor de un polémico libro que pone en cuarentena estudios y creencias
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