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Obesidad: un argumento a favor de las empresas

El tema obesidad se convirtió en una caza de brujas, dice Mallen Baker. Somos una sociedad adicta a la culpa que siempre debe encontrar responsables. Las empresas, en todo caso, tienen sólo una parte de la responsabilidad en este problema social

Durante los últimos dos años hubo en Estados Unidos y Europa una verdadera cruzada contra la obesidad. Y los villanos de esa película eran las empresas fabricantes de alimentos. Políticos y periodistas se rasgaban las vestiduras en santa indignación contra las "culpables". Lo que ocurrió, en ese período, fue un cambio de actitud. La gente, tomó de pronto conciencia de un problema que aumentaba en países desarrollados y en desarrollo -- la obesidad en niños y adultos - y comenzó a objetar la calidad de algunos alimentos y la forma en que se venden.

Pero en 2003 y 2004 asistimos a una verdadera histeria, dice Mallen Baker en "Business Respect", una publicación británica especializada en responsabilidad social de las empresas. Según él, políticos y periodistas difamaron a las empresas "por obligarnos a comer comida chatarra". Cita como ejemplo al columnista del "Observer", Simon Caulkin, cuando escribe: "¿Por qué los ejecutivos (de esas empresas), quienes supuestamente no pegan a sus esposas y quieren lo mejor para sus propios hijos, se ufanan de idear campañas de marketing viral para persuadir a los niños de otra gente que cargoseen a sus padres para que les compren alimentos que los van a engordar? ¿Por qué hacen lobby contra regulaciones que los obligaría a aceptar la responsabilidad que les cabe? ¿Por qué, empresas e individuos, se avienen a malograr el bienestar general, haciendo cosas en su negocio que nunca se permitirían en su vida privada?"

Un informe redactado sobre este tema por una comisión parlamentaria, usó el delicado tema de la muerte de un bebé súper-obeso, supuestamente por descuido de sus padres. El tema ocupó los titulares de los diarios, pero era falso. El niño (3 años) no murió por gordo, tenía una enfermedad y los padres no eran responsables, pero sufrieron el escarnio público. Para las empresas de alimentos, que las acusen de ocasionar muertes es grave, al menos tan grave como la culpa depositada en los vendedores de tabaco, armas o pornografía.

¿De dónde viene toda esta furia repentina? En la última década se perfilaron dos tendencias que cambiaron cosas en la sociedad. La primera fue que los niños, en lugar de dedicar su tiempo a los deportes o a juegos en exteriores como hacían antes, comenzaron a llevar una vida cada vez más sedentaria. En eso, gran responsabilidad tuvieron la televisión y la computación con los juegos.

La segunda tendencia fue, por un lado, la desaparición paulatina de la costumbre de la reunión familiar a la hora de las comidas, y por el otro, el aumento de las salidas a comer y la aparición de lugares donde el trámite de comer llevaba poco tiempo. Porque vivimos en una sociedad obsesionada con las recetas de cocina (en libros y en televisión) pero que cada vez cocina menos.

Y entonces, la culpa de la obesidad hay que ponerla en algún lado. Es un verdadero problema que los niños no hagan ejercicio. Todos tendríamos que sugerir un cambio en este sentido. Los padres deberían limitarles el tiempo con la computadora, o con el televisor y hacer de los programas de actividades físicas un plan para compartir en familia. Las escuelas deberían asegurarse de que las actividades deportivas sean una parte esencial del programa de estudios. Hasta las compañías de alimentos podrían ayudar, fomentando adecuadamente estilos de vida, tal vez fomentando la compra de equipos deportivos para escuelas.

En realidad, eso es exactamente lo que hizo Cadbury, la empresa de chocolates. Organizó una campaña de marketing donde alentaba la compra de equipos deportivos para escuelas. Era una campaña similar a la de muchas otras empresas y nunca eso le pareció mal a nadie.

De pronto cambió el viento. Después del informe parlamentario en Inglaterra, Cadbury, una empresa hasta entonces digna del mayor de los respetos pasó a convertirse en paria de la sociedad, sólo por promocionar el consumo de chocolate, un producto que gusta a casi la totalidad de la humanidad.
En lugar de considerar inaceptables determinadas publicidades para los niños, tal vez sería mejor - opina el columnista - educarlos desde temprano para que entiendan lo que es un aviso publicitario y lo miren con sentido crítico: una habilidad que les va a resultar útil para el resto de la vida. Hace diez años a nadie le parecía una barbaridad que un padre o una madre pegara un cachetón a su propio hijo y hoy en algunos países hasta es ilegal. Los tiempos cambian, y más allá de que los cambios nos parezcan bien o mal, debemos adaptarnos.

Pero atacar retrospectivamente no le hace bien a nadie. Las empresas de alimentos viven de dar a la gente lo que la gente quiere, y su creatividad e innovación siempre ha sido un aliado poderoso en la búsqueda de soluciones que luego se instalan. ¿Cómo hacemos para convencer a la gente de la conveniencia de cambiar? No se puede sacar una ley para que alguien deje de comerse dos hamburguesas por día. Por ese camino vamos mal. Hace falta involucrar a todas las partes interesadas. Lo que sí pueden hacer las empresas es presentar otras opciones que puedan ser tomadas como parte de la solución. Y en eso están.

Pero es difícil lograr la participación positiva de esas empresas si lo que se hace es sugerir, como dijo textualmente Culkin, que "malogran el bienestar general haciendo cosas en su negocio que nunca se permitirían en su vida privada". No hay forma de demostrar que eso sea verdad.

En cuanto al camino de las soluciones, la cadena británica de supermercados Tesco anunció que adoptaría una nueva manera de etiquetar los productos, usando el sistema de los semáforos: rojo para indicar alimentos peligrosos, amarillo para dudosos y verde para seguros. Es un buen ejemplo de lo que tal vez habría que hacer, o sea encontrar nuevas y simples maneras de informar a la gente sobre lo que compra. Pero la decisión final queda siempre en manos de los consumidores. El problema de la obesidad no se resuelve sin tomar en consideración la responsabilidad personal del individuo sobre su propia vida. Cuanto antes se dé cuenta de esto la gente, y busque a alguien para que ayude en lugar de alguien a quien culpar, mejor será para todos.

Esto no quiere decir, por supuesto, que no haya una agenda responsable para las empresas. Sí tienen responsabilidades sobre los ingredientes que utilizan en sus productos, que deben reflejar nuevas demandas. Pero como recién ahora se les exigen estas cosas, no es para arrojarles todo el peso de la santa indignación porque apenas implementan algunas cosas. Y si aparecen nuevas reglas para la publicidad a niños, será mejor que se decidan de una vez para que todos sepan a qué atenerse.
Es hora de que sobre este tema se haga un debate serio sobre las soluciones. En él deberían participar grupos políticos, grupos de consumidores, las emprsas productoras, fabricantes de videojuegos, canales de televisión y publicitarios. También los padres. O de lo contrario se convertirá en paria a la industria alimentaria.

El tema obesidad se convirtió en una caza de brujas, dice Mallen Baker. Somos una sociedad adicta a la culpa que siempre debe encontrar responsables. Las empresas, en todo caso, tienen sólo una parte de la responsabilidad en este problema social
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