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Insoportable levedad

Lo “saludable“ se vende en tetra-pack y se oferta en las pantallas a través de artistas famosos convertidos en predicadores de la palabra sanadora de todos los males

Vivimos en un mundo marcado por una terminología que dicta -desde el inefable discurso de la mercadotecnia y la propaganda política- lo que debemos hacer para alcanzar la felicidad. La sociedad de consumo y de la comunicación ensalza la aspiración de ser feliz como un estado ideal de bienestar, y de paso fundamenta el individualismo como la voluntad irreprimible de convertir a cada uno de nosotros en el centro del mundo.

Uno de esos términos nuevos es precisamente el que tiene que ver con el cuidado de sí mismo, de nuestro cuerpo y de nuestra salud: lo light. Así surge la versión “ligera” de los productos de consumo con la sugerente oferta de ser bajos en calorías y ser más saludables que cualquier otro producto. Es la nueva estrategia de los dioses de la moda social: entre dietéticos e integrales, somos lo que consumimos. La fuerza de lo light es irreprimible, inunda todo, más allá de los supermercados y la publicidad: prácticamente todos los temas de nuestra vida están marcados por esta categoría que nos sugiere al oído que podemos ser felices sintiéndonos bien por fuera, en forma y sin fondo.

Porque para que valga por lo que se vende, esta nueva asignación basa su oferta en la omisión de cargas sustanciales: cigarro sin nicotina, café sin cafeína y azúcar sin azúcar, pero también música sin música, filosofía sin ideas, juegos sin diversión, en fin, conocimiento sin profundidad. Es así como se aligeran nuestras culpas en la realidad virtual del siglo XXI.

En este contexto, no asusta tanto que el plástico sea el material light por excelencia, ni que el best seller sea santificado como la literatura popular que más vende, ni aun que el eufemismo se erija entre nosotros como la figura retórica light por antonomasia (de hecho, la retórica es el estilo fundacional del discurso light); lo que mueve a la preocupación es que los productos light se nos ofrecen no sólo como sustitutos del azúcar o reductores de grasas, sino también como sustitutos de los problemas reales que tenemos que resolver. En su incesante búsqueda de felicidad, el ser humano ha encontrado en lo light el placebo ideal para su existencia: la nueva pastilla mágica para curarse de la cruda realidad.

A saber, tenemos medicina light basada en la levedad y la liviandad; psicología light para ahorrar terapias y alcanzar el éxito al mismo tiempo; filosofía light para desexplicar lo ya explicado o para evitar fatigas con lo que se intenta explicar; y también economía light, política light, religión light y hasta información light, todo empaquetado, deglutido, domesticado, frivolizado y banalizado para que nuestra cultura del menor esfuerzo siga propagándose como un manto divino para elevarnos a alturas espirituales insospechadas. Puestos a elegir sin límite alguno, de un modo u otro diariamente consumimos este tipo de milagros en el supermercado global. Iniciamos dietas con una vocación suicida, y las enumeramos como una especie de recetario de prozac con adelgazamiento garantizado. Lo “saludable“ se vende en tetra-pack y se oferta en las pantallas a través de artistas famosos convertidos en predicadores de la palabra sanadora de todos los males. Las nuevas oraciones para salvar nuestras almas también se leen en vallas y espectaculares donde la publicidad reina con su promesa falaz de hacernos felices y bellos en un santiamén.

Si el valor energético de la comida light promete quitarnos kilos para hacer de nuestro cuerpo una figura de ensueño, en sus otras presentaciones lo light reduce el valor estimativo de lo palpable, de lo realmente existente -nosotros mismos- y, sobre todo, inhibe con su ligereza nuestra posibilidad de comunicarnos mejor. En términos de comprensión, el principal problema de esta fiebre light radica en que los eufemismos acaparan la conceptualización y el razonamiento de nuestra problemática existencial. Primero levito, luego pienso, y acaso luego existo. Esta plaga invade como un virus los ámbitos de nuestra cotidianidad y, silenciosamente, pone a temblar el sostén cultural de la sociedad. Digamos, por poner un ejemplo, que uno de esos ámbitos de afectación incluye al idioma mismo, a la palabra, y más aún a su extensión afectiva que son las caricias y los abrazos. Embriagados por ese alimento que satisface el vacío de nuestros deseos, y anonadados por el estruendo cool de consumir cualquier cosa de manera rápida, poca atención ponemos en que cada vez más frecuentemente reducimos la cantidad de calorías y proteínas en nuestros hábitos de hablar y besar, de conversar y sentir, de abrazar y cobijar nuestras afinidades y deseos. Lo light acosa a las palabras y amenaza con contaminar los recovecos sentimentales de nuestras relaciones diarias. Así las cosas, esperemos que el “mal“ hábito de engordar los sentimientos y las emociones no pase de moda. Esperemos que las palabras de aliento nunca adelgacen, ni que la amistad ni la fraternidad se conviertan en un kilo de sobra que hay que echar abajo. Dejemos al menos que la moderación y el buen juicio impere para recobrar un poco de esencia espiritual e intelectual, antes que lo light con su insoportable levedad nos condene a navegar por el aire y, como globos, antes de alcanzar altura terminemos por explotar y desaparecer.
Lo “saludable“ se vende en tetra-pack y se oferta en las pantallas a través de artistas famosos convertidos en predicadores de la palabra sanadora de todos los males
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