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El sobrepeso va a la escuela

Los alimentos que se expenden en las cantinas y colegios serán regulados en los EEUU

Los alumnos nuevos son recibidos con una gran celebración en la Escuela Secundaria Walt Whitman en Bethesda, estado norteamericano de Maryland, en su primer día de clases.

La escuela, con alrededor de dos mil estudiantes y una excelente reputación educativa, da la bienvenida a los alumnos con una "pizza party". Y en la cantina encontrarán además su comida favorita: patatas fritas, hamburguesas y alitas de pollo.


También pueden adquirir chocolate, papas fritas y gaseosas en los quioscos y en las máquinas expendedoras. Lo único prohibido es la Coca Cola, porque "pone muy nerviosos a los alumnos", según la administración.

A pesar de que la obesidad está siendo combatida con campañas nacionales, la mayoría de las escuelas estadounidenses siguen ofreciendo los populares alimentos ricos en calorías.

Además, las cadenas de "fast food" como McDonald's o Pizza Hut muchas veces tienen sedes en o cerca de las escuelas, donde la mayoría de los niños pasan sus tardes.

Las cantinas ofrecen ensaladas, yogur y jugos de fruta, además de los alimentos "engordantes", pero la comida rápida es la que predomina.


"Estamos matando a nuestros niños con esta alimentación", afirma la comisionada del Departamento Texano de Agricultura, Susan Combs, pionera en Estados Unidos en la lucha a favor de la comida sana en las escuelas.

En las escuelas texanas, por ejemplo, no está permitido ni siquiera traer "brownies" hechos en casa.

Pero eso no es lo típico de Estados Unidos. Desde 1970, la cantidad de niños con sobrepeso se duplicó o incluso se triplicó, según un estudio del Instituto de Medicina, encargado por el Congreso.

Unos nueve millones de niños estadounidenses en edad escolar tienen sobrepeso, es decir, quince por ciento. Otros estudios aseguran que la cifra asciende incluso hasta cuarenta por ciento.

"La expansión epidémica de la obesidad entre los niños está avanzando más rápido de lo que se creía", comenta el director del independiente Centro de Salud de Arkansas, Joe Thompson.

Al mismo tiempo, cada vez se practican menos deportes en las canchas de las escuelas. Más de 40% de los escolares no tienen clases deportivas, según la revista Time. Sólo seis por ciento tiene actividades deportivas todos los días.


Parte del problema parece ser la creciente presión sobre los niños. "Hay un claro cambio de cultura. Desde una edad temprana se exigen logros y habilidades académicas.

Las actividades sencillas de los niños son excluidas", manifestó Rhonda Clements, presidenta de la Sociedad para el Derecho de los Niños a Jugar.

La generación más joven tiene cada vez más estrés y "llenarse de golosinas es una de las respuestas", agrega.

La realidad en las escuelas estadounidenses es muchas veces diferente a la del Mi nisterio de Salud.

Hay reglas básicas para las cantinas escolares, pero la mayoría de las escuelas apenas puede calentar la comida. Muchas veces el presupuesto es de menos de un dólar por alumno.


Sin embargo, "la guerra contra la obesidad ya comenzó", afirma Combs. En veintiuno de los cincuenta estados norteamericanos se aprobaron leyes que restringen la instalación de máquinas expendedoras de bebidas y golosinas en las escuelas.

Campañas públicas y nuevas ideas para las cantinas, como las implantadas en California, Nueva York o Washington, apuntan a llevar a los menores a una dieta más sana.

En Arkansas, los niños son pesados cada año y sus padres informados de los resultados.

Minneápolis apuesta por un principio más capitalista: el agua mineral y las barritas de cereales son baratos, mientras que las gaseoas o el chocolate son caros.


"El dinero es un gran motivador", sostiene la profesora Simone French, de la Universidad de Minnesota.

Hace poco se creó una amplia alianza de políticos con el fin de combatir la obesidad infantil, que incluye al ex presidente Bill Clinton y al gobernador de California, Arnold Schwarzenegger.

Pero no se debe subestimar a la oposición. La industria de la alimentación y las cadenas de comida rápida invierten más de 10.000 millones de dólares en publicidad dirigida a los niños cada año, según el Instituto de Medicina.


Además, los directores de las escuelas están interesados en las máquinas expendedoras de dulces y refrescos porque las licencias ayudan a aumentar los bajos presupuestos para bibliotecas, viajes y programas culturales.

Y, por si esto fuera poco, muchos educadores se oponen a "una política de nutrición" en las escuelas.

El documental Superengórdame, producido por el director Morgan Spurlock, puso en envidencia las consecuencias del "fast food", pero apenas fue una batalla de lo que promete ser una larga guerra.

Los alimentos que se expenden en las cantinas y colegios serán regulados en los EEUU
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