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¿Libres para elegir la obesidad?

La historia de las intervenciones del Gobierno en nombre de la salud pública, desde la construcción de sistemas de alcantarillado hasta la campaña contra el tabaquismo, está llena de éxitos que mejoran la vida

Un modelo evidente para quienes esperan revertir la obesidad en Estados Unidos es la campaña contra el tabaquismo. Antes de que la Dirección General de Salud Pública condenara oficialmente el tabaquismo en 1964, el incremento en el consumo de cigarrillos parecía una tendencia imparable; desde entonces, el consumo per cápita ha caído en más del 50%.

Sin embargo, podría resultar difícil igualar ese éxito cuando se trata de la obesidad. No estoy hablando de la dificultad inherente a la tarea: es posible que sea más difícil hacer que la gente consuma menos calorías y/o haga más ejercicio que hacer que deje de fumar, pero no lo sabremos mientras no lo intentemos. Estoy hablando, más bien, de cómo han cambiado los vientos políticos.

Los activistas de salud pública tuvieron éxito en hacerse cargo del tabaquismo en parte porque en ese momento las corporaciones no sabían cómo jugar el juego de la opinión pública. De conformidad con los estándares actuales, la ineptitud política de la industria tabacalera inspiraba sobrecogimiento. En una famosa entrevista en Face the Nation de CBS News en 1971, el presidente de Philip Morris, al ser confrontado con evidencia de que los bebés de madres fumadoras tienen peso bajo al nacer, contestó: “Algunas mujeres prefieren tener bebés más pequeños”.

La industria alimentaria de hoy nunca cometería ese tipo de error. En público, las compañías de la industria se proclaman a sí mismas como los buenos, comprometidas con una alimentación más sana. Entre tanto, contratan por fuera campañas contra investigadores médicos, así como la divulgación de propaganda rudimentaria antiantiobesidad con grupos de defensoría financiados por la industria, como el Centro para la Libertad del Consumidor.

En forma más generalizada, el panorama ideológico ha cambiado drásticamente desde los años de 1960. (Este cambio en el panorama también tiene mucho que ver con el financiamiento corporativo de los grupos de defensoría, pero ese es un cuento para otro artículo). En la actualidad en Estados Unidos, las propuestas para hacer algo respecto a los crecientes índices de obesidad deben contender con un público predispuesto a creer que el mercado siempre está en lo cierto y que el Gobierno siempre mete la pata.

Se pueden ver estas predisposiciones en acción en un artículo publicado el mes pasado en Amber Waves, una revista del Departamento de Agricultura. El artículo se titula ‘Obesity Policy and the Law of Unintended Consequences’ (‘La política sobre la obesidad y la ley de consecuencias no planeadas’), en el que se sugiere que es probable que los esfuerzos gubernamentales para combatir la obesidad sean contraproducentes. Sin embargo, en realidad, los autores no proporcionan ningún ejemplo sobre cómo podría suceder eso.

Y los autores sugieren, sin realmente afirmarlo, que debido a que la gente elige con libertad la obesidad en un mercado libre, debe ser algo bueno.

“Es posible que el hecho de que los estadounidenses suban de peso con rapidez no tenga nada que ver con una falla en el mercado”, se dice en el artículo. “Podría ser una respuesta lógica a la tecnología y precios cambiantes. Si los consumidores voluntariamente truecan la adiposidad excesiva por el trabajo en interiores y pasar menos tiempo en la cocina, así como por problemas de salud razonables que estén relacionados con el peso, entonces los mercados no están fallando”.

Pero hay situaciones en las cuales es totalmente equivocada la frase “libre para escoger”, y esta es una de ellas.

Por ejemplo, el incremento más rápido en la obesidad no se está produciendo entre adultos, que quizás podrían entender las consecuencias de sus decisiones. Está sucediendo entre niños y adolescentes.

E incluso si los niños no formaran una gran parte del problema, solo un ideólogo ciego o un economista ciego podría argumentar con toda seriedad que los estadounidenses han decidido racionalmente volverse obesos. El análisis económico más reciente y ampliamente citado sobre la obesidad, un ensayo de 2003 por David Cutler, Edward Glaeser y Jesse Shapiro de la Universidad de Harvard, declara que “es casi seguro que al menos parte del consumo de comida no sea racional”. Prosigue presentando evidencia de que incluso los adultos tienen claros problemas con el autocontrol.

Pero, sobre todo, necesitamos hacer a un lado nuestros prejuicios antigubernamentales y darnos cuenta que la historia de las intervenciones del Gobierno en nombre de la salud pública, desde la construcción de sistemas de alcantarillado hasta la campaña contra el tabaquismo, está llena de éxitos constantes que mejoran la vida.

La obesidad es el problema de salud que aumenta con más rapidez en Estados Unidos; hagamos algo al respecto.
La historia de las intervenciones del Gobierno en nombre de la salud pública, desde la construcción de sistemas de alcantarillado hasta la campaña contra el tabaquismo, está llena de éxitos que mejoran la vida
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