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Pensemos en que la obesidad va en aumento

Cuando revisamos las estadísticas, nos damos cuenta de que la obesidad va a pasos galopantes, y así, de cada diez niños, seis están sobre su peso normal relacionado con la ingesta exagerada de alimentos ricos en azúcares y grasas, con valores elevados de lípidos en su sangre.

Los padres debieran educar a sus hijos en la forma y manera de comer desde su nacimiento, respetando la libertad del niño a alimentarse del seno de la madre.

Recordemos que la obesidad por defunción endocrina es extraordinariamente rara, y la llamada "obesidad familiar" es esencialmente de origen ambiental y no hereditario. La causa primordial está en la ingesta de un exceso de calorías. La obesidad la iniciamos desde la niñez, cuando nos sentimos vanidosos de mostrar a nuestro hijo como un "paquete de grasas" y no como un ser humano bien nutrido. Los que han sido obesos desde niños tienen de tres a cinco veces más adipositos (células adiposas), cuya cantidad normal se estima en unos treinta millones. Estudios realizados recientemente indican que las "células adiposas" se generan durante la última parte de la vida fetal, primer año de vida y comienzos de la adolescencia.

Es durante ese primer año de vida cuando educamos al niño para hacerlo obeso, y sólo los padres nos responsabilizamos de esta situación. Pareciera que nuestra tarea es competir al comparar a nuestro hijo con los demás, y nos sentimos tristes cuando no lo podemos exhibir con el orgullo paterno y la vanidad de madre. Nos dejamos llevar por las recomendaciones de otras madres prejuiciadas, a lecturas de revistas comerciales o a cuñas radiales y televisadas para vendernos sus productos; poco caso hacemos al médico que lo controla mensualmente y poco caso hacemos a las recomendaciones que nos dan los centros materno-infantiles. Un niño bien nutrido no es un niño obeso. Cuando a un niño lo hacemos obeso porque lo educamos con esa finalidad, le resulta difícil adelgazar cuando llega a su vida adulta. Debemos tener muy presente que durante el adelgazamiento los "adipositos" disminuyen de tamaño, pero no en cantidad. Es como si tuviéramos unas cien bombas llenas de aire en un recipiente (obeso) y les sacáramos el aire a estas bombas (adelgazamiento). ¿Han disminuido en su número? No, sólo ha sido en su contenido, pero siguen dispuestas a llenarse en cualquier momento en que les demos la oportunidad. Así, si a un niño obeso lo adelgazamos, no disminuimos el número de sus adipositos, sólo los desinflamos y éstos pueden volver a llenarse, especialmente en la niñez y comienzos de la adolescencia.

Por eso nuestra exigencia de una buena educación desde los primeros meses del nacimiento, cuando la madre satisface las necesidades del niño dando su leche materna. Esta práctica, hoy un tanto olvidada, lleva a dar alimentación con biberones, a los que agregamos complementos azucarados y con el deseo de competir con el hijo de la amiga o la comadre, o "para que no digan que por pasar mucho tiempo en la calle no alimento a mi hijo". Con el agregado de complementos azucarados y harinas a los biberones estamos multiplicando los adipositos y llenándolos de grasas; en otras palabras, lo estamos haciendo un obeso. El médico pediatra tratante debiera ser la persona autorizada para educar en este sentido. Es sabido que muchas madres cambian a su médico por la simple razón de que "el doctor Fulano, que lo ha estado viendo desde su nacimiento, siempre le dice que está de lo mejor" y ella lo compara con el de su hermana, que nacieron el mismo día y le parece que ese doctor que ve al niño de su hermana "es el que sabe". Seguimos repitiendo que la educación en materia de alimentación debe comenzar en el hogar, prolongarse en la vigilancia escolar y continuarse en todos y cada uno de los actos sociales a los cuales asistimos.

¿Cómo debemos luchar contra la obesidad? La respuesta es elemental y sencilla: educándonos. Y repetimos que ésta debe comenzar durante el embarazo, tratando la madre de no aumentar más de un kilo 200 gramos para lograr un recién nacido de unos dos kg 500 gramos, o sea, de peso satisfactorio, y no traer al mundo niños de más de cuatro kilos, que se han llamado gigantes con pies de arcilla. Estos recién nacidos en sobrepeso deben ser muy vigilados, en especial si tienen antecedentes diabéticos en su familia. Educarse no es cosa fácil, pero tampoco es imposible.

El comer puede constituirse en una adicción que puede resultar difícil de erradicar, y por ello es nuestra orientación de educar desde la niñez, porque, cuando llegamos obesos a la adultez, los adipositos sufren transformaciones y llegan a constituirse en glándulas endocrinas que dan esos abdómenes redonditos y que en ocasiones se los atribuimos a la ingesta diaria de cerveza bien heladita. Necesitamos educar la voluntad, y esa educación comenzarla en edades tempranas de la vida, ya que sin voluntad somos incapaces de llevar una vida controlada y a satisfacción. No olvidemos que el único animal que come sin tener hambre y bebe sin tener sed es el hombre.
Cuando revisamos las estadísticas, nos damos cuenta de que la obesidad va a pasos galopantes, y así, de cada diez niños, seis están sobre su peso normal relacionado con la ingesta exagerada de alimentos ricos en azúcares y grasas, con valores elevados de lípidos en su sangre.
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