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Nuevos desórdenes alimentarios: esa peligrosa obsesión

Impulsadas por el propósito de llevar una vida más sana, cada vez son más las personas que terminan obsesionadas por comer únicamente “lo correcto”.

La mayoría, mujeres de buen nivel económico, jóvenes, y víctimas del cambio constante en los mensajes acerca de los beneficios nutricionales de los alimentos, de la búsqueda de la belleza y del sueño de la eterna juventud

Mariana es analista de sistemas, tiene 42 años y una figura envidiable. "Cuando cumplí cuarenta decidí cambiar mi estilo de vida. Ahora voy al gimnasio todos los días, llueva o truene; dejé de comer carne, enlatados, alcohol, comida chatarra y todas esas porquerías que me estaban envenenando. Enseguida me sentí mejor, parezco más joven y por nada del mundo volvería a lo de antes. Soy muy estricta porque, si no, no resulta, aunque a veces me trae problemas. El domingo pasado invité a dos amigas a pasar el día en el club y a la hora del almuerzo ellas propusieron ir al buffet. Yo ni loca como ahí: me había traído mi vianda de casa con cosas que me hacen bien. Prefiero comer sola lo que me hace bien a destruirme en compañía. No quiero adelgazar ni siento que tenga ninguna enfermedad. Todo lo contrario: yo respeto mi cuerpo, por eso lo cuido. Si los demás no lo entienden, cosa de ellos."

Desde el comienzo, el tema es complejo: se trata, ni más ni menos, de afirmar que llevar una vida saludable puede ser perjudicial para la salud. En eso consiste precisamente la ortorexia (del griego, comer lo correcto), nombre que en 1998 el doctor Steve Bratman utilizó para definir la preocupación extrema de las personas por comer lo más sano posible.

Así como en los noventa tener un trastorno alimentario era cuestión de cantidad, en esta década empieza a ser una cuestión de calidad. Según los expertos, la ortorexia afectaría al 25% de la población (la anorexia y la bulimia afectan al 5%), pero todavía no cuenta con el reconocimiento oficial de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

"Lo que al principio es un beneficioso cuidado de la salud, se va convirtiendo en una obsesión perjudicial por la calidad de la comida, que puede manifestarse en distintas conductas", explica la doctora Ana Jufe, asesora del equipo de Nutrición y Trastornos de la Conducta Alimentaria del Programa de Adolescencia del Hospital de Clínicas.

Así, algunos excluyen de su menú cierta categoría de alimentos –carne, lácteos, azúcar, grasas– sin reemplazarla correctamente, y se guían por patrones alimentarios que establecen cómo y cuándo comer ("sólo en casa"; "nunca en restaurantes"; "jamás en rotiserías"; "siempre a las nueve"). Si comen afuera, reiteran obsesivamente el menú, tienen aversión por las comidas elaboradas, eligen productos orgánicos libres de herbicidas, edulcorantes, conservantes, colorantes; tampoco los aceptan si están modificados genéticamente; otros consumen sólo vegetales y frutas crudas; son "analistas especializados" en leer etiquetas nutricionales de los productos que compran; se preocupan por el método de preparación de la comida y los recipientes en los que cocinan (habitualmente de madera o cerámica). Dedican cada vez más tiempo a la organización de sus comidas, se hacen purgas periódicamente para "purificarse", jamás beben agua de la canilla: el agua mineral embotellada es el accesorio básico del ortoréxico.

La lista de prohibiciones y exigencias puede ser infinita, y en la mayoría de los casos varios de estos comportamientos se dan en forma simultánea. El trastorno afecta más a las mujeres y es habitual en personas con características de personalidad poco flexible y muy autoexigente.

Los perjuicios de lo sano

Los nuevos desórdenes alimentarios son casi tan dañinos como los clásicos. Aunque a simple vista no lo parezca, pueden provocar carencias nutricionales, anemia, osteoporosis, hipertensión o hipotensión, trastornos metabólicos y de peso corporal, desajustes hormonales y estrés. En las mujeres, se comprobó que aquellas que controlan su alimentación en forma obsesiva, en el largo plazo tienen niveles de hormonas de estrés más altos y mayores disturbios ovulatorios durante sus ciclos menstruales. Psicológicamente, estos desórdenes acarrean una imitación social en otras áreas de la vida, provocan culpa cuando se los transgrede y depresión cuando no se obtienen los exagerados resultados esperados.

¿Elección o enfermedad?

Cuando tenía 16 años, Paola (hoy 33, casada, una beba) se presentó en la escuela de modelos de María Fernanda Cartier con la ilusión de modelar. "Yo no estaba gorda, pero ella me dijo que con mi cuerpo no iba a llegar a ningún lado. Dejé de comer carne, grasas; buscaba la sanidad, ser limpia. Las cosas sanas son para mí un modo de purificación. Cuando me quise acordar, casi me había convertido en bulímica."

Diecisiete años después, no ha logrado abandonar su "filosofía alimentaria".

"Un alimento elaborado no tiene espíritu. Para mí, lo sano es sinónimo de legumbres, cereales, comidas sin elaboración. Yo me hago la masa de los ñoquis, la de las tartas, mis panes sin sabor; los demás dicen que es asqueroso… Yo no sé si es rico o feo, me olvidé de los gustos que necesita una persona para sentir placer. Me gratifica sentir que estoy comiendo lo que debo, pero a veces tanta obligación termina siendo insana, porque si no hay eso, me restrinjo. Me cuesta disfrutar una pizza, salvo que yo haga la masa, sin aceite; la de la pizzería de la vuelta no la como. Cuando salgo pido siempre lo mismo: puré de calabaza con milanesita de soja y, si me animo, incursiono en el atún. Compro los alimentos en una dietética. También voy a una granja en Derqui, donde hacen una terapia zen que purifica los alimentos, elaborados con una materia prima un grado más pura que la orgánica. Durante el embarazo, era la única comida que toleraba. Mi hija nació por milagro, porque yo estaba muy anémica, pero trato de alimentarla según me dice el pediatra. Mi marido es todo sabor, parrilla; es una persona feliz. A veces me gustaría comer lo que ellos comen. Y ahí me doy cuenta de que tengo una obsesión."

Efectivamente, es difícil determinar en qué momento estos estilos saludables se transforman en una obsesión.

Al respecto, la licenciada María Teresa Panzitta, psicóloga del servicio de Psicopatología y Trastornos Alimentarios del Hospital Durand, opina que "una persona puede tener una preferencia gustativa por lo biológico porque conoce los perjuicios de los contaminantes, por ejemplo, pero si puede optar por una comida diferente en determinadas situaciones, no se puede hablar de patología. Es una elección. Ahora, si voy a un lugar donde no hay eso y no como, si es eso o nada, o si cuando como algo distinto establezco una ansiedad persecutoria, entonces sí, ya hay una patología."

Aunque muchas de estas estrategias nutricionales resultan perjudiciales cuando se abusa de ellas, como la mayoría las consideran conductas "positivas" el trastorno es muy difícil de ser detectado, incluso por quienes lo padecen.

Según algunos expertos, el bombardeo de publicidad sobre alimentos "buenos" y "malos", productos light, bio, diet, que hace unos años no se conocían y ahora forman parte indispensable de nuestras vidas, estarían provocando una relación cada vez más neurótica con la alimentación.

"De algún modo creo que la misma nutrición ha perturbado la relación natural de las personas con el alimento –reconoce Panzitta–. Los dietantes crónicos no inventaron las dietas. Si la ciencia avala algo, la gente común no puede cuestionarlo y sigue lo que le indican."

Al respecto, la doctora Mabel Carrera, presidenta de la Sociedad Argentina de Nutrición, cree que "hay un gran avance en la cultura alimentaria de las personas, que están atentas al mensaje de la ciencia. Y me parece muy bien –señala–. Que la ciencia sostenga algo hoy y mañana lo cambie es el resultado de sus constantes avances. ¿Quién iba a decir hace diez años que la manteca era más saludable que la margarina, si todavía no se conocían los ácidos trans? Los que sí generan confusión son algunos «pseudoespecialistas», y también ciertos productores de alimentos que son reacios a colocar en las etiquetas la información correcta y clara que nosotros, desde el lugar de la ciencia, estamos exigiendo."

"Históricamente, el lugar que cada sociedad le dio a la comida fue cambiando, al igual que los cánones de belleza. En los tiempos que corren, lo socialmente enaltecido como bello es el ser humano que "puede unir en un solo modelo la delgadez y la juventud, en un marco de cierta austeridad derivada de la cultura diet, que privilegia el control por sobre el placer", dice la licenciada Panzitta.

Tal vez por eso sea difícil encontrar ortoréxicas entre las adolescentes. "Es un trastorno típico de las adultas jóvenes –aporta la doctora Jufe, del Clínicas–. Son las más angustiadas por el paso del tiempo. Además, se relaciona con el boom de la nutrición y la medicina antiage: se comen ciertos productos para no enfermarse, para lucir joven. Por eso es que comer sano da esa sensación de control, de sentir que se está venciendo la muerte."

A pesar de la creciente popularidad del concepto, hay pocos tratamientos para la ortorexia. Tal vez la mejor recomendación sea dejarse llevar por el sentido común: comer rico y variado. Sin ir más lejos, el propio Bratman se curó de su obsesión por la comida natural con la ayuda de un monje benedictino que le ayudó a ver el lado positivo de la comida china… ¡y de los helados!

Impulsadas por el propósito de llevar una vida más sana, cada vez son más las personas que terminan obsesionadas por comer únicamente “lo correcto”.
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