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La obesidad no es tan mala para la salud

Polémico estudio científico denuncia intereses farmacéuticos en la obsesión por estar delgados

El juicio contra la obesidad procede de la presunción de que si un obeso adelgaza, adquirirá las características de salud de un individuo delgado. Aunque dicha presunción podría parecer de sentido común, es, sin embargo, bastante dudosa. Si una persona psicológicamente inclinada a ser obesa pierde peso, adelgazar no la transforma hasta convertirla en un individuo psicológicamente inclinado a ser delgado.

 Para poder entender las implicaciones que comporta esta distinción hay que tener en cuenta que los hombres calvos mueren, como promedio, antes que los hirsutos, quizá porque tienen niveles de testosterona más elevados, lo que implica una menor esperanza de vida. En base a lo anterior, seguramente no habría nadie capaz de llegar a la peregrina conclusión de que la implantación de pelo a un hombre calvo mejoraría sus perspectivas de disfrutar de una vida más larga.

 Nadie, hasta la fecha, ha sido capaz de llevar a cabo, con éxito, ningún estudio relativo a los efectos a largo plazo de la pérdida de peso, y ello se debe a una simple razón: nadie sabe cómo una persona obesa se transforma en una persona delgada.

Dietas que matan
 
En la actualidad, están a dieta muchos más estadounidenses que nunca, tantos que el porcentaje de los mismos triplica los de toda la generación pasada. ¿Y cuál es el resultado? Que pesan un promedio de unos siete kilos más que hace 20 años. Decenas de millones de estadounidenses están intentando -con una mayor o menor constancia- perder entre 10 y 15 kilos (12,5 kilos es la cifra promedio que se cita en los informes que existen sobre las personas a dieta). Y si alguien les preguntara por qué lo hacen, la mayoría de ellos contestaría que por razones de salud y, muy a menudo, aconsejados por su médico. Sin embargo, Glenn Gaesser, profesor de la Universidad de Virginia, señala que más de dos docenas de estos estudios han llegado a la conclusión de que la pérdida de peso de una magnitud semejante (y, por supuesto, otras tan escasamente importantes como cinco kilos) conducen a un incremento del riesgo de muerte prematura.

 Durante los últimos 20 años, los científicos han logrado recopilar gran cantidad de datos que indican que, a la hora de predecir un buen estado o el riesgo de mortalidad, la buena forma metabólica y cardiovascular y los niveles que la propician son indicadores mucho más importantes que el peso. Y, sin embargo, ninguno de los estudios más citados que señalan que la obesidad mata hace un intento serio de tener en cuenta y controlar dichas variables.

 El trabajo más extenso de esta naturaleza lo realizaron Steven Blair y otros colegas suyos pertenecientes al Dallas's Cooper Institute, un estudio que incluía datos de más de 70.000 personas. Descubrieron que cuando los investigadores tienen en cuenta los niveles de actividad y la buena forma física, la masa corporal parece carecer de relevancia en relación con la salud en su conjunto.

 Según los estudios de Blair, las personas obesas que practican una moderada actividad física presentan una tasa de mortalidad menor -casi la mitad- que las que, aunque manteniendo un peso supuestamente "ideal", llevan una vida sedentaria.

 De manera similar, otro trabajo, también del Cooper Institute, de 1999, que incluía datos relativos a 20.000 hombres, demostraba que el nivel de mortalidad más alto se daba entre individuos de vida sedentaria, cuyas medidas de cintura se encontraban por debajo de los 61 centímetros, mientras que la tasa de mortalidad más baja aparecía entre individuos en buena forma física, pero cuyas medidas de cintura eran de 102 centímetros o más.

 Otro trabajo, realizado en 1995, del propio Blair llegaba a la conclusión de que la mejora de la forma física -realizando un ejercicio equivalente a unos vigorosos paseos de media hora de duración cuatro o cinco días a la semana- reducían la mortalidad hasta en un 50%. Tal como el propio Steve Blair comentaba, los norteamericanos tienen "una obsesión, muy mal enfocada, respecto al peso y a la pérdida de peso". La visión que dan a todo este tema es completamente errónea. La clave se encuentra en la buena forma física".

Una estrategia de mercadeo llamada obesidad
 
¿Y entonces por qué tienen tanto miedo a los pequeños riesgos que van asociados al peso, mientras que permanecen relativamente indiferentes ante los riesgos, mucho mayores, que se pueden relacionar a aspectos tales como ser hombre, ser pobre, ser de raza negra o ser insólitamente delgado?

 Consideremos lo siguiente: desde la perspectiva de una maximización de beneficios de la industria médica y farmacéutica, la enfermedad ideal sería aquélla que nunca acabase con la vida del paciente, que no pudiera ser tratada eficazmente y que tanto los médicos como sus pacientes insistieran, a pesar de ello, en seguir tratándola con medicamentos.

 Afortunadamente para todos, la industria norteamericana especializada en el cuidado de la salud ha logrado descubrir (o, más bien, inventar) una enfermedad de semejante naturaleza a la que le han puesto el nombre de obesidad.

 En Estados Unidos la investigación sobre ésta es financiada, básicamente, por la industria especializada en dietética y en la fabricación de medicamentos para dietas. Es decir, los actores económicos que más tienen que ganar si se llega a la conclusión de que estar gordo es una grave enfermedad que exige un tratamiento médico muy agresivo. Además, muchos de los científicos que se dedican a elaborar esta clase de estudios mantienen relaciones financieras muy estrechas con las compañías cuyos productos evalúan ellos mismos.

 En la actualidad, en Estados Unidos nos encontramos inmersos en una cultura cuya necesidad de control del mundo y de la gente que lo habita es tan intensa que se ha llegado a la ridícula conclusión de que millones de individuos deben tener -todos ellos sin excepción-, un peso que no sobrepase en más de cinco kilos el peso imaginariamente considerado como ideal.

 De manera, que como ya hemos visto, no existe ninguna razón de naturaleza médica que sea válida para explicar por qué dos mujeres de la misma estatura no pueden tener unos pesos diferentes, de 45 y 80 kilos respectivamente, y que ambas disfruten sin problemas de una óptima salud cardiovascular y metabólica óptima, además de disfrutar de un estado general excelente.

 Y, sin embargo, existe toda una serie de fuerzas de orden, tanto cultural como político y económico, tremendamente poderosas y que pretenden que todos nosotros hagamos cuanto esté en nuestras manos para estar seguros de que una de esas mujeres se siente desgraciada a causa de la enfermedad que padece.

 En efecto, y tal como se señala en el Manual de estudios sobre la obesidad, "en sociedades como las de Estados Unidos existe una fuerte correlación inversa entre clase social y obesidad y, muy particularmente, por cuanto se refiere a las mujeres". En otras palabras, los pobres en Norteamérica son gordos y los ricos, delgados. Así pues, el cierto rechazo que las delgadas clases altas sienten hacia las obesas clases bajas nada tiene que ver con las estadísticas sobre mortalidad y sí con sentimientos relativos a la superioridad moral. Precisamente, porque los estadounidenses están tan reprimidos respecto a temas sociales, es por lo que el rechazo que los (relativamente) pobres engendran en los (relativamente) ricos debe proyectarse sobre alguna otra característica distintiva.

 Pero la línea argumental más nociva de las que se pueden encontrar en la literatura sobre la obesidad es aquella que afirma que las chicas y las mujeres negras e hispanas necesitan ser sensibilizadas sobre los sentimientos inadecuadamente positivos que manifiestan sobre sus cuerpos. Al leer esto, los lectores podrían pensar que se trata de un chiste malo. Y ya me gustaría que lo fuera. Un estudio de la Universidad de Arizona descubrió que, mientras que sólo un 10% de las adolescentes de raza blanca estudiadas se sentía feliz con su cuerpo, el 70% de las adolescentes negras estaban contentas con el suyo (como media, éstas pesaban más); además, presentaban tasas menos altas de desórdenes provenientes de una alimentación incorrecta.

 Cuando se les solicitaba que definieran el término belleza, las chicas blancas describían su ideal femenino como el de una mujer de 1,70 metros y de entre 45 y 50 kilos. Como contraste, las adolescentes de raza negra describían a una mujer en cuyo cuerpo se incluían, de forma destacada, elementos tales como unas caderas bien marcadas y unos muslos muy potentes y funcionales. En los últimos años, las compañías dietéticas se propusieron objetivos publicitarios específicamente encaminados a llegar a las mujeres de raza negra e hispanas.

 El mito de la obesidad prospera en los Estados Unidos contemporáneos debido a que toda Norteamérica se basa en una cultura alimentaria absolutamente desordenada. A mayor abundamiento, los síntomas primigenios de esta situación -las tasas nacionales de sobrepeso, anorexia y bulimia- son, también, claros síntomas de -y hay que acudir a la metáfora para explicarlo- la existencia de un conjunto mucho más extenso de ansiedades culturales.

 Existen enfermedades y síndromes menos comunes entre la gente de peso elevado, como enfisemas, enfermedades pulmonares obstructivas crónicas, fracturas de cadera y vertebrales, tuberculosis, anemias, úlceras pépticas y bronquitis crónicas, entre otras, según diferentes estudios médicos. Y lo que es más, ¿cuánta gente sabe que las mujeres con mayor peso presentan tasas muy inferiores de osteoporosis, afección muy común entre las de mayor edad? ¿Y que las posibilidades de que se produzca una fractura de cadera son dos veces y media inferiores entre las mujeres de un peso superior? Esta rotura es una de las principales causas tanto de muerte como de incapacidad permanente entre mujeres de más edad (en Gran Bretaña, anualmente mueren más féminas por fracturas de cadera relacionadas con la osteoporosis que por cáncer de mama, de útero y cervical, todos ellos juntos).

 Existen grupos de individuos con un gran peso -con un IMC de 30 puntos o más- que tienen una salud peor que aquéllos que se encuentran dentro del peso ideal. Pero esto no prueba que los problemas de dichas personas estén causados por su exceso de peso. Hay otros factores que afectan a las personas obesas y que tienen una correlación importante con la mala salud: una vida sedentaria, una dieta muy pobre o que induzcan a fluctuaciones del peso, medicamentos específicos para dietas, vivir bajo unas condiciones que implican pobreza, dificultad de acceso o discriminación a la hora de recibir atención de los servicios de salud pública y verse sometido a una discriminación social. Ninguno de estos factores había sido tenido en cuenta en el anteriormente citado estudio Muertes anuales en Estados Unidos atribuibles a la obesidad.

  Extracto de "The Obesity Myth", de Paul Campos, publicado por Gotham Books, una división de Penguin Group (USA) Inc.Copyright (c) 2004 by Paul Campos.

Cánones de belleza
  Prehistoria:
La preocupación por la belleza ya existía en este periodo. Los prehistóricos representaban a la mujer como un símbolo de fertilidad: gruesas, con su centro geométrico en el vientre y unas amplias caderas. Omitían los rasgos faciales.

  Antiguo Egipto: Los egipcios idealizaron a la mujer de senos pequeños y firmes, ojos grandes y peinado minucioso. Existía un gran culto a la belleza y a los cosméticos. Utilizaban pelucas, baños de leche y peines de marfil. Buscaban un cuerpo estilizado. También se perfilaban los ojos de negro y en los labios se ponían carmín. Usaban además antimonio para cambiar el color de los párpados (azul o verde).

  Grecia clásica: Existía un gran culto al cuerpo. Se buscaba la belleza en todos los estamentos sociales. Su ideal era una figura atlética, sin un gramo de grasa y con la piel tersa. El canon de belleza se basaba en el equilibrio de las formas, buscando la proporción entre la cabeza y las diferentes partes del cuerpo. Difundieron por Europa fórmulas de cosmética y su afición a los ejercicios físicos y el baño. Utilizaban aceites perfumados, y sus mujeres, que despreciaban los senos voluminosos, palidecían su rostro con maquillaje para resaltar unos ojos pintados de negro o azul. Se ponían carmín en las mejillas y dejaban de un solo color los labios y las uñas.

  Roma: Tanto los hombres como las mujeres se maquillaban, perfumaban y depilaban. Sus cánones de belleza variaron a lo largo del imperio y de los pueblos que iban dominando. Heredaron de los egipcios los bálsamos de aceite y de los griegos su afición por darse baños y masajes. Cuando Julio César conquistó los territorios germánicos se puso de moda entre las romanas teñirse de rubio y palidecer la piel morena.

  Edad Media: Se caracterizó por la austeridad, las guerras, las epidemias y un cierto abandono del ideal de belleza, que se recuperó durante el Renacimiento. En los últimos años de este periodo se admiraron las figuras delgadas y frágiles, cuya esbeltez se acentuaba con ayuda de elevados sombreros y frentes muy depiladas.

  Renacimiento: La estética llegó a cotas refinadísimas de belleza. El ideal femenino consistía en tener el pelo rubio, la tez muy blanca pero de sonrojadas mejillas, los ojos radiantes, la frente tersa y unos labios cuyo color contrastara con la blancura de los dientes. Buscaban un cuello alto y erguido y reducían sus cejas a la mínima expresión. Los accesorios proliferaron y aparecieron los postizos, especialmente en forma de trenzas y moños muy elaborados. Se extendió la moda de teñir el cabello en tonos rojos. El ideal de belleza femenino se encaminó hacia mujeres más rellenitas.

  Siglo XVIII: París se convirtió en el centro europeo de la estética. Las parisinas se pintaban los labios en forma de pequeño corazón, utilizaban extravagantes pelucas y se esparcían polvos en hombros y cuello. También enrojecían sus mejillas y se dibujaban lunares repartidos por la cara y la espalda. La época dorada de la cosmética se inició en este siglo con las más sofisticadas cremas, esencias y aguas. La revolución francesa barrió los excesos estéticos de la nobleza para perseguir la sencillez.

  Siglo XIX: Con el Romanticismo llegaron los cuerpos lánguidos y las pelucas se abandonaron. Las mujeres querían estar pálidas y se vestían con faldas de gran tamaño. Las más pobres empezaban a trabajar, por lo que utilizan peinados prácticos, sobre todo moños. Mientras tanto, la emperatriz Sissí (1837-1898) incluía entre sus recetas de belleza una máscara facial con carne cruda de ternera, sales de baños y pastas dentífricas. Sissí mantuvo su peso entre 45 y 47 kilos pese a medir 1,75 metros.

 Siglo XX: El ideal de belleza era determinado, en gran parte, por las pautas que marcaba el cine y la búsqueda de libertades femeninas que abanderaron nombres como Coco Chanel. Los ojos oscuros y la mirada intensa de Rodolfo Valentino sedujeron a cientos de mujeres durante los años 20. Greta Garbo, Mae West o Rita Hayworth marcaron las sucesivas tendencias entre las mujeres. En los 50, las curvas de Marilyn Monroe o Sofía Loren fueron el modelo a seguir. De la palidez de piel se pasó al eterno bronceado. En los 70, la modelo Twiggy puso de moda las mujeres sin caderas. En los 80, fueron "top models" como Claudia Schiffer, Naomi Campbell o Elle MacPherson quienes marcaron las pautas de belleza. Ya en las década de los 90, la delgadez extrema llegó de la mano de Kate Moss.

  Siglo XXI: ¿Qué parámetros definen la belleza en este periodo? Se habla de los "metrosexuales", hombres que se cuidan la piel, usan cremas y se tiñen el pelo. David Beckham, George Clooney o Brad Pitt son algunos de los prototipos de guapos oficiales. En cuanto a ellas, mujeres estilizadas como Uma Thurman o "lolitas" como las rusas María Sharapova o Anna Kournikova encarnan algunos de los ideales de mujeres más bellas. 

Polémico estudio científico denuncia intereses farmacéuticos en la obsesión por estar delgados
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