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El hambre duele

A los nueve años, James Hernández empezó a intentar cambiar su vida, para poder salvarla. Se registró en un programa infantil para perder peso en Kaiser Permanente

James era uno de los nueve millones de niños con peso excesivo que se calcula que viven en Estados Unidos, una cifra que se ha triplicado en los últimos 20 años, lo que ha llevado a muchos expertos de salud a predecir que se avecina una crisis de obesidad. James también una de las cosas más difíciles que un niño puede hacer en un mundo saturado de postres y alimentos chatarra: perder peso.

El niño empezó a subir de peso en segundo grado, hasta que llegó a pesar 176 libras. Comía como adulto. En la escuela, los compañeros le hacían burla. En la casa, pasaba la mayor parte del tiempo en el sofá viendo televisión o entretenido con vídeo juegos. Las piernas le dolían y con frecuencia tenía malestar estomacal.

Pero después de 20 semanas, James logró algo impensable cuando inició el programa de Kaiser: bajó 43 libras.

Ahora, amigos y familiares que no lo habían visto en un rato le preguntan: "¿Eres James?"

James camina mejor y ya no le duele el estómago. Ahora, el niño sonríe más y le encanta jugar en el parque con su hermano Jesse, de 12 años.

A James, quien cumplió 10 años en mayo, no le gusta hablar de su experiencia. "Me siento bien, me siento mejor", es lo único que dice. Pero su familia ha notado un gran cambio en su estado de humor y autoestima.

"Antes era más introvertido", dice su mamá Rachel García. "Mis amigos están sorprendidos de que pudo hacerlo a su edad. No creo que él entienda realmente lo que hizo."

Nada fue fácil. El programa Kaiser puso a James y otros 15 niños y niñas en una dieta baja en carbohidratos y mil calorías al día, menos de la mitad de lo que se recomienda para menores.

El hambre duele

"Al principio se enojaba", cuenta su madre. "Decía '¿esto es todo lo que voy a comer? Tengo hambre, quiero más.' Me rompía el alma."

El médico de James lo envió al Programa Pediátrico de Control de Peso. Pero para que lo aceptaran su madre tenía que comprometerse a asistir con él a todas las sesiones. Ella, al igual que otros padres, también perdió peso.

De repente "los 30 minutos pasábamos comprando alimentos en el súpermercado se convirtieron en una hora o más", dice García. "James tenía que leer todas las etiquetas, checando las calorías y los carbohidratos."

"Ahora hasta el gato recibe porciones más pequeñas", agrega.

En la reciente ceremonia de graduación en la YMCA Central en The Alameda en San José, los 16 miembros del grupo supieron que entre todos habían bajado 432.3 libras, con un promedio de 27 libras.

El grupo celebró la graduación con un saludable festín: mucha ensalada, muchas verduras, muchas frutas.

Cada estudiante recibió una placa con dos retratos suyos, antes y después.

Un mes después de volver a sus clases, James subió cinco libras comiendo en la cafetería de la escuela. Ya que sus doctores quieren que baje 25 libras más, la mamá de James planea hacerle su almuerzo en casa.

"Un apoyo familiar muy fuerte hizo que James tuviera éxito", dijo la doctora Ann Froderberg, pediatra de Kaiser que se encarga del grupo. "Nos hemos percatado de que el apoyo de la familia es el factor número uno para determinar que los niños puedan o no perder peso."

A los nueve años, James Hernández empezó a intentar cambiar su vida, para poder salvarla. Se registró en un programa infantil para perder peso en Kaiser Permanente
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