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Arte. Elogio de la opulencia

"El desnudo masculino en sí no parece haber sido considerado objeto de veneración por su poder de sugestión erótica sino más bien como expresión de la perfección, la potencia o el sufrimiento del hombre"

Este fenómeno responde, sin duda a que los productores y consumidores de tales imágenes fueron hombres, y el desnudo femenino resultó el objeto erótico por excelencia, señala la historiadora de arte Laura Malosetti Costa(1). Esto nos habla de una construcción del erotismo, de determinada forma de concebirlo y no otra. ¿Por qué la fuerza quedó destinada al hombre, y la sensualidad y el ser objeto de las miradas a la mujer? La respuesta más sencilla sería pensar que los artistas son hombres de su tiempo, y ésta es una época patriarcal, más allá de los avances de las mujeres de las últimas décadas.

En Edimburgo, en la National Gallery of Scotland, se puede ver la Venus Anadiomena, del renacentista italiano Vecellio Tiziano(1490-1576), una diosa desnuda a la que el pintor no le escatimó carne en caderas, brazos, ni vientre.

Y en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires está La ninfa sorprendida, del impresionista francés Edouard Manet(1832-1883), otra dama opulenta y hermosa que se cubre los pechos con una tela y el pubis desaparece detrás de un sutil cruce de piernas.

La sensualidad de estas mujeres estaba puesta en la redondez de sus formas, aquello que dejaban ver u ocultaban, había un "modelo" relativamente estandar, que se respetó hasta la ruptura que generaron las vanguardias de comienzos del siglo XX, y que no osaba modificar estas formas protuberantes.

Sin embargo, hubo otras maneras en que estos artistas subvirtieron la idea de erotismo, adelantándose a los cambios posteriores.

En 1863, por ejemplo, se produjo un gran revuelo cuando Manet presentó su Olimpia. Se habló de la "mirada descocada" de la mujer, pero lo más revulsivo para las normas del arte de ese tiempo fue que no se trataba de una semidiosa idealizada y virginal, sino de una joven de carne y hueso, no exactamente bella, sino por el contrario algo "gastada" por una vida dura.

Este realismo también apareció en 1887 en un cuadro de un pintor argentino, Eduardo Sívori (1847-1918), que cuando lo presentó en el Salón de París, escandalizó a los visitantes y a los críticos. El despertar de la criada, así se llamaba la obra, avanzaba un poco más que la Olimpia, al retratar a una criada desnuda. Hasta entonces, el erotismo estaba revervado a imágenes de damas estilizadas y etéreas, que por sus ropas y rasgos podía deducirse que pertenecían a las clases altas de la sociedad. En El despertar..., Sívori pinta a esta mujer en su habitación austera y lúgubre, mostrando sus pechos y su cuerpo sin pudor, mientras cumplía la rutina de ponerse una media.

Cuando entre fines del XIX y comienzos del XX surgieron los primeros grupos de vanguardia -movimientos estéticos y culturales que renovaron la forma de mirar, de construir el mundo, de imaginar el resultado; fue la liberación de las formas y los contenidos.

Estallaron colores y texturas, y el erotismo fue repensado. Pero justamente lo que cartacteriza al arte del siglo XX es que no hay una sola manera de mirar o de hacer. Cada artista se enroló o creó su propio movimiento y hubo muchas formas de entender aquello que hasta hacía apenas unas décadas tenía una sola posibilidad de ser visto.

Desde los estilizados hombres y mujeres de Amedeo Modigiliani (1884-1920), hasta los "deformes" personajes del inglés Francis Bacon (1909-1992), el erotismo no era ya una forma predeterminada, sino la máxima expresión de la sensibilidad del artista, no importaba cuál fuera ésta.

En este contexto de redefiniciones, el colombiano Fernando Botero (1932) se destacó por desarrollar lo que algunos llaman "estética de la opulencia". El artista logró imágenes de un cuerpo que sin responder a los mandatos sociales de la época, emanan sensualidad y gozo.
Sus "gordos" no simbolizan la forma que la obesidad adquirió en este siglo, el sobrepeso de sus obras está más bien en un elogio a las redondeces, la placidez, lo gozoso de ser portador de esa carne. No hay sufrimiento. Las colas y los senos son turgentes, las piernas apetecibles, las extremidades se articulan eróticamente. Todos parecen felices en su baile sin fin. Botero creó un mundo aparte donde no hay discriminación, quizá porque no hay "otros" que miren.
"El desnudo masculino en sí no parece haber sido considerado objeto de veneración por su poder de sugestión erótica sino más bien como expresión de la perfección, la potencia o el sufrimiento del hombre"
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