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Ser flaca, una obsesión que ya empieza a los 11 años

Para el diario argentino Clarin, aumentaron las consultas en los servicios de nutrición de los hospitales y en consultorios privados. Antes, el fantasma de la obesidad aparecía recién a los 14.

La escena se repite. La mamá, de aspecto joven y paso decidido, trae a su hija de 11 o 12 años: la cabeza gacha, jeans de botamanga ancha y tiro corto, infaltable bufanda, y sepultada por varias capas de ropa floja. Llegan al consultorio del nutricionista corridas por el fantasma de la obesidad. "La traigo a la consulta para que adelgace antes de que le venga la menstruación", explica la mamá señalando a su nena que, de golpe, ha perdido la cintura y está "redondita".

En los consultorios privados y en los servicios de nutrición de los hospitales aumentó la consulta en nenas de 11 y 12 años. Por influencia de una cultura donde las modelos de éxito son cada vez más flacas y cada vez más jóvenes, el cambio de las formas femeninas por el aumento del tejido graso —normal en el desarrollo puberal— se transformó en un frecuente motivo de consulta de la madre y la hija por "verse gorda".

A pesar de que en la Argentina faltan las estadísticas y abunda el subregistro, para los profesionales que trabajan el tema desde hace años, el cambio es significativo. En el Hospital Ramos Mejía la edad de inicio está bajando: "Siempre hubo dos picos, a los 14 años y a los 18, pero ahora consultan chicas de 11, 12 y 13 años preocupadas por la imagen, el peso, el rollito o la panza", explica Graciela Ortensi, médica de la Unidad de Nutrición.

La médica de adolescentes Ana María Armatta, del Servicio de Nutrición del Hospital Cosme Argerich, va más allá: "A consecuencia de la mala alimentación y de la falta de consumo mínimo de calcio recomendado por la Organización Mundial de la Salud, ahora comienza a hablarse en la Argentina de Osteoporosis Pediátrica".

"La sociedad desconoce que de la formación de calcio desde la gestación, la infancia y la adolescencia depende la formación de masa ósea para el resto de la vida. Y, en este sentido, la adolescencia —advierte— es la última oportunidad para evitar una osteoporosis precoz".

La sombra de la enfermedad es la cara oculta de ese ideal de belleza que atormenta hoy en el mundo a millones de jovencitas. Yanina, 13 años, alumna de 1er. año del Instituto San Ramón Nonato, daría la vida por entrar en un pantalón talle 32. Para medir su sufrimiento relata esta escena. Ella y su amiga Maia frente al espejo, antes de salir a bailar: "Mirá mis piernas". "Mirá las mías". "Yo me rebanaría todo este costado". "Y yo aquí, mirá todo lo que me sobra". "No vayamos".

Yanina mide 1,63 y, como su mamá, tiene lo que los señores llaman "buenas formas". Pero no termina de aceptarlo. Con sólo mirar la foto de las chicas de las revistas, cualquier mínimo de autoestima se derrumba: esa panza chata, esas piernas larguísimas y esa cintura imposible... "Vos las mirás y ya no volvés a sentirte linda ni aunque hayas bajado del talle 38 al 36 y aunque la gente te diga ¡Estás más linda! Aunque te lo digan, vos no les creés".



La vida por un extra small

El fenómeno se da en todos los niveles sociales. Una investigación realizada por la pediatra Gladys Guarrera, miembro de la Sociedad Argentina de Obesidad y Trastornos Alimentarios (SAOTA) y directora de un Centro de Atención Primaria del partido bonaerense de San Fernando, determinó que la preocupación por "verse mejor, asociado directamente con estar más flacas" afecta por igual a todas los alumnas de entre 11 y 16 años de las 40 escuelas del partido: a las que viven en barrios carenciados y a las que disfrutan de grandes casas en los exclusivos clubes náuticos.

"La delgadez como meta está directamente relacionada con el modelo de mu jer exitosa: delgada, alta y rubia. Y, en este sentido, el razonamiento de las chicas de menores recursos es tan simple como real: "No tengo dinero, quizá no tenga altura, podré teñirme de rubia alguna vez... Pero, lo que sí puedo hacer para pertenecer a ese círculo es adelgazar".

Ellas suponen, y sus madres también, que una mejor figura puede ayudarlas a lograr un ascenso social. Y esto es así sin importar cuál sea la medida del éxito: tanto para ser promotora como para atender las mesas de un café o, incluso, para manejar la caja en un supermercado, "las chicas con buen cuerpo" corren con ventaja.



Una locura social

Ellas no están locas. Más bien sufren de puro adaptadas a una cultura que, en nombre del éxito, encorseta la cabeza de hombres y mujeres. "Nosotros vemos que los chicos empiezan más chicos a preocuparse por la moda, la ropa, las salidas, los bailes y la imagen", explica Graciela Chemerinskky, psicóloga de la Nueva Escuela Argentina 2000.

Y agrega: "Las chicas de 8 años, por ejemplo, leen la revista Rebelde Way donde, en nota de tapa, la actriz dice: 'A mí no me va el sexo sin amor'. Esa no es una inquietud genuina y natural de las nenas de 8 años. Desde muy chicas reciben un bombardeo que les hace plantearse temáticas que las exceden y las angustian, porque todavía no están preparadas para enfrentarlas".

Las chicas de escuelas primarias muestran cómo la preocupación por estar flacas les viene de afuera. Ellas aseguran que no les importa ser gordas, bajas o tener aparatos en los dientes, pero todas odian que sus compañeras las carguen. Y protestan porque cuando van a comprarse ropa todas las prendas parecen diseñadas para chicas "flaquitas y de piernas largas". Como Noelia, de 10 años, alumna de 4° grado de la Escuela N° 17 de San Cristóbal, que asegura que nunca se preocupó por su cuerpo hasta que sus compañeras empezaron a decirle "gorda".

Victoria, 12 años, alumna de la Nueva Escuela Argentina 2000, tampoco se lleva del todo bien con el espejo: "Veo que me sobra panza. Me gustaría ser más flaquita pero no escuálida: quisiera ser normal". Y Lucía, en 7° grado de la Escuela N° 15, de Flores, confiesa que quiere "estar chata de panza para usar la biquini (en su viaje de egresados a Córdoba), pero es difícil cuando tenés abuelas que siempre te traen golosinas de regalo"

Esta preocupación trasciende las fronteras, según muestran dos investigaciones científicas:

Entre 737 adolescentes de 14 años de la ciudad de Braga, en Portugal, se registró una prevalencia de obesidad de sólo un 1,4%. Sin embargo, el 63% no está conforme con su cuerpo; el 13,5% quiere bajar de peso; y un 10,5% hace dieta.

En los Estados Unidos, un estudio realizado en 2002 por la doctora Neumark-Sztainer entre 4.746 alumnos del ciclo básico y el secundario, mostró que un 57% de las chicas hizo ayuno, dietas, utilizó sustitutos alimentarios como Slim-Fast o fumó más cigarrillos para bajar de peso; y un 12% recurrió a medidas extremas para adelgazar, como pastillas, los vómitos autoprovocados o el uso de laxantes y diuréticos.

La presión de la discriminación contamina toda la vida. Un estudio realizado por la Sociedad Argentina de Obesidad y Trastornos Alimentarios fue más que evidente: pasaron el audio de la entrevista donde dos mujeres se postulaban para un puesto de secretaria. Después de que los participantes formaran en sus cabezas una imagen de cada una —a través del relato de sus currículum y aspiraciones—, se mostró la imagen de dos mujeres, una obesa y una delgada, y se pidió que identificaran la persona a la que habían elegido por el audio. El prejuicio tiñó el 100% de las elecciones: todos señalaron a la delgada como dueña de la mejor calificación cuando, en la realidad, la persona obesa era la que habían elegido por sus condiciones profesionales.

No todas las chicas que hacen dieta tienen un trastorno alimentario, ni todas las chicas que tienen un trastorno alimentario son bulímicas o anoréxicas. Entre éstas hay diferencias de grado. Sin embargo, a veces resulta muy difícil para las madres reconocer los síntomas de una enfermedad en ciernes. Las chicas lo sufren en secreto.

La real dimensión del sufrimiento de la enfermedad declarada puede leerse en los testimonios que intercambian las chicas en uno de los tantos foros de Bulimia y Anorexia, en Internet. Como el que escribió la mexicana Pale: "Hola, creo que soy como muchas de ustedes. Cuando yo era niña todos me decían gorda y aún tengo un primo que lo sigue haciendo, lo cual me causa un trauma. Mido 1,58 y peso 53 kg. La verdad es que me veo supergorda a pesar de que todos me dicen lo contrario. Me veo muy pálida, mi cabello cada vez es menos, mis ojos ya no son tan blancos, vomito y creo que ahora ya perdí 'mi regla'. Quisiera que alguien me escribiera y me diera su opinión o algo similar".

O, como escribió Alejandra, a las 2.30 de la mañana, desde la computadora de su casa, en Buenos Aires. Todo en letras mayúsculas: "¡Por Dios, prefiero ser delgada aunque muerta, que ser viva pero gorda. Esto no es bueno. Yo lo sé, pero ¿acaso es bueno que la gente se burle de los gordos?".

La médica de adolescentes Ana María Armatta dice que la prevención es fundamental. Y señala el gráfico de los Estadios de Tanner, que pauta la evolución normal en la pubertad.


Las mamás deben saber que:

Desde los 8 o 9 años, edad en que comienza el desarrollo prepuberal hasta la primera menstruación, tiene que haber un crecimiento importante del tejido graso (alrededor de 8 o 9 kilos de peso). Esta grasa (estrogénica) se ubica fundamentalmente en muslos, cola y caderas y es la que prepara al cuerpo para el desarrollo. La falta de cintura y la redondez repentina son transitorias y necesarias: por cada kilo que se suma en esa etapa hay un cm por crecer después de la menstruación.

La voracidad forma parte de la velocidad del crecimiento. Hacer dieta para adelgazar en esta etapa implica riesgos. Sin una alimentación adaptada a los requerimientos del desarrollo puberal hay peligro de osteoporosis precoz, anemia y retraso del desarrollo.

¿Qué se esconde detrás de una chica obsesionada por la delgadez? Para Mabel Bello, jefa de Salud Mental del Hospital de Gastroenterología y consultora médica de ALUBA (Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia), "se puede ver muy claramente entre las chicas de 9 años que no quieren crecer. Tienen mucho miedo a las responsabilidades de los adultos; adoran su cuaderno de colegio de 3er. grado y su jean de los seis años. Como son muy dependientes y generan una mamá sobreprotectora, hay entre ambas una relación 'enfermiza' muy difícil de penetrar".

"Por lo general, detrás de esta obsesión por controlar el peso hay un miedo enorme frente a las exigencias del mundo —explica Bello—. Son chicas exigentes consigo mismas, con altas calificaciones en el colegio, pero con pocos amigos. Por eso es importante que los padres aprendan a escuchar sus angustias y que no sólo se enorgullezcan de lo que hacen bien sino que las ayuden a lograr un balance de sus talentos."

¿Cómo parar esta locura? Para el psiquiatra y psicoanalista Humberto Persano, especialista en niños y adolescentes y titular de Psicología de la Nutrición en Medicina (UBA), el mercado, en su afán de ampliar ganancias, opera sobre el deseo de las chicas, empujándolas hacia el lugar del ideal, al punto de que logró hacer desaparecer la "edad del pavo".

"Esto es difícil de manejar porque no actúa directamente sobre la mente de los niños sino a través de una trama muy compleja que opera sobre los ideales de cada familia. Como también las mamás y los papás son víctimas de esa cultura, las familias no resultan hoy un tamiz lo suficientemente fuerte como para proteger a los niños en esta etapa tan importante de sus vidas", explica.

Incluso, hasta con las mejores intenciones, algunas mamás no se dan cuenta de que persiguiendo un ideal estético —en muchos casos inalcanzable— no disfrutan de la relación con sus hijas y las condenan a un sufrimiento de por vida.

"Aceptar esto sería una muy buena oportunidad para aprender algo olvidado —admite Persano—. Que para ser feliz, el cuerpo, lejos de ser fuente de preocupación y de trabajo, debe ser una fuente de disfrute".

Para el diario argentino Clarin, aumentaron las consultas en los servicios de nutrición de los hospitales y en consultorios privados. Antes, el fantasma de la obesidad aparecía recién a los 14.
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