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Historias de gordos y flacos

Tanto en astronomía como en química, física y biología, el método científico comienza por la observación. Pues bien: dado que se trata de una de las actividades favoritas de un padre de estreno, cualquiera que haya asistido al nacimiento de más de un hijo seguramente habrá tenido la oportunidad de ejercitar los rudimentos del método científico.

Entonces -igual que me ocurrió a mí- habrá advertido que, en lo que a alimentación se refiere, cada uno de ellos viene con un programa diferente.
No es sólo que algunos disfrutan de la espinaca como si se tratara de un helado, mientras que sus hermanos sucumben bajo un ataque de hipo ante la sola idea de una ensalada. No. Ocurre que unos nacen famélicos, ansiosos e impacientes por su primera ración de leche -y, más tarde, por las raciones de comida que le siguen-, mientras otros prefieren dormir a amamantarse, crecen como juncos y en general manifiestan una indiferencia olímpica por los placeres de la mesa.

Ahora, después de muchos años de atribuir la obesidad prácticamente a un defecto del carácter -a las malas costumbres del sujeto en cuestión-, los científicos están llegando a las mismas conclusiones a las que, humildemente, habrán llegado muchísimas madres: no es flaco solamente quien quiere, sino quien puede. Y viceversa.

Según escribe Ellen Ruppel Shell en un artículo de la revista Discover, el doctor Stephen O'Rahily, profesor de medicina metabólica de la Universidad de Cambridge, es uno de ellos. El postula que no puede dejar de reconocerse la importancia de los genes como reguladores del peso corporal, y que el apetito y la conducta alimentaria pueden ser relacionados con genes específicos. Según el investigador, incluso un detalle como la ausencia de un único ácido nucleico en una secuencia de ADN puede conducir a la ganancia de peso.

Hace unos días, en un trabajo científico publicado en la revista Genes & Development, Jeffrey M. Friedman y su equipo del Howard Hughes Medical Institute informaron que lograron identificar un número de genes que están específicamente regulados por la leptina, una hormona descubierta en 1994 que interviene en la sensación de saciedad.

En ese momento, cuando la foto de un ratoncito obeso y uno normal dio la vuelta al mundo desde las páginas de la revista Time, muchos creyeron ver en la leptina una esperanza para el tratamiento de la obesidad que más tarde se frustró. La hormona es producida por el tejido graso y segregada en el torrente sanguíneo, donde viaja hasta el cerebro y a otros tejidos, causando pérdida de peso y de apetito. Ojalá el estudio del complejo mecanismo que se encuentra detrás del aumento de masa corporal permita comprender el programa genético que interviene en la obesidad y así sea posible aliviar los cuerpos -¡y las mentes!- de muchos gorditos.
Tanto en astronomía como en química, física y biología, el método científico comienza por la observación. Pues bien: dado que se trata de una de las actividades favoritas de un padre de estreno, cualquiera que haya asistido al nacimiento de más de un hijo seguramente habrá tenido la oportunidad de ejercitar los rudimentos del método científico.
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