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REPORTAJE QUE NOS HACE REFLEXIONAR

por Katiuska Bianey Bautista
sábado, 12 abril 2008

“A los gordos se nos trata como si fuéramos delincuentes”

Deb Teighlor, una modelo de 250 kilos. Un desarreglo hormonal y una enfermedad genética le han condenado a vivir recluida. A los 16 años ya pesaba 126 kilos, una cifra que ahora duplica. “Y lo que es peor, he sufrido lo equivalente en humillaciones y desprecios”. Ante una vida llena de dificultades, Deb convirtió la comida en su válvula de escape. Decidió trabajar como modelo bajo el nombre artístico de Teighlor. “Es una forma de sentirme deseada”, afirma. Esta norteamericana lidera una asociación de obesos de su país, que celebra el próximo día 5 su convención anual. “Queremos que cada cual aprenda a vivir con su cuerpo sin plegarse a la dictadura de lo socialmente correcto”.

 
Deb Teighlor, de 46 años, es vicepresidenta de una asociación de obesos de EEUU.
 

por Virginie Luc. Fotografías de Gérard Rancinan


“Obesidad mórbida”. Suena como una sentencia de muerte. Y de hecho, para Deb prácticamente lo es. Por culpa de esta enfermedad, esta norteamericana de Santa Mónica de 46 años pesa ahora 250 kilos, un hecho que ha marcado toda su vida.

Amante de la soledad, Deb compró su piso un poco más grande de lo habitual, en un bajo de la ciudad californiana. Allí vivió su particular infierno, recluida, casi sin ninguna comunicación con el mundo exterior. Un desarreglo patológico hormonal y una predisposición genética han sido su condena. Esta conjunción de factores hicieron que Deb llegara a pesar 330 kilos, algo que le viene de familia. “Mi madre pesaba 137 kilos antes de ponerse a régimen. Mi hermano llegó a los 182 y con diabetes”.

“Al nacer pesé 3,2 kilos. Sin embargo, fue en la adolescencia cuando todo comenzó a crecer. A los 16 años ya pesaba 126 kilos. Y lo que es peor, he sufrido lo equivalente en humillaciones y desprecios”, comenta Deb. Las causas de su sobrepeso están vinculadas a su enfermedad genética, pero a su vez a problemas familiares que le causaron otras heridas. La de su madre divorciada cuando sólo tenía 13 años, la de su padre que desapareció, la de su hermano Mark, que “hacía lo que le daba la gana” y la de su hermana Tracy, la pequeña, a la que había que salvar de todos los peligros.

Ante estas dificultades afectivas a las que tenía que hacer frente en casa, convirtió la comida en su válvula de escape, como ella misma relata. “Comía para ahogar mis emociones. Comí hasta desaparecer”. Alimentos abundantes que tragaba sin placer. Y sin hambre, a veces, a escondidas en la soledad de la noche, como única respuesta a su sentimiento de culpabilidad.

Es la mayor de sus hermanos. Nació el 23 de octubre de 1956 en Saint Louis (Missouri). Allí creció antes de que toda la familia se trasladase a casa de sus abuelos maternos en Los Ángeles, en julio de 1966. Años más tarde sus padres decidieron separarse, hecho del que pronto se sintió culpable. “Creí que se habían divorciado por mi culpa y para consolarme me tomaba litros y litros de helado sin parar”, confiesa.

Los Ángeles, ciudad inmensa y anónima, tampoco fue tolerante con Deb, en contra de lo que ella esperaba. Las miradas siguieron siendo las mismas, burlonas y acusadoras. “Me sentía sola. Mi madre trabajaba por la noche como camarera y cuando volvía a casa frustrada y enfadada me hacía responsable de todo”. En el colegio conservó una única amiga durante años. “Llevábamos los mismos vestidos, como dos gemelas”, recuerda. Después comenzó a estudiar Periodismo, pero al cabo de unos años decidió dejarlo.

Las humillaciones han sido una constante en su vida. Con los hombres tampoco ha tenido demasiada suerte. Conoció a su primer amante con 18 años y lo mantuvo a escondidas, “era demasiado joven para decírselo a mis padres”. Siempre a escondidas. Los chicos con los que estaba también le obligaban a permanecer en la sombra. “Se negaban a que les vieran por ahí conmigo”, relata. Objeto de fantasías, se vio reducida a un mero objeto de placer.

Recostada en el sofá de flores, sus manos son finas, al igual que los rasgos de su rostro y sus pies. El resto de su cuerpo está formado por pliegues flexibles de tejido voluptuoso. Olas de terciopelo. Casi desnuda con su biquini rosa, pero vestida en su desnudez con sus 250 kilos.

Deb es muy romántica. En la mesita, enmarcadas con primor, dos fotografías dedicadas de un actor que trabaja en una serie de televisión. “Para Teighlor”. Como cualquier modelo, ella también tiene su nombre artístico. Desde los 30 años, Deb es Teighlor. Así responde cuando expone su cuerpo en las portadas de las revistas hardcore, en los calendarios o en las carátulas de discos y vídeos. Juegos eróticos, pero sin obscenidad.

Como revancha, en esas ocasiones es ella la que toma las riendas del juego, la que entrega su cuerpo a las miradas, ante todo para su propio placer. Y eso le gusta. “Es una forma de sentirme deseada”. Además, se siente muy orgullosa de que la conozcan “hasta en Taiwan”, donde nunca irá. Pero más allá de la fama, para Deb ser modelo tiene otro aliciente: la posibilidad de ocultarse. “Trabajar en la pasarela es arrojar el cuerpo fuera de uno mismo”, explica. “Cuanto más enseño, más desaparezco, porque la gente se fija en el exterior y no les importa en absoluto lo que guarde en mi interior”.

A falta de interés por “los demás”, ha terminado consagrándose a sus hermanos de carne, 38 millones de estadounidenses que padecen su mismo problema: el sobrepeso. Desde hace cuatro años es la vicepresidenta del comité en Los Ángeles de la Asociación Nacional para la Aceptación de la Obesidad (NAAFA, sus siglas en inglés), una poderosa organización. ¿Su objetivo? Aprender a aceptarse. “Que cada cual aprenda a vivir con el cuerpo que tiene, sin plegarse a la dictadura de lo socialmente correcto”, apunta. “Se trata, en definitiva, de levantar la cabeza y de romper a diario la soledad, estando en contacto, a través de Internet o del teléfono, con personas que tienen el mismo sufrimiento que compartir”.

Además, desde su cargo, persigue otro objetivo: concienciar a la sociedad. “A los gordos se les trata como delincuentes. La mayoría de la gente cree que estamos así por nuestra culpa y que el remedio es tan simple como ponernos a régimen u operarnos”, afirma. Modificar las infraestructuras es otra de sus metas. “No podemos utilizar nada, ni los transportes comunitarios ni los aviones (ella no puede entrar en los servicios de las aeronaves) ni los muebles”.

Gracias a esta asociación, Deb ha conseguido importantes progresos. “Mi cerebro vuelve a regular mi cuerpo y sus impulsos. He vuelto a tener sensaciones de hambre, de saciedad y de placer. Las pulsiones bulímicas se han calmado y por fin he dejado de coger peso. He comprendido que la comida no iba a borrar mis angustias”, afirma en un tono algo más optimista.

Su nueva vida le ha acercado al mundo literario, terreno en el que se estrena con un libro autobiográfico, La cortina de carne. Los años le han enseñado a mirarse con un poco más de autoestima. Ahora que ve las cosas con otra perspectiva, se atreve a recorrer las heridas perdidas entre los pliegues de su cuerpo. “La gente me hizo entender durante toda mi vida que tenía que odiar mi cuerpo. Comía para castigarme. La obesidad es una debilidad. ¿Por qué es menos tolerable que otras?”, se pregunta. “Ahora ya no odio a mi cuerpo”.

Abandono un momento el piso y salgo al patio. Le van a aplicar unas ventosas en la espalda para poder transportarla del sofá a la cama. Se necesitan dos personas, como mínimo, para conseguirlo. Deb respira hondo y su cuerpo se deja caer sobre la enorme cama. Del techo cuelgan palancas y aparatos para permitirle agarrarse y levantarse, para agarrarse a la vida y para engañar al enemigo, a la inmovilidad y al olvido. Deb baja la persiana. Un nuevo día termina.