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DILE NO A LAS "MALAS PALABRAS"

por Katiuska Bianey Bautista
sábado, 23 junio 2007

Por diversas razones, muchos objetan el uso de ciertas palabras por considerarlas “malas”. Algunas de éstas son, francamente, vulgares y soeces. Otras, son consideradas impropias por sus dobles significados.

Nos referimos a los consabidos comentarios de “qué gorda estás”, “muchacha, estás que pareces un barril”, “¡cómo has engorda’o ”, etc. Son frases y observaciones dichas y hechas en momentos inoportunos -como cuando uno está flirteando con alguien o tratando de impresionar a otra persona- o cuando uno está con la moral por el sótano -como cuando ha perdido el empleo, se ha sobregirado en la chequera o todo lo que se prueba le queda apretao-.

Todo esto ha venido, una vez más, a mi atención, luego de que hace poco recibiera una emotiva cartita de una lectora de Juana Díaz. En la misma, la joven relata que es “objeto de burla por parte de todo el mundo y eso me hace sentir bien mal. Trato de demostrar que no me importa, pero, por dentro, me desgarro y lloro y sufro mucho. Mi círculo de amistades se ha reducido porque ya no salgo para ningún lado”.

Personas allegadas a ella le endilgan nombretes ofensivos como “gorda mofofa”, “cilindro de gas” y “barril de tocino”. Y, aunque la joven comenta que esto sucede, casi siempre, cuando esas personas están “metidas en palos”, eso no es excusa.

Cabe señalar que la táctica de soportar bromas y ataques verbales la probé yo también. Por aquel entonces pensaba que, hacía ver como que tomaba los insultos como “bromas” y yo también me gufeaba de mí misma, cesarían las vejaciones. Nada que ver. Mientras más yo, también, les “seguía la corriente”, parece que más permiso les daba para que ofendieran.

Con esto quiero decir que hay ciertas cosas -bueno, en realidad, la mayoría de las cosas- que mejor se atajan a tiempo. Tolerar insultos u ofensas de cualquier tipo, con miras a no herir sentimientos ajenos, puede ser un arma de doble filo. Con razón dicen que cuentas claras conservan amistades.

Y, ojo, responder a insultos con insultos tampoco es la solución. Eso, también, lo intenté yo, pero lo único que conseguía era amargarme más. El suplicio terminó cuando yo misma opté por varias estrategias que me ayudaron a lograr dos cosas: salir airosa y ponerles freno de inmediato a los ataques.

-En cuanto empieza el insulto, parar a la gente en seco. Con decir: “Lo siento, pero no quiero que me hables así” o “prefiero que no toquemos este tema”, debería bastar.

-Si el ataque verbal no cesa, me separo por completo del ambiente sin darle más explicaciones a esa persona. Aunque, si estoy rodeada de otros, puedo decir: “Lo siento, pero no me encuentro a gusto aquí y ahora. Nos vemos luego”. Esto es asertivo y elegante.