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CARTA DE UNA MUJER TRISTE

por Katiuska Bianey Bautista
sábado, 17 marzo 2007

 

!!

 Ya estaba acostumbrada o resignada a ese orden lógico de vivir con la tranquila prolijidad de que las cosas estén en su lugar correspondiente.

Aprendí, como aprendieron todos, a llorar llorando para adentro así nadie corre el riesgo de que un rayo de sol toque la lágrima.
No es cómodo encontrar una lágrima debajo de la servilleta y tener que pensar en su motivo: eso arruinaría la ya difícil digestión de un hombre preocupado por su trabajo permanentemente.
Aprendí, como aprendieron todos, a no reírme sola mientras voy caminando por la calle.
Tiene que haber compañía para que la risa no parezca una piedra lanzada al rostro de quién te ve reírte.
No es cómodo para nadie encontrarse de pronto y sin aviso con una risa suelta...
Esa desafinada nota de cristal que recorre el aire, hace que las cadenitas ajusten las gargantas, que los maletines pesen una tonelada, que las agujas de los relojes pinchen como espinas y que las plazas se vuelvan totalmente visibles.
¿Acaso no pasaste nunca por delante de una plaza invisible?
Cuantas veces el dolor, el apuro, la rutina, han hecho que cruzara por una plaza sin darme cuenta, sin siquiera levantar la mirada para ver la copa de los árboles, sin oler la fragancia de tierra húmeda, a verde refrescado, después de la lluvia.
En el estricto orden de las cosas, todo lo fui perdiendo, o casi todo.
 
Hasta las ganas de decir.
Por eso me hizo bien encontrarte.
 
Hacía tanto tiempo que no me aceleraba el corazón...