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SIN GARANTIAS...

por Katiuska Bianey Bautista
sábado, 02 septiembre 2006
Por: Adela Davila Después de una breve pausa el sábado pasado, me aventuro a retomar el tema de las gorditas y los gorditos que no encuentran quiénes se interesen en ellos. Luego de las columnas que publicara al respecto (las del 5 y el 19 de agosto), he seguido recibiendo tanto cartas como "e-mails" y llamadas aludiendo al tema. En todas las comunicaciones recibidas, hasta ahora, los gorditos me han agradecido el que tratara el asunto de manera pública. También, se expresaron con gran entusiasmo al conocer que, de hecho, hay personas que piensan que, aunque uno esté gordo, uno puede -y esto tengo que decirlo en la jerga popular- "estar bueno" y gustar. Donde el ánimo se cayó fue cuando tantísimos lectores y lectoras me aseguraron no haber encontrado a esa persona especial todavía; ese hombre o esa mujer que, en efecto, les dijera que los ama y se siente atraído o atraída hacia ella o él, a pesar de su sobrepeso. Debo aclarar que nada de esto me sorprende. Sí, no me miren mal; digo que no me sorprende, pero no es porque los gordos no merezcan amor. Es porque más del 75% de las personas que conozco -feas, flacas, gordas, bonitas, altas, bajas, ricas o pobres- tampoco ha encontrado amor. Ser delgado, con buena posición social y con un rostro bello, con tremendo carro y un vestuario de moda no es garantía de nada. Menos aún de encontrar amor. La razón para esto la desconozco; sólo sé que es así. Y para ilustrarlo, me veo en la necesidad de citar -aunque sean pocos, por falta de más espacio- dos ejemplos. Una vez, cuando yo estaba bastante gorda, tuve que ir en viaje de negocios a Nueva York con una de las mujeres más lindas que he conocido en mi vida. Era tan bonita, que los neoyorquinos de Manhattan, tan acostumbrados a ver a súper modelos por la calle, se daban la vuelta para mirarla. Por si fuera poco, era una persona muy buena y se había graduado Cum Laude de la universidad. Pues esa misma muchacha era extraodinariamente infeliz en el renglón del amor. Muchos hombres la buscaban, sí, pero lo hacían, mayormente, atraídos por su cara y su cuerpo, sin importarles su corazón. Después de un tiempo de salir con ella, se desinteresaban o le eran infieles, como lo hubieran hecho con otra mujer igual de flaca. La última vez que vi a esta muchacha, seguía sola... y triste. Ella, que tan hermosa era, hubiera dado cualquier cosa por haber logrado una relación estable como la que yo tenía -y tengo- con mi esposo. Sin embargo, no se le daba. Y ni ella ni yo jamás supimos por qué. También tengo una amiga que habla varios idiomas, toca piano y está aprendiendo a tocar violín, tiene un don maravilloso para escribir y, por si fuera poco, baila semiprofesionalmente. Ah, y es una mujer que está en un peso perfecto. Pues esa damita talentosa, hace años que no tiene pareja. Ha tenido relaciones que han durado su buen tiempo, pero ninguno de los hombres con quienes ha estado le ha hecho justicia a todo lo que ella vale. Y es que, repito, no hay garantías. El amor y la felicidad son cosas que, a veces, por más que las perseguimos, nos evaden. Y nos toca a nosotros la importantísima tarea de darnos amor nosotros mismos. Digo, siempre habrá quien valide su rol en la vida dependiendo de cuántas parejas haya tenido o cuántas personas le hayan dicho "te quiero". Pero si esa misma persona no se ha querido, si no se ha tratado a sí mismo o a sí misma con el máximo respeto, cariño y gentileza, de poco -muy poco- le habrá valido que otros le hayan amado. Sé que algunos pueden pensar que, desde mi perspectiva de una persona casada con una misma pareja durante casi 28 años, lo que estoy diciendo es pura baba. Pero, créanme, yo también he tenido etapas en las que ni me he querido bien a mí misma, ni me he cuidado. Es más, en los momentos más oscuros, hasta me he despreciado. Cuando eso ha sucedido, ni todo el amor que me tuvo mi mamá, ni el que me tiene mi esposo, han podido levantar el pesado yugo de la infelicidad de mi corazón. Lo he tenido que desprender yo misma, pulgada a dolorosa pulgada, hasta lograr convencerme de que si los demás no me quieren, ellos se lo pierden; que si no me respetan o me tratan mal, ellos son unos cafres. Que si no me valoran y me tienen en buena estima, es porque ellos -y no yo- carecen de buen juicio. Ése es el verdadero amor, no el que depende de otros. Y ésa sí es la única garantía que les puedo dar.