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Ni 'Betty, la bella' ni 'La gorda flaca': novelas

NINGUNA mujer triunfará en el mundo empresarial si no es bella. Tampoco podrá alcanzar el éxito si es gorda. Sólo aquellas capaces de seducir con sus encantos, entre los que se incluye la delgadez, sin importar lo inteligente que puedan ser, estarán en el reino de las elegidas.

PORQUE la vida –marcada por el prejuicio– no deja cabida para las que, de primera impresión, resultan incapaces de cautivar con su belleza física. Sólo las lindas, las seductoras, las pechugonas –aunque sea a base de implantes– tienen abiertas las puertas del paraíso sin importar que jamás puedan articular una frase coherente puesto que, al fin y al cabo, para escuchar parrafadas hay sus momentos.

AL MENOS, éstos son los estereotipos que ofrece la televisión. Más en concreto, las novelas de televisión. Esos dramones que causan sensación de audiencia y arrancan lágrimas a diario, y risas muy pocas veces, al retratar el mundo de la competición laboral y los prejuicios sociales.

PUEDE pensarse que sólo es realismo, sin magia, que plantea la pantalla chica, término que habrá que revisar en la medida en que los televisores son más estrambóticos y los cines más minúsculos, en un retrato de las desproporciones de la sociedad que nos ha correspondido.

Y QUIZÁS no se equivocan los que así piensan, si tomamos en cuenta que hace apenas una veintena de años los negros escaseaban en los informativos de la televisión puertorriqueña y que, un poco más atrás, era una sensación cuando una mujer era la presentadora de un noticiario.

NO DESEAMOS desviar, sin embargo, la atención del eje central de esta columna, que es la "realidad" que ofrecen determinadas telenovelas, que pretenden tener como objetivo la potenciación de la capacidad femenina de triunfar. Sólo que en torno a ese triunfo siempre gira la figura masculina y, además, conlleva una serie de transformaciones físicas para que se haga realidad.

A PARTIR de la novedad que marcó en el año 2001 la telenovela colombiana "Yo soy Betty, la fea", protagonizada por Ana María Orozco, se pensó que se iniciaba un nuevo ciclo de producciones al margen del viejo clisé de la protagonista ingenua y bonita cuyo único objetivo era casarse con el señorito de la casa, que en principio la ignoraba seducido por la arpía de turno, querida por todos, principalmente por la futura suegra, porque la unión de ambas fortunas permitiría sacar a la familia de la secreta bancarrota en que vivía. Un timo bien organizado.

NADIE contaba entonces que la sirvienta que había atrapado la atención del señorito estaba bordada de hondos sentimientos –de los cuales carecía la frívola novia favorita– y que, al final, era dueña de una fortuna que le habían dejado en herencia pero que le había sido escamoteada, quizás por la misma familia donde trabajaba.

UNA MUJER de una relativa fealdad –más bien le hacía falta una cierta modernización en su forma– vino a echar abajo todo esto. "Betty" había saltado desde Colombia a las pantallas de los televisores de toda América, con records de audiencia en cada nación en que se emitía. Una chica que trabajaba duro en una empresa –no de sirvienta–, era inteligente y capaz de trazar estrategias administrativas para contener la crisis económica.

TODO ESTO era demasiado real para ser telenovela y el autor, Fernando Gaitán, le dio un giro para transformar a la fea en "Betty, la linda", lo que le permitió el reconocimiento y la conquista definitiva del amor de "Don Armando" (Jorge Abello).

LOS VENEZOLANOS no quisieron quedarse atrás, y se plantearon un tema muy vigente, quizás más que la fealdad –aunque los bisturíes siguen haciendo milagros–, y surgió en el panorama televisivo "Mi gorda bella".

"VALENTINA Villanueva Lanz", caracterizada por Natalia Streignard, pareció que venía a reivindicar la gordura como una realidad de nuestros tiempos, por más dietas que se intenten. Quedó enamorada de su pariente "Orestes Villanueva Mercouri" (Juan Pablo Raba), quien la colmó de chocolates y atenciones. Sobre todo, de chocolates.

LA PROTAGONISTA de "Mi gorda bella" recorrió vertiginosamente la trama para transformarse en una sensual, delgada y hábil publicista que ha conseguido engañar a casi todo el mundo con un nombre ficticio, aunque "Oreste" –oh, el amor– atisba que hay un trasunto con su querida "Valentina", aunque se ha casado con la insegura "Chiquinquirá Lorenz Rivero" (La Chiqui), personificada por Norkis Batista.

LA "GORDA", aunque ya no es gorda, ha venido a salvar la agencia de publicidad en la que trabaja y por sus brillantes ideas –que imaginamos también tenía cuando estaba gorda– no puede ser desechada, por más odio que su persona levante.

ESTA HISTORIA, original de Carolina Espada y escrita por Rossana Negrín, guarda cierta analogía con "Yo soy Betty, la fea".

MÁS ALLÁ de esto, prevalece un problema común en ambas telenovelas: ni las feas ni las gordas pueden triunfar como tales. Para alcanzar el éxito es necesaria la transformación, porque sólo "Betty, la linda" y "La gorda flaca" tienen derecho a ello.

UN MENSAJE nefasto.

NINGUNA mujer triunfará en el mundo empresarial si no es bella. Tampoco podrá alcanzar el éxito si es gorda. Sólo aquellas capaces de seducir con sus encantos, entre los que se incluye la delgadez, sin importar lo inteligente que puedan ser, estarán en el reino de las elegidas.
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