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Vender “soluciones a problemas, no ropa”.

Personas en silla de ruedas o con muletas, de baja estatura o talla grande, cuentan su “odisea” para encontrar ropa y calzado

Madrid, 2 jun. (COLPISA, Manu Mediavilla).

“Se ve que piensan poco en nosotros; la moda difícilmente está a nuestro alcance”. Desde su silla de ruedas, Enrique Palacios relata su “verdadera odisea” para comprarse ropa y calzado, una actividad cotidiana que para muchas personas con discapacidad –y para otras que, por su baja estatura o su amplio volumen corporal, requieren tallas a medida— supone una carrera de obstáculos. Primero, por la dificultad de encontrar un comercio accesible. Después, por la escasez de probadores con espacio suficiente. Más tarde, por la uniformidad de los diseños, sólo remediable con costosos arreglos de sastrería. Y a veces, incluso, por la falta de comprensión y generosidad del personal de las tiendas.
Como contó Palacios en la I Jornada “Moda y necesidades especiales” celebrada esta semana, todo ello “te obliga a usar tu propia casa como probador, y si un pantalón no te sienta bien, a llevarlo a devolver y repetir el proceso”. Una situación nada extraña si se tiene en cuenta que “el diseño no está pensado para personas que van sentadas, cuyos pantalones necesitan una cintura más elástica, un largo mayor y un tiro más grande”.

Sentirse a gusto

Pero la necesidad del "diseño accesible e incluyente, para todos”, no se agota en las personas en silla de ruedas. Desde su experiencia como usuario de bastones o muletas, el director de la Jornada, José Luis Fernández Iglesias, señaló el “problema enorme con el calzado ortopédico”, con apenas unos pocos modelos de botas con estética poco apta para presumidos. Una cuestión que tiene su importancia, porque, como subrayó Fernando Gómez, profesor del Instituto Europeo di Design, “también nos expresamos a través de la ropa”. En cambio, “parece que moda y discapacidad se encuentran en polos opuestos”, y la destinada a “personas con funcionalidad reducida la comercializan como ropa con ayuda médica, sin atender al gusto por lo que se viste”.
Es como si les negaran el derecho a ‘sentirse guapos’, cuando la realidad es que, según explica Judith Díaz, una jovencita menuda con discapacidad intelectual, le encanta “elegir su ropa” y contar sus preferencias por “un vestido azul y unos zapatos con un poquito de tacón”. Ella tiene “muy difícil encontrar camisetas”, porque le “quedan muy largas y no se pueden arreglar”, y su padre añade que también le cuesta hallar calzado --a veces no le queda otra alternativa que la sección infantil--, “y no digamos un traje para una fiesta o una boda”.

Adultos, no niños

Pero las tallas infantiles casi nunca son una opción. Y mucho menos para las personas con acondroplasia, que, como recalca Sara Matute para desmentir cualquier tópico, “no nos vestimos en las tiendas de niños; nuestra talla es igual a la de cualquier otro, y la única diferencia son las extremidades más cortas”. Sus mayores problemas son los zapatos, aunque ya ha “encontrado una tienda donde tienen del 30 con tacón”, y el “arreglo de la ropa, que supone un aumento enorme del precio”. Pero también se le plantean complicaciones prácticas, como las “estanterías altísimas”, que le hacen depender de la ayuda de un personal no siempre atento ni solidario, y los “probadores con perchas altas y cortinas que no llegan al suelo y que casi te dejan ver por todos lados”.
Para Cristina Serrato, cuya talla grande no le ha impedido ser modelo, su experiencia cotidiana es “igual que Sara, pero en el otro extremo”. Estilistas y diseñadores, apunta, “decidieron que las curvas no eran bellas” e impusieron la moda para gente delgada, lo que apenas dejó para las personas con obesidad o sobrepeso más que la “ropa negra, ancha y sin formas”. Aunque eso, a raíz sobre todo de la alarma por la anorexia, ha empezado a cambiar. La oportunidad de negocio (las tallas grandes representan el 30% del mercado global de ropa femenina y ya tienen en Milán una exitosa pasarela) también ha influido. Y la propia Serrato, implicada en la lucha contra los trastornos alimenticios, añade un par de argumentos. Uno personal, que se considera “sana y normal”, y otro colectivo, que “en la diversidad está la belleza”.



-Vender “soluciones a problemas, no ropa”.

Madrid, 2 jun. (COLPISA, M. M.).
“No vendo ropa, sino soluciones a problemas”. Lo dice Elena Parrilla, directora de la empresa zaragozana MaxVida, pionera en la comercialización de ropa adaptada para personas con necesidades especiales, que arrancó en 2004 con una colección para usuarios de silla de ruedas y luego amplió su público a todo el colectivo de la discapacidad y de los mayores dependientes. Al principio se encontró “todos los obstáculos del mundo”, porque “nadie sabía de lo que hablaba”. Los diseñadores y fabricantes estaban “acostumbrados a las prendas estándar y a las series cuanto más grandes mejor, y no entendían que pretendiera personalizar. Así que decidí hacerlo yo misma”.
Al final, sus grandes aliados fueron los propios consumidores, cuyas opiniones han permitido un auténtico “codiseño”. Y ahora es sólo una anécdota del pasado su peregrinaje por talleres que “prácticamente se reían cuando les llevaba aquellas ropas con patrones tan diferentes a los tradicionales”. De hecho, su apuesta por el triple confort físico, psíquico y social –la ropa adaptada facilita la tarea del cuidador, ayuda a “vernos cuanto más guapos mejor” y es una manera de integración— tiene como “objetivo ir a la pasarela Cibeles como cualquier otra marca de moda para que los usuarios la vean”.
Pilar Cristóbal, diseñadora y profesora de Patronaje de la Universidad Politécnica de Madrid, apunta que “ya estamos en vísperas de ser mayores guapos”, y las empresas de moda se “han dado cuenta de que hay un mercado y va a ser rentable”. A su juicio, “el mayor problema es que haya profesionales formados” en el diseño y patronaje de ropa adaptada, y el gran reto, “concienciar a toda la sociedad” para que, “en vez de una pasarela sólo para personas con discapacidad, éstas desfilen junto a las supermodelos”. El desfile que cerró la Jornada, con modelos en silla de ruedas o con muletas junto a profesionales como Cristina Cerrato, demostró que otra moda es posible.
Personas en silla de ruedas o con muletas, de baja estatura o talla grande, cuentan su “odisea” para encontrar ropa y calzado
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