Inicio > Noticias > 2005 > La obesidad, al alcance de todos los bolsillos

La obesidad, al alcance de todos los bolsillos

En verano se lleva la carne por fuera, gracias a lo cual se comprueba que, si Bentham pregonaba el máximo bienestar para el máximo número de personas, la civilización hipercalórica ha conseguido repartir el máximo número de kilos en un número máximo de seres humanos, que además crece a diario

Occidente se divide hoy entre obesos y obsesos, con la balanza interpretando el papel de juez universal que le adjudicaron los clásicos. A nadie se le ocurriría aprovechar una reunión social para plantear lo sobrenatural -por lo menos hasta que Alá recupere la hegemonía-, pero el sobrepeso fascinará a los congregados sin excepción, hombres y mujeres al borde de un ataque de lípidos. La silueta ha reemplazado al sexo como asunto inevitable de conversación, quizás porque la visualización de los efectos de la primera impide las mentiras flagrantes y favorece la contabilidad. Por ejemplo, el setenta por ciento de los 164 condenados a muerte por Bush como gobernador de Texas, un auténtico récord mundial, pidieron una hamburguesa completa de una famosa marca, con una ración grande de patatas fritas, para su última cena.

La fijación dietética ni siquiera cumple con la manía contemporánea por la originalidad. Siendo gobernador de la Insula Barataria, Sancho Panza se lamenta a Don Quijote por escrito de que «este tal doctor dice él mismo de sí mismo que él no cura las enfermedades cuando las hay, sino que las previene, para que no vengan; y las medicinas que usa son dieta y más dieta, hasta poner la persona en los huesos mondos, como si no fuera mayor mal la flaqueza que la calentura». El torturador del escudero es el doctor Pedro Recio, natural de Tirteafuera. El texto cervantino arruina asimismo las pretensiones innovadoras de la medicina preventiva, que sólo cuenta cuatro siglos de antigüedad.

La obesidad no ha alterado su vigencia, aunque sí sus destinatarios. Cuando María Antonieta propuso una extraña solución para los problemas nutricionales de sus súbditos -«¿no tienen pan?, pues que coman pasteles»- , sesudos historiadores aseguran que esta ingeniosidad desencadenó los tumultos de la Revolución Francesa. En cambio, hoy la obesidad se ha democratizado, está al alcance de todos los bolsillos. Más aún, ya sólo engordan los pobres del Primer Mundo, tal como recogen los patrones de candidatos al sobrepeso. En el extremo opuesto, Claudia Schiffer era una adolescente rolliza, según atestiguan sus primeras fotos. Hoy pasa días enteros sin comer. En un aggiornamento del misticismo, ha consagrado su vida y su belleza al ayuno. Frente a mesas atiborradas de manjares, las modelos tienen por única misión no comer, resistir los acechos de las calorías como en otro momento hubieran afrontado los requiebros de los casanovas. Su portaestandarte es Lady Di, que quemaba inmediatamente en el gimnasio las calorías que acababa de ingerir en la mesa, materializando así la utopía del metabolismo instantáneo.

La banalización de los problemas no suele evitarlos, aunque todavía es más peligrosa la tendencia a invertirlos. Por ejemplo, distorsionando la incidencia de la anorexia -trece muertos al año en el Reino Unido-, mientras adquiere proporciones epidémicas la obesidad -según el consenso, causa miles de víctimas en el mismo ámbito-. La situación se hace grotesca cuando los atletas más afinados del planeta se ven amenazados por la báscula. La NBA se puebla de gigantes gordos, y los equipos punteros de fútbol fichan a nutricionistas para evitar el sobrepeso de sus ronaldos. Dado que estos profesionales son depuradas centrales energéticas, cuya única función conocida consiste en quemar calorías a gran escala, la situación está fuera de control.

Para tranquilizar las conciencias, ya sólo faltaba la búsqueda de un culpable, designado en la figura de los gigantes de la alimentación rápida. Pese a que esta celeridad favorecería el desplazamiento al gimnasio para quemar el exceso de grasas, las empresas de fast food correrán la suerte de las tabaqueras, y se descargará sobre ellas la adicción de sus clientes. Como de costumbre, Don Quijote adoptaba una visión más escéptica, y le reconocía a Sancho con displicencia que «yo nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo». Lo importante es la obsesión, que al fin y al cabo contribuye a mantener en pie al ser humano.
En verano se lleva la carne por fuera, gracias a lo cual se comprueba que, si Bentham pregonaba el máximo bienestar para el máximo número de personas, la civilización hipercalórica ha conseguido repartir el máximo número de kilos en un número máximo de seres humanos, que además crece a diario
Evaluación actual: 0 (0 votos)
Nota vista: 4156 veces