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¿Tiene que ver la obesidad en la felicidad sexual?

“El amor entra por el estómago”, reza la frase que puede aludir a la estrecha relación que guardan dos placeres para el ser humano: el sexo y la comida. Sobre la relación de ambos existe un sinnúmero de mitos que solo demuestran desinformación e ignorancia.

Por Raúl Serrano

 

El exceso en el comer trae como consecuencia sobrepeso y en casos extremos obesidad, lo que para muchos significa el final del placer corporal. Sin embargo, la realidad es que la satisfacción sexual depende de otro tipo de factores, como los psicológicos, culturales, de educación, y no tanto la figura o el peso ideal.

 

“También los delgados pueden no ser felices con su sexualidad”, señala en entrevista la nutrióloga y psicoterapeuta Luisa Maya Funes, a lo que añade que si alguien que padece sobrepeso tiene una pareja que le permite satisfacerse sexualmente, puede llegar a ser feliz.

 

“El tipo gordito, risueño y simpático que sabe ganarse a la gente puede conseguir una buena relación de pareja, cosa que muchos delgados no logran. Esto quiere decir que la capacidad para disfrutar de una vida sexual plena tiene que ver más con las características personales del individuo que con su imagen corporal”, acota la doctora Funes.

 

La obesidad interfiere en distintas etapas de la vida y marca pautas en cuanto a la definición sexual. Por ejemplo, los niños obesos tenderán a presentar alteraciones afectivas que derivan en problemas de autoestima, autoimagen e identidad psicosexual.

 

En la pubertad, algunas niñas con sobrepeso presentan tendencia a la anorexia y la bulimia como respuesta a diferentes miedos, como a ser obesas en ese o en los subsecuentes momentos de su vida, a no ser atractivas, no encontrar pareja y permanecer en la soltería. Entonces, en esta etapa se manifiestan dos actitudes: la de quienes se dan por vencidos y se dejan subir de peso más y más, o la de quienes replantean su identidad y se transforman en una persona delgada. También hay quienes caen en estados fóbicos y se vuelven anoréxicos y bulímicos.

 

La misma sociedad marca cánones muy rígidos y exigentes a la mujer. En la adultez temprana se involucran cuestiones endocrinas, donde las mujeres acumulan una mayor cantidad de grasa en los depósitos corporales de tejido adiposo (en glúteos, abdomen, senos, brazos, piernas, cadera) como un proceso de preparación para la futura procreación. El hombre por su parte es más musculoso, pero empieza a manifestar la famosa “llantita” o la “pancita” en la región abdominal. En esta etapa se definen los roles sexuales guiándose por los modelos o prototipos que marcan los medios de comunicación, donde la imagen de un obeso es rechazada.

 

Entre los 40 y 50 años de edad de la mujer, cuando las hijas empiezan a formar su cuerpo, la madre empieza a cuestionarse sobre su figura e intenta bajar de peso. Trata de reafirmar su identidad psicosexual y empieza el temor a la menopausia y por tanto a la flacidez y deformación del cuerpo. En el hombre, entre los 40 y 50 años, inicia la competencia con la imagen corporal del hijo, y también se interesa por mantener una figura juvenil que pudiera llegar a atraer a mujeres de menor edad.

 

Finalmente, en la senilidad se crea una conciencia por el cuidado de la salud, más que por la tendencia psicosexual, la sexualidad pasa a un segundo término y el mantener un peso adecuado que le permita alcanzar las mejores condiciones de vida resulta la meta prioritaria.

 

La nutrióloga Maya Funes refiere que la plenitud sexual se define por factores ajenos a la comida. Sin embargo, existen otro tipo de aspectos que hacen que se relacionen. “Cuando los niños fueron obesos mórbidos y tuvieron poca oportunidad de verse el pene, o si su figura de mujer fue siempre amorfa debido a la obesidad, ambos tienen cuarteada la posibilidad de desarrollar una identidad psicosexual que les permita plantearse la satisfacción y el goce de su cuerpo, por tanto los rechazan e inhiben la posibilidad de mostrarlo a través del acercamiento sexual”, manifiesta.

 

Una madre ansiosa vuelve obeso a su bebé si cada vez que el pequeño llora le da invariablemente la mamila o el seno, sin reconocer si es porque está mojado, algo le duele, tiene calor, sufre un cólico o en verdad tiene hambre. De esta manera no lo deja desarrollarse individualmente y cada vez que el niño se enfrenta a una necesidad personal lo relaciona con comer. Al paso del tiempo y en la etapa de definir su rol psicosexual, el infante enfrenta un problema de identidad, porque siendo un niño menos ágil no puede efectuar el deporte que hacen sus amigos y tendrá que refugiarse entre otros niños comelones o platicar con las niñas. En tanto que en el caso de una niña con sobrepeso, no será vista como guapa, o será bonita pero “qué lástima que sea gordita”, indica la terapeuta, quien es miembro de las Sociedades Mexicanas de Sexología, Nutriología, y de Neurología y Psiquiatría.

 

Otro ejemplo se refiere a quien tuvo una experiencia de abuso sexual, y que en ocasiones pretende a través de la obesidad ocultar la posibilidad de ser atractivo, evitando así ser víctimas nuevamente. Por otra parte, algunos casos de quien ha sufrido la extirpación de seno, útero o testículo, lo asimila como un individuo que se siente incompleto, por tanto no puede cumplir satisfactoriamente con su rol sexual y trata de alejarse se él refugiándose en la obesidad. Una alternativa para éste y el anterior caso es una terapia que le permita asimilar ambas experiencias.

 

Aunque parezca raro, hay quien prefiere que su pareja sea obesa o que tenga algunos kilogramos demás, ya que de esta manera se siente seguro de que no provocará que se interesen en ella o él. Lo anterior también puede responder a que en ocasiones el individuo busca en su pareja una figura sobreprotectora similar a la de sus padres. Es decir, la protección que simboliza el padre fuerte es buscada por la mujer en un individuo corpulento, en tanto que el hombre busca repetir la imagen cálida y nutridora de afecto, cariño y comprensión de una madre con tendencias al sobrepeso.

 

La doble función profesional como nutrióloga y psicoterapeuta de Maya Funes le hace comprender las distintas personalidades del paciente obeso. “La obesidad es consecuencia de miedos, depresión, frustraciones, represión, traumas, nerviosismo y miles de factores más. Es por ello que tales estados emocionales a veces no se reparan con el simple hecho de comprometerse con una dieta y bajar de peso. Muchos de esos pacientes caen, recaen y reiteran el sobrepeso porque no han sido capaces de superar estos factores, por lo que requieren que a través de la psicoterapia se reparen todas las alteraciones de índole afectiva que lo indujeron al sobrepeso para que pueda entender y superar sus problemas y afecciones, logrando un peso adecuado que le permita alcanzar una mayor autoestima y una identidad psicosexual más satisfactoria”.

“El amor entra por el estómago”, reza la frase que puede aludir a la estrecha relación que guardan dos placeres para el ser humano: el sexo y la comida. Sobre la relación de ambos existe un sinnúmero de mitos que solo demuestran desinformación e ignorancia.
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