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Tips para sentirse delgada, atractiva y feliz

Hay cincuenta formas de sentirse delgada, atractiva y feliz. Una de ellas es no hacer dieta. Otra es regalar la ropa que nos queda chica, esa que nos corta la circulación de la sangre. Vestirse de rojo es otro consejo. Llevar siempre una barra de chocolate en la cartera. Acordarse de que la gente delgada, atractiva y platuda tiene celulitis, envejece y se muere.

Observar cuerpos de mujeres normales. Comer al menos una comida caliente por día. Quemar los libros de dietas en la bañera. Estar plenamente presente durante cinco minutos al día. Separar el deseo de ser delgada del deseo de ser admirada y querida.

Aunque tengamos cierta resistencia hacia los libros de autoayuda, hay que reconocer que si caemos en las redes de uno (porque es bueno, o porque estamos especialmente vulnerables) nos puede dar un buen empujón hacia arriba. “When you eat at the refrigerator, pull up a chair” (en español “Cuando comas en la heladera, siéntate en una silla”) es uno de esos casos raros. Aunque el libro tiene la virtud de aportarle cosas útiles a cualquier persona, está sin embargo centrado en el problema de la obesidad y los desórdenes alimenticios. Parte de que todos tenemos alguna compulsión, a todos nos es difícil bajar a tierra y entender de dónde viene la ansiedad o la sensación de insatisfacción. Su autora, la norteamericana Geneen Roth sabe como envolver al lector, que no necesariamente tiene que ser gordo para sacarle ventaja.

La mayoría de los obesos sueña con tener cuerpos flacos, piensan que una vez que adelgacen, sus vidas realmente empezarán. Pero en el fondo todos tenemos fantasías. Hay quienes darían lo que fuese por ser más altos o por tener un cabello lacio. Secretamente, creen que si tuvieran otro tipo de cabello o altura lograrían todo lo que no tienen.

No es fácil deshacerse de este tipo de taras, pero a veces hay frases, explicaciones que nos iluminan. A veces viene alguien y nos sorprende con algo que ni siquiera sospechábamos. A veces, un librito que abrimos con toda la inocencia del mundo, nos puede dar ideas para sentirnos mejor con lo que somos. Aquí enumeramos algunas que nos da la autora: Cincuenta formas.

1. “Sea como sea, no hagas dieta”. La autora Geneen Roth, que dicta seminarios para adictos a la comida, habla con sabiduría, pues toda su vida sufrió grandes problemas a causa de su alimentación. “En mi vida engordé y bajé más de 600 quilos. Fui anoréxica, tuve un sobrepeso de 30 quilos y estuve en todos los puntos del medio. Probé la dieta Atkins, baja en carbohidratos, la dieta de la carne, la de las mil calorías por día, la dieta del café, la de los cigarrillos, la dieta del agua, la de las sodas dietéticas. Todas ellas me sirvieron durante una semana, un mes y hasta un año. Y luego, absolutamente todas dejaron de servir”, dice.

Roth dice que la cuarta ley del universo es que por cada dieta existe un banquete igual y opuesto. Las dietas tienen su precio: “Te vas a rebelar y cuando lo hagas, vas a ganar más peso del que perdiste. Si te sientes gordo ahora, te vas a sentir más gordo -vas a serlo- luego del atracón que le sigue a la dieta”. Cualquier persona obesa que recibe este consejo seguramente se escandalizaría. Pero la autora da sus razones: “El mensaje básico de la dieta es que si te dejás llevar, te vas a comer el universo entero. Cuando alguien hace dieta se está diciendo a sí mismo que no puede tenerse confianza, que su hambre puede destrozar personas. Empieza a sentirse insaciable, un barril sin fondo. Esto no es algo amable para decirse a uno mismo. Porque además no es verdad. Nadie tiene un hambre insaciable”.

2. “Recordar que la gente delgada tiene celulitis, se avejenta y se muere”. No importa cuán delgado, atractivo o millonario alguien sea, igual va tener celulitis, se va a poner viejo y va a morir. La razón por la que es importante recordar esto es que lo olvidamos todo el tiempo. Envidiamos cualidades físicas y materiales como si estas pudieran evitarnos las vicisitudes de la vida. Inconscientemente creemos que lograr nuestros objetivos nos protege del dolor, de la celulitis y de la muerte.

3. “Observar los cuerpos de mujeres normales (Normal no incluye a las modelos, actrices o atletas)”. De vez en cuando es saludable sentarse en la playa o al borde de una piscina y mirar cuerpos de mujeres. Y lo que se ve son piernas con celulitis, panzas medio fofas, pechos y colas caídas, algunos más, algunos menos. Cuando se miran los cuerpos de mujeres normales semidesnudos, se recuerda que nadie se ve como en las fotografías que aparecen en las revistas. Las mujeres normales tienen arrugas, brazos caídos y celulitis. Tenemos la cola caída, las lolas demasiado chicas y pozos en la piernas. ¿Y qué? La mujer que está caminando por la orilla también tiene, la señora que corre atrás de su sombrero también.

Pocas lo confiesan, pero es grande el alivio que se siente cuando a una amiga le vemos estrías, rollos o brazos caídos. Es un consuelo ver cuerpos normales. La mayoría de nosotros no comparamos nuestros cuerpos con los de la gente normal. Por eso creemos que nuestras figuras imperfectas son producto de no cuidarnos: de no tomar los tres litros de agua por día que se recomiendan (¿hay algo más incómodo que estar todo el tiempo tomando agua? ¿hay algo peor que ir cuatro veces al baño en una hora?) de no hacer los treinta minutos diarios de ejercicio, de comer comida chatarra.

Tomar suficiente agua, comer comida sana y hacer un poco de ejercicio son fomas muy buenas de tratar el cuerpo. Lo malo es hacer estas cosas con la esperanza de llegar a ser como las modelos que salen en las fotos con los cabellos al viento o como una chica de quince años. Simpatizar con los cuerpos de los demás ayuda a ser más amigo del propio. La autora cita el eslogan de “The body shop”, una de las tiendas de cosmética más famosa del mundo: “hay tres mil millones de mujeres que no son super modelos y sólo ocho que sí son”. Es por eso que mover el cuerpo no tiene nada que ver con lograr abdómenes duros y piernas esculturales. Tiene que ver con ser una de las tres mil millones de mujeres en el planeta que tiene la suerte de tener piernas y brazos para moverse con energía, calentarse al sol, sentir el viento y deslizarse por el agua. Mover el cuerpo es conectarse físicamente con la alegría de vivir.

4. “Estar plenamente presente durante cinco minutos al día”. Todos los días, abrimos los ojos, nos levantamos de la cama, nos lavamos los dientes, desayunamos, hablamos con familiares, trabajamos. Pero la mayoría del tiempo, nuestras mentes están en otra cosa. Cuando nos levantamos, nos acordamos de algo que tendríamos que haber hecho el día anterior, o pensamos en ese trabajito pesado que venimos postergando pero que ya no nos queda otra que encarar. Cuando hablamos con nuestros hijos o marido, pensamos en la llamada que tenemos que hacer. Cuando vamos al baño pensamos en eso que no tendríamos que haber hecho, o que nos gustaría hacer. O en lo maravillosa que va a ser nuestra vida cuando bajemos unos quilos, nos enamoremos o nos den un aumento.
Todos los días, en todo momento, vivimos la vida pensando en lo que ya hicimos o en lo que vamos a hacer, rara vez en lo que estamos haciendo. Esta falta de atención nos lleva a tener un hambre que no es fácil describir y que muchos llaman ansiedad. Pero es palpable la sensación de solidez que nos sobreviene cuando toda nuestra atención está puesta en lo que hacemos, así sea levantar una pierna, hacer la cama, jugar con un niño, caminar. Todas esas cosas que tenemos que hacer de todas maneras -como levantarse de la cama, ir al baño, tomar el desayuno- es mucho más sano hacerlas estando presentes.
La autora insiste en esto que ella llama “presencia”. La principal práctica de la presencia es sentir los brazos y las piernas. La razón por la cual esto sirve de ayuda es que los pensamientos pueden volver a alguien loco pues con ellos no hay un patrón particular: ellos van desde cuando uno era niño e iba a la escuela eludiendo ciertas baldosas de la vereda hasta lo que le va a contestar a esa persona que ayer lo insultó. Los pensamientos se van en frustraciones anticipadas, resentimientos. Nuestra cabeza vuela. Cuando nos perdemos en los pensamientos, nos sentimos como una cometa que se va. Las piernas y los brazos son los perfectos lugares para aterrizar. Usualmente, no son partes del cuerpo que estén llenas de emociones como pueden ser el pecho, el corazón, la garganta o los ojos. La autora recomienda que en las mañanas, antes de salir de la cama uno concentre la atención en las sensaciones que surgen en el pie derecho, en sus dedos, el tobillo, la parte trasera, el arco del pie. Luego, correr la atención hacia las pantorrillas, las rodillas, siguiendo por la cadera derecha, la mano derecha, los dedos, la muñeca, el codo. Esto debería llevar unos cinco minutos

5. “Comer una comida caliente todos los días”. Las comidas calientes nutren el cuerpo. Los Mars son riquísimos pero una vez que se terminan, la sensación de vacío en el estómago se siente más que antes. Entonces abrimos la heladera, revisamos la despensa buscando algo más. Y terminamos de pie en la cocina comiendo una pizza de hace tres días, un pedazo de tarta de cebolla a la que sólo le queda la masa, un poco de gelatina, una bolsa de papas chips, un pedazo de Mantecol que nuestro hijo dejó tirado en la mesa, una cucharada de dulce de leche. A todos nos es familiar esa búsqueda de comida que termina en un final no feliz. Porque picoteamos mucho y nos alimentamos poco. Una cena caliente al día es esencial. No solamente porque alimenta el organismo sino también porque nos concientizamos de que ya es hora de terminar con la mala costumbre de comer siempre las sobras.

6. “Llevar siempre una barra de chocolate en la cartera”. Para esto hay algunas reglas: una es llevar el chocolate que a uno le gusta, otra cosa es no sentir vergüenza de comerlo en público. La tercera es no masticarlo, sino chuparlo. Otra regla es llevar suficiente para compartir. No importa lo que esté pasando en la mesa, el tono cambia automáticamente cuando alguien abre un chocolate. “Las conversaciones se interrupen, los ojos brillan. Las personas que no se habían fijado en ti, de repente te ecuentran atractiva”. La autora le atribuye unas virtudes bastante particulares al chocolate: “El chocolate nos recuerda que debemos despertar, prestar atención, dejar de buscar lo que no tenemos y concentrarnos en lo que sí”.

7. “Regalar la ropa que nos corta la circulación”. No existe mujer que no tenga tres tipos de prendas: ese pantalón para la flaca, ese otro para la gorda y uno para cuando se está en el punto medio. La ropa de la gordita, -los pantalones por si acaso- nos mantiene alertas, asustadas de llegar a engordar. La ropa de la delgada nos recuerda que ellas siguen ahí, que sólo cuando las podamos usar nuestra vida comenzará. La ropa para la flaca es la que nos corta la circulación de la cintura, brazos y piernas.

Las posibilidades de torturarse, autorecriminarse y fantasear son interminables cuando por ahí están colgadas las prendas que representan una época en la que se tenía lo que más se quería -un cuerpo delgado- y por alguna razón ya no se tiene más. ¿Por qué no ser amable con uno mismo y regalarlas? Las ropas para flaca nos gritan obscenidades: “Estúpida, ¿cómo te dejaste ir?”. “¿Te acordás cuando entrabas en esos pantalones? Eras flaca en esa época. Dejá de comer como una loca y bajá esos quilos de una vez”.
Por eso, cuando alguien se despierta sintiéndose gordísima, ojerosa y sin ganas de vestirse, el consejo es usar una camisa o un pantalón rojo. “El rojo se corresponde con el coraje, fuerza, autonomía y poder. Vengo experimentando con utilizar los colores como medicinas. Descubrí que el rojo es un buenísimo antídoto para los días en los que uno se siente gordo”, dice. Todas las formas de sentirse atractiva, flaca y feliz tienen un mismo origen y este es reconciliarse, aunque sea un poco, con el cuerpo propio. Ser más amable, más tolerante con uno mismo, darse más gustos. Un libro sencillo y bien escrito como “When you eat at the refrigerator, pull up a chair” puede ayudar. Y mucho.

“When you eat at the refrigerator, pull up a chair” de Geneen Roth. Editorial Hyperion, Nueva York, 223 páginas.

Hay cincuenta formas de sentirse delgada, atractiva y feliz. Una de ellas es no hacer dieta. Otra es regalar la ropa que nos queda chica, esa que nos corta la circulación de la sangre. Vestirse de rojo es otro consejo. Llevar siempre una barra de chocolate en la cartera. Acordarse de que la gente delgada, atractiva y platuda tiene celulitis, envejece y se muere.
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