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¿La pérdida de peso extiende la vida?

¿Cuál es su peso corporal?...Virtualmente, cada adulto en los Estados Unidos puede responder a esta pregunta con cierta exactitud. Tal vez no sepamos nuestro nivel de colesterol o dónde están los jóvenes después de las 10 de la noche; pero lo que sí sabemos, es cuánto pesamos.

Aunque el peso posee una considerable importancia social y estética, nuestro interés también proviene de la creencia de que el peso corporal puede ser un factor determinante para la longevidad.

La supuesta asociación entre el peso corporal, la salud y la longevidad data de la antigüedad. En “Buda: Su vida y enseñanzas”, un hombre obeso es aconsejado: “Ejercicio y control de las comidas. Si sigues este consejo, entonces prolongarás tu vida”.

En el siglo XX, las compañías de seguros han publicado estadísticas señalando que las personas con sobrepeso tienden a morir antes que aquellas con un peso “promedio”. En ese sentido, han sido desarrolladas tablas sobre el peso corporal ideal, donde “ideal” fue definido como el peso corporal asociado con la mejor expectativa de vida.
La tabla elaborada en 1959 por la compañía de seguros Metropolitan Life se destaca entre las mejores. Actualmente se define “obesidad” al estrato que supera en un 20 % al peso ideal indicado por la mencionada tabla.

Sin embargo, el interés en el estudio científico del peso corporal comenzó mucho antes. En el siglo XIX, Francis Galton puso en funcionamiento un laboratorio antropométrico que efectuó miles de observaciones con aparente gran precisión. Durante el mismo siglo, Adolphe Quetelet, el epidemiólogo, astrónomo y especialista en estadísticas, de origen belga desarrolló el primer índicador usado para medir el peso corporal relativo. Quetelet observó que entre los adultos el peso se incrementaba aproximadamente en proporción al cuadrado de la altura. Esta fórmula permanece como la más usada y es generalmente definida como “peso en kg. dividido por el cuadrado de la altura en metros”. Este concepto es conocido como índice de Quetelet o índice de masa corporal (BMI -body mass index-).

Un BMI de aproximadamente 10 a 12 parece ser el límite menor capaz de sustentar una vida adulta. Estudios realizados en personas que hacían huelgas de hambre y otras que murieron por no ingerir alimentos, revelaron que el fallecimiento se produjo cuando el BMI había llegado a esos niveles. Entre la población adulta contemporánea de los Estados Unidos un 10% posee un BMI que oscila entre 19 y 21, dependiendo de factores como la edad, raza y grupo sexual examinado.

De acuerdo a las fuentes de mayor autoridad, la obesidad comienza con un BMI entre 27 y 30. Teniendo en cuenta esta definición, aprox. un tercio de la población adulta norteamericana es obesa. A todo esto, el término “obesidad mórbida o enferma” es aplicada a aquellos individuos con un BMI superior o igual a 40.

En los últimos 50 años diversos estudios han evaluado la relación entre el BMI y la mortalidad. La amplia mayoría ha demostrado que un índice elevado de BMI u obesidad es correlativa a una menor longevidad. Pero también mostraron un enigmático e inesperado resultado: un inusual y bajo índice de BMI o delgadez también está asociada con una menor expectativa de vida.

Según el paper del Dr. Reuben Andres del National Institute of Aging, publicado a principios de los ‘80, el BMI asociado con la mínima mortalidad fue menor para adultos jóvenes y más alta para adultos mayores. Esta observación implicaba que lo más saludable era ganar peso paulatinamente con la edad. Esta noción es confortante si se tiene en cuenta que es exactamente lo que la mayoría de los adultos hacen.

Sin embargo, entre los investigadores de la obesidad el enunciado tuvo corta vida. En su paper de 1987, Joanne Manson y sus colegas, argumentaron que los estudios previos sobre el peso corporal y la mortalidad contenían serias fallas metodológicas que establecieron conclusiones erróneas sobre la relación entre el BMI y la expectativa de vida. Destacó entre los defectos la carencia de control estadístico en las muestras de fumadores, hipertensos y diabéticos entre otros. Además remarcó las fallas en el estudio de enfermedades ocultas preexistentes vinculadas con el escaso peso y la corta vida. Este punto es especialmente espinoso ya que por definición una “enfermedad oculta” es aquella que no se observa y por consiguiente es dificil de incorporar en los análisis estadísticos.

Para superar esta dificultad Manson recomendó eliminar del análisis a las personas que murieron en corto plazo, para reducir la influencia de enfermedades ocultas. Esta sugerencia fue rápidamente adoptada por epidemiólogos e investigadores de la obesidad. Se conoció luego un estudio basado en un grupo de adventistas del séptimo día, personas libres de factores confusos para el análisis. Vale destacar que en este grupo, el consumo de carne, alcohol y tabaco es marcadamente reducido. Lindsted y colegas descubrieron en la muestra una relación directa entre el BMI y la mortalidad y contrariamente al enunciado del Dr. Andres no se observó un vínculo del BMI asociado con la mínima mortalidad y la edad.

Un nuevo trabajo de Joanne Manson determinó que un BMI debajo de 19 estaba asociado con la menor mortalidad. Por deducción todo aquel con un BMI superior a 19 sufre de sobrepeso.
Sin embargo los análisis que efectuamos recientemente en el St. Luke’s/Roosevelt Hospital Obesity Research Center (New York) cuestionan los métodos propuestos por Manson. Hemos comprobado que excluir del estudio a personas que murieron en corto plazo, tal vez no elimine la influencia de enfermedades ocultas, si es que tal incidencia existe.

Además existen otros puntos complejos. Todavía se destaca que la obesidad se relaciona al exceso de tejido adiposo y no al sobrepeso en sí mismo. El exceso de grasa es el componente del sobrepeso considerado como el factor de riesgo entre los obesos. Epidemiológicamente se podría decir también que no es lo mismo ser flaco que delgado. Nuestro análisis sugiere nuevos estudios para medir la “composición corporal”( no sólo el peso) para comprender la relación entre la adiposidad y la mortalidad.

Continuando con el enigma y con la hipótesis de que “más flaco es mejor”, estudios realizados en ratones de laboratorio demostraron que la restricción calórica fue el factor más poderoso y consistente para extender la longevidad. No obstante, en algunos grupos con similar tratamiento, los roedores con mayor peso corporal tendieron a vivir más.

Una incertidumbre complementaria proviene de la comparación de estadísticas clínicas y epidemiológicas: mientras las primeras indican que la pérdida de peso reduce la mortalidad (por menor presión sanguínea, mayor tolerancia a la glucosa, etc.), las segundas demuestran todo lo contrario. A pesar de que estas últimas provienen de estudios serios, en muchos de ellos la causa de la pérdida de peso es desconocida.

¿Qué nos depara el futuro?. Existe un acuerdo universal que señala: por encima de algunos niveles, la obesidad se vincula con el aumento de la mortalidad. Pero ¿por encima de qué niveles?. Esto es aún poco claro. Además ¿Existen muchas personas delgadas bajo riesgo de muerte en un período de la vida definido?. Esto también es desconocido. Finalmente ¿La pérdida de peso entre personas obesas incrementa su longevidad?. Nuevamente podemos especular, pero no hay respuestas concretas.
Lo que es cierto es que no podemos contestar estas preguntas usando las actuales estrategias. La manipulación sofisticada de estadísticas no convertirá los malos registros en buenos. Si queremos conclusiones sólidas debemos recolectar información de manera segura.
Para tal fin, recomendamos tres cambios: el estudio de la relación BMI-mortalidad midiendo la composición corporal, eliminar del análisis el factor de las enfermedades ocultas mediante un completo exámen físico previo y realizar estudios clínicos controlando la pérdida y aumento de peso en personas obesas y observando los efectos de tal procedimiento.


¿Cuál es su peso corporal?...Virtualmente, cada adulto en los Estados Unidos puede responder a esta pregunta con cierta exactitud. Tal vez no sepamos nuestro nivel de colesterol o dónde están los jóvenes después de las 10 de la noche; pero lo que sí sabemos, es cuánto pesamos.
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