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Dieta infantil

Se ha sustituido la dieta saludable –la mediterránea, por una comilona de hamburguesas y refrescos muy azucarados, pasando por las grasas saturadas que hacen de los brazos de los niños una bollería terca y lacia

Que en el resto del mundo no desarrollado, cada minuto, haya ocho muertes por hambre, mientras aquí nos preocupamos de las dietas de adelgazamiento o de la obesidad de nuestros niños es una contradicción que no admitimos, que forma parte de nuestra vida con cierta gracia trágica.

Los muchachos sufrientes que parten del río Níger, en la frontera de Argelia con Marruecos, para enfrentarse al desierto del Sahara durante más de un mes de pleno sol, de plena sequedad de sus pulmones, lucen unos cuerpos de revista de señoritas o de ideales escultóricos no tanto de pasarela como renacentistas.
Son hombres con los brazos torneados, con ese torso prieto en su vigor más pleno, con las piernas más duras y musculosas que las de un atleta olímpico: son los que sobreviven a la hambruna, los que sobreviven al desierto, los que sobreviven a ese muro alto.

Mientras, en España, el Ministerio de Sanidad alienta una campaña saludable, con el único fin –no sólo el único, pero quizá el más visible a corto plazo– de que nuestros niños no sigan estando tan gorditos como están.

Se ha sustituido la dieta saludable –la mediterránea, que antes no se llamaba mediterránea porque era la normal, la más frecuente– por una comilona de hamburguesas y refrescos muy azucarados, pasando por las grasas saturadas que hacen de los brazos de los niños una bollería terca y lacia.

Tampoco nuestros niños hacen el ejercicio necesario, porque para el deporte, como para la comida equilibrada, hace falta tiempo, tiempo, el tiempo que no tienen ni los padres para verse unas horas semanales.


Hay aspectos de la vida para la formación de los chavales que si no salen de la casa, sencillamente, no salen. Tenemos, entonces, que los niños de ahora suelen atiborrarse de las cosas que se pueden comprar en cualquier supermercado, de esos bollos rellenos de cremas inefables o esas galletas negras, rellenas de una sustancia blanca, que según un anuncio de la tele dan la felicidad a los niños de todo el mundo y, según la Organización Mundial de la Salud, son la principal causa de la obesidad de los niños.

Pero claro, hace falta tiempo, tiempo, para preparar bocadillos o unos guisos que tengan su pulsión en las legumbres. Si la gente pasa más horas al cabo de los días –muchas más– con sus compañeros de trabajo que con su pareja deseable, ¿cómo van a tener incluso tiempo para guiar a sus hijos en el ejercicio de su cuerpo, que a la postre no es sólo el físico, sino también, y necesariamente, el intelectual?

Se ha delegado tanto en los colegios, en la educación de los colegios, que se ha llegado a olvidar que los colegios sirven para formar a los chavales, para enseñarles cosas que no saben, pero no para educarlos por sistema tanto en la urbanidad como en el cuerpo: eso es sólo cosa de los padres.

Se ha sustituido la dieta saludable –la mediterránea, por una comilona de hamburguesas y refrescos muy azucarados, pasando por las grasas saturadas que hacen de los brazos de los niños una bollería terca y lacia
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