EL AJO
Perteneciente a la familia de las liliáceas, esta planta bulbosa está formada, esencialmente, por agua e hidratos de carbono, así como por proteínas, grasa y celulosa. Asimismo, el ajo contiene vitaminas A, B1, B2, C y elementos minerales como el Sodio, Calcio, Hierro, Yodo, Silicio y Azufre.
Entre sus propiedades terapeúticas, los especialistas destacan su función antiséptica y antibiótica. El jugo del ajo crudo destruye las bacterias patógenas y tiene una fuerte acción inhibidora sobre los virus, muy parecida a la de la penicilina. Por eso, la ingesta de ajos previene de enfermedades del aparato respiratorio como la gripe, la bronquitis, el asma, la tos ferina y la tuberculosis.
Otra de sus propiedades es su función anticoagulante y disminuidora de lípidos en sangre, reduciendo el colesterol depositado en venas y arterias y regulando la tensión arterial. Esto permite la prevención de enfermedades cardiovasculares como la arterioesclerosis, el infarto de miocardio, las embolias, la flebitis y, sobre todo, la hipertensión.
Igualmente, es muy valorado por sus propiedades curativas relacionadas con el aparato digestivo. Favorece la secreción salivar en la boca, y del jugo gástrico del estómago, tonificando sus paredes. También limpia la mucosa intestinal y ayuda al funcionamiento del hígado y el páncreas.
El ajo también está indicado en la eliminación de oxiuros, lombrices y tenias. Y potencia de modo extraordinario, las funciones hepáticas relacionadas a la producción de células inmunitarias.
Recientes estudios hablan de sus aciertos en el tratamiento de enfermedades degenerativas como tumores y cánceres de nariz, garganta, estómago y leucemia. Asimismo, las esencias de ajo sirven como tónicos de las funciones endocrinas y nerviosas, como antirreumático y en la desintoxicación de drogas blandas como el tabaco y el alcohol.
Sus contarindicaciones son mínimas, siendo lo más desagradable el clásico aliento de quien lo consume en grandes cantidades. Por ello, se recomienda lavarse los dientes con algún dentífrico con clorofila después de las comidas y, luego, masticar un poco de perejil o menta. También mitiga el olor comer una manzana cruda y la retención en la boca de unos granos de anís.
LA CEBOLLA
Al igual que el ajo, la cebolla pertenece a la familia de las liliáceas, por lo que su parentesco también la remite a la Antigüedad, época donde ambas hortalizas eran consideradas las especies del pobre, por la utilidad que en la cocina se les daba, asi como por el aprecio que se otorgaba a sus cualidades curativas.
Su contenido nutricional nos revela que el 88% del peso de esta hortaliza está constituido por agua. Otros de sus componentes son el potasio y el sodio, además de proporcionar muy pocas kilocalorías, lo que la hace ideal en los tratamientos contra la obesidad por su bajo contenido energético.
Entre sus propiedades terapeúticas destacan sus funciones diuréticas, antiinflamatorias, analgésicas y expectorantes. Se ha demostrado que la cebolla favorece la circulación sanguínea y mantiene bajos los niveles de colesterol en la sangre.
Se revela, asimismo, como un excelente remedio para combatir los catarros y la gripe. Pero sin duda, su mayor virtud es la de estimular la orina y facilitar la expulsión de toxinas, motivo por el cual se aconseja como tratamiento de afecciones genitourinarias diversas, tales como la inflamación de la vejiga, de la uretra y, en general, de las vías urinarias, y en caso de gota e hipertensión arterial de origen renal.
Igualmente, ayuda al combate de la diabetes, ya que posee una sustancia llamada glucoquinina que juega un papel importante en el control de la secreción de la insulina. Y su alto contenido en fibras evita el estreñimiento al permitir movilizar el tránsito intestinal. En las diarreas, es muy útil su ingesta por que evita en, gran medida, la deshidratación.