Una de las pruebas más evidentes de lo absurdo y demencial que es este mundo es el hecho de que, por un lado, haya 800 millones de personas que carecen de alimentos suficientes y bordean la muerte por desnutrición, mientras que, por otra parte, existan no sé cuantísimos millones de individuos en los países ricos muriéndose (lentamente, eso sí) de sobrealimentación y opulenta gordura. De hecho, la obesidad se está convirtiendo en uno de los principales azotes sanitarios en las sociedades industrializadas.
Estados Unidos acaba de declarar que esta enfermedad (porque es una enfermedad, no nos andemos con reivindicaciones de la gordura y otras tonterías políticamente correctas) ya es el mayor problema de salud del país. Están espeluznados, porque el 65% de los norteamericanos tienen sobrepeso. Cerca de la mitad de ellos padece obesidad (más de quince kilos por encima de lo que deberían) y muchos llegan a la obesidad mórbida (más de 50 kilos de exceso). La sociedad entera de EEUU muestra una marcada tendencia hacia la glotonería y el gran tonelaje.
Esto es, engordan de manera imparable día tras día: desde 1986 a 2000, por ejemplo, el número de obesos mórbidos se ha multiplicado por cuatro. Se están convirtiendo en unos cetáceos, y las demás sociedades industriales les seguimos los pasos muy de cerca en esta triste deriva hacia el suicidio glotón.
Porque la obesidad mata. Ya digo que en Estados Unidos ahora es la primera causa de muerte.
Lo más revelador es que la mayoría de los obesos norteamericanos son de clase media baja. Si se piensa bien, no es de extrañar; son aquellas personas que no tienen ni tiempo ni dinero (ni motivaciones) para ir a los gimnasios o a practicar otros deportes; que comen la comida barata y venenosa de las hamburguesas o de las bandejas precocinadas de los supermercados. Que, tal vez frustrados por una vida poco amena y de escaso interés, se consuelan primariamente masticando todo el día dulces industriales y bebiendo cantidades ingestas de refrescos azucarados. Como bebés chupando el biberón protector. Un dato más; según los estudios, leer libros no engorda, pero ver la televisión varias horas al día hace crecer unos glúteos fenomenales, porque en el aturdimiento televisivo el sujeto se dedica a engullir cualquier cosa que pilla. Al parecer los adictos a la pequeña pantalla son también adictos al pororó, las papas fritas o el chocolate.
Están tan asustados los norteamericanos con esta epidemia de gordura que han confeccionado un plan, el Healthy People 2010 (Gente Sana 2010) que, por ejemplo, está haciendo retirar de los pasillos de los colegios miles de máquinas expendedoras de esos dulces grasientos y dañinos de los que los niños se atiborran. Esto no esta mal, como tampoco lo está el hecho de que los menúes de los comedores de dichas van a ser revisados para que su contenido sea más sano.
Pero, como siempre que se roza el tema de la salud, algunos norteamericanos parecen estar poniéndose demasiado nerviosos. Y así, hay ciertas medidas que se están tomando que resultan bastante estrafalarias. Por ejemplo, muchos centros de salud están clausurando la mitad de los ascensores, para que la gente se vea obligada a subir por las escaleras si no quiere esperar colas tremendas. Y algunas empresas están construyendo los estacionamientos para sus empleados a más de trescientos metros de la sede de la oficina, para obligarles a caminar al menos eso.
Eso sí: se siguen edificando rascacielos imposibles de subir a pie, se continúa fomentando la cultura del coche, se promociona la comida basura ... En este contexto, lo de cerrar algunos ascensores o construir estacionamientos en el quinto infierno me parece un parche inútil y bastante tonto, algo así como tomar café con sacarina después de haberte zampado un kilo de bombones. Ya digo que vivimos en un mundo delirante. Hemos dejado de mover los pies y la cabeza, y lo único que nos crece es la panza.